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Unas 400 personas, entre ellas un centenar de niños, viven como okupas en Sanlúcar. "Era eso o verte en la calle y morirte de frío", dice una de las inquilinas. Las corralas albergan a familias en las que el hambre y la necesidad son el denominador común. 

Era el gran lema o reclamo de la edad de oro del pelotazo: Este piso a estrenar, máximas calidades, totalmente nuevo... para entrar a vivir. Hipotéquese, no tenga miedo. Si son 40 milloncejos de nada, decía el engañabobos de turno. Luego ya saben lo que vino. Crisis-estafa-paro-impagos-desahucios-exclusión-... Una larga cadena hacia el precipicio. ¿A qué precipicio? Manoli fue la primera en llegar. Con dos hijos y una nieta de apenas 15 meses. Una orden de desahucio la dejó en la calle medio año antes y eligió una vivienda en Bonanza, junto a la iglesia del Carmen, para establecerse con su familia. De eso hace casi un año. Ese fue el germen del movimiento okupa en Sanlúcar. De las corralas de la dignidad. Detrás de ella vinieron otras familias, que comenzaron a habitar viviendas vacías y ahora mismo son 150 más o menos. Unas 400 personas, casi un centenar de ellas, niños. El movimiento ha llegado a tal dimensión que están organizados y tienen hasta una plataforma. Tras la de Bonanza, llegaron las corralas de Alcoba, plaza Jaramillo, Pirrado, Higuereta, Carril de Los Ángeles, El Almendral, La Jara… El movimiento se ha extendido de tal forma que hasta los propios ocupantes pierden la cuenta. Las distintas corralas tienen una fisonomía similar. Son bloques de vecinos con un patio interior común. Unos más antiguos que otros, pero iguales al fin y al cabo.

"No estamos haciéndole daño a nadie", aseguran un grupo de vecinos de la corrala Alcoba, en la calle del mismo nombre. "Estas casas antes estaban vacías y aquí se metían los chavales a fumar y a meterse de todo... Ahora las hemos arreglado". En el patio de la corrala no se cabe, todos quieren dar explicaciones de qué les ha llevado a esta situación. Más de una quincena de vecinos responden a las preguntas, aunque muchos miran con recelo. No están acostumbrados a recibir a medios. "¿Periodista? Ojú?", dice un joven. El Ayuntamiento es el principal blanco de sus críticas. "Vivimos con miedo", suelta una vecina, y todos asienten con la cabeza. Al principio hacían turnos de guardia por la noche para evitar que entraran extraños. "Ahora ponemos una silla para que haga ruido y sepamos si entra alguien", dice una vecina. "No se puede vivir así", sentencia otra. Más de veinte viviendas tiene esta corrala. Todas con el nombre de sus inquilinos en la puerta. Una pequeña pegatina blanca indica quien vive en cada una. En el ascensor hay varios folios pegados. Uno indica los turnos de limpieza, otro las normas de convivencia y un tercero prohíbe fumar: "Está totalmente prohibido fumar en zonas comunes".

Por las escaleras es frecuente encontrar a inquilinos portando bidones de agua. "Mª Ángeles y Ángel" pone en la pegatina de una de las casas. Madre e hijo. Ella, parada de larga duración. Él, apenas tiene diez años, "pero ya se da cuenta de todo". Dice Mari Ángeles que hace poco le regaló sus juguetes a otros niños que viven en las corralas. Con los 200 euros que se le quedan de la prestación por desempleo -tiene hasta marzo- no puede permitirse grandes lujos. "Hace poco fue el cumpleaños de mi hijo y lloró porque no tuve ni para comprarle una tarta".

"Estamos en exclusión social y no tenemos derecho a nada, como estamos de okupas no nos ayudan", dice Mari Ángeles, una de las okupas

En la pequeña cocina de la vivienda apenas hay mobiliario. Un par de mesas, una estantería, un frigorífico, un pequeño hornillo de butano y una tostadora. A la vista, apenas un bote de cacao en polvo, azúcar y dos o tres botes de plástico con especias. "Todo lo que tengo es dado", dice Mari Ángeles. En el salón hay un par de sofás, un mueble y una televisión. Del techo cuelga una bombilla con un cable pelado. "No tengo ni lámpara, si teneis alguna por ahí…", dice. Fue camarera en un bar, estuvo trabajando en una pizzería y también como dependienta, pero ahora lleva más de un año en paro y ya no sabe qué hacer. "Mis padres están jubilados y muchas veces tengo que ir a su casa a comer. Esto no es vida", explica con tristeza. "Estamos en exclusión social y no tenemos derecho a nada, como estamos de okupas no nos ayudan". Dice que muchas noches se acuesta sin comer. "Anoche por ejemplo no cené, le compré un bocadillo a mi hijo y estuve aquí mirando cómo se lo comía".

Asiste a la conversación Esperanza Salgado, otra de las sanluqueñas que vive en esta situación y portavoz de las corralas de la dignidad. Desde que representa al movimiento vecinal no para. "Hay días que salgo a las diez de la mañana y no vuelvo hasta la una de la noche", cuenta. Va a participar en charlas, como en la que estuvo en Jerez, a apoyar a personas que okupan viviendas (hace poco estuvieron en Villamartín) o a recoger alimentos a Cádiz, de donde es la asociación Amigas del Sur, que les surte de comida y juguetes cada vez que puede. "Mi niña la mayor -de 14 años- se hace cargo de su hermano y a veces me dice: ¿Mamá, tú te acuerdas de que tienes hijos?" Es el precio que paga por luchar por la corrala. Admite que hay gente que vive en ellas y que "no lo necesita", pero apunta que seguirá luchando por los que tienen necesidad "de verdad".

Hay quien se ha aprovechado de las okupaciones y está en alguna casa teniendo otra o simplemente para "meterse a fumar". Pero son los menos. Entre el resto de familias hay historias muy duras. Como la de la propia Esperanza. Se quedó embarazada muy joven, con apenas 15 años. Luego vinieron otros dos hijos. La mayor tiene ahora 14 años, la mediana 13 y el pequeño, cinco. El padre, con el que no vive, no le pasa manutención. "Vivo de lo que me da la gente", repite Esperanza, al igual que su compañera Mari Ángeles. "Llevo más de dos meses sin bombona". La madre tampoco puede ayudarla mucho. "Cobra 180 euros al mes y tengo un hermano chico", explica. Por eso hace cola en Cáritas para recoger una bolsa de alimentos. "No me niego a trabajar -añade-, estoy en espera para entrar en la zanahoria... Hasta para esto hay lista de espera, para un trabajo que nadie quiere, es que es horroroso". El objetivo que buscan lo tienen claro, conseguir un alquiler social. "No nos negamos a pagar el alquiler, ni el agua... Queremos ser personas normales, que no tengamos que dormir con miedo o sin saber si mañana vas a tener para comer".

"Hace poco me dieron un cheque de 150 euros para pagar los libros de mi hijo y le dije a la que me lo dio que iba a coger 75 euros para libros y los otros 75 para llenar la nevera. Me dijo que no, pero los libros no van a dar de comer a mi hijo y no puede pasar hambre. Si tengo en mi casa un yogur, no sé decirle a mi hija mayor que no se lo coma y se lo deje a su hermano, pero lo hago. Rebujo la leche con agua... Es mucha impotencia la que una siente", relata. En su casa, de cuatro habitaciones, tiene una que le sirve de almacén. Ahí guarda ropa, comida y enseres que le dan para la corrala. "Las vamos repartiendo, dividiendo por tallas, estamos bien organizados", dice. Todas las semanas hacen reuniones y actos de convivencia. Esperanza, con sus tres hijos, lleva unos meses viviendo de okupa. "Era eso o verte en la calle y morirte de frío". Ella no tiene reparos en reconocer que pasa hambre. "No me da vergüenza decirlo". Y es que desde que vive en una corrala ha perdido 14 kilos. "Espero a que mis hijos coman y si sobra me lo como yo, si no nada".

"Espero a que mis hijos coman y si sobra me lo como yo, si no nada"

Hay que andar apenas unos metros para encontrar otra de las corralas de la dignidad. Siguiendo calle abajo y girando a la izquierda se encuentra la del Carril de los Ángeles. El edificio iba a ser un aparthotel y la promotora quebró y no lo terminó. La vieja puerta que da acceso a la corrala tiene la cerradura rota por la parte de dentro. Han sido los vecinos quienes le han puesto una nueva. En el patio interior cuelgan de un tendedero prendas de varios inquilinos. Esta es más sombría que la anterior. La única luz que entra lo hace por el hueco del pequeño patio. "Esto estaba hasta arriba de jaramagos y con verdín, lo hemos arreglado nosotros", cuenta un vecino. En una de las viviendas está Vanesa, con su marido y sus hijos, de 18, nueve y tres años. Llegaron en junio. Antes, estuvieron nueve años viviendo de alquiler pagando 250 euros, pero llegó un momento en el que, con ella y su marido en paro, no pudieron seguir asumiéndolo. "Llegué a deber unos 2.500 euros y la casera nos echó", dice Vanesa. Ella ha trabajado en bares, cuidando a personas mayores o en campañas agrícolas. "Hasta el campo está mal", dice resignada. Ella y su marido siguen en paro y no encuentran nada. La casa que okupan es pequeña. Tiene dos habitaciones. En la de matrimonio hay una cama, un armario, un baúl, un cuadro de la Virgen del Rocío y la mesa de la plancha, lista para recibir la ropa que tiene sobre la cama. El otro cuarto lo comparten los tres hermanos. "Junto las camas y ahí se quedan", dice Vanesa. Una estantería y un pequeño escritorio completan el mobiliario. Además, la vivienda tienen una cocina americana y un salón.

Al entrar en la corrala del Carril de los Ángeles, la primera vivienda que se encuentra es la de José Walterio. Es cruzar la verja de hierro que da acceso al edificio y encontrarla a mano derecha. A su perra, Lola, no le hace gracia la visita y no para de ladrar. Hay que subir dos pequeños escalones para entrar. Mirando a la izquierda está la cocina. La encimera la componen varias losas apoyadas en borriquetas. "Cuando llegué no tenía ni sofá ni frigorífico", dice José. Poco a poco ha ido amueblando su casa. Se le da bien el bricolaje y con materiales que ha ido encontrando ha hecho una estantería y varios arreglos. El salón tiene un sofá y una pequeña televisión. Una estrecha escalera lleva a la única habitación de la casa. Una cama, una cómoda y una mesita de noche vacía. No hay más. También un cuarto de baño anexo. "El bidé es diferente al de las otras viviendas. Lo he tenido que poner yo. Lavabo tampoco tenía, los grifos los he tenido que comprar...", cuenta.

A sus 33 años, José Walterio no ha tenido una vida fácil. Tiene dos hijos con su anterior pareja (de 12 y cuatro años) y los ve apenas un par de días a la semana. No les puede pasar manutención, ahora mismo apenas saca para comer. "Yo con un cachito de pan duro me conformo, pero los niños no". Por eso se las apaña como puede. Vendió su coche, un Seat León con ocho años, y se hizo con una furgoneta, con la que coge chatarra y vende lo que le dan sus amigos. "Un día me dan una caja de papas, otro día me dice un amigo que le hace falta soldar algo, pues cojo mi máquina y le echo una mano". Él, irónicamente, fue uno de los que apuntaló el edificio donde ahora mismo vive.

José Walterio: "Si un día no tengo a mi hija y he visto que la criatura de arriba no ha tenido, me he quitado mi comida y se la he dado"

"Me he llevado cuatro años en Dragados, otros cuatro años en cerrajería... Como se dice, soy un manitas". Pero la crisis se lo llevó por delante. Vivía de alquiler cerca de donde está ahora. 430 euros pagaba al mes. Hasta que llegó un momento en el que no pudo seguir allí. "Me tuve que ir a lo de mi madre y allí tampoco podía estar, porque volvieron mis hermanas también. La casa era muy chica y para darle mala vida a una hermana mía, pues la tengo yo". Entonces se fue a (mal)vivir a una cuadra. En ese pequeño habitáculo estuvo durante más de dos años. "La arreglé como pude, me comía la humedad. Me puse malo y cogí bronquitis. En el suelo puse césped artificial para evitar algo la humedad", dice. También ha estado una temporada durmiendo en su furgoneta. "He preferido eso al cuartillo", como lo llama él. La temporada de verano aprovechaba para bañarse en las duchas de la playa y en invierno se ha colado más de una vez en el polideportivo para tener agua caliente. "¿Es duro, no?", dice deteniendo su relato. José Walterio no pide dinero, sino "tener para dar de comer a mis hijos". Aún así, lo poco que le llega lo comparte. Como el resto de vecinos de la corrala. "Si un día no tengo a mi hija y he visto que la criatura de arriba no ha tenido, me he quitado mi comida y se la he dado. Yo voy a pasar necesidad, pero la criatura no".

Cada vez son más. El movimiento okupa está provocando un efecto llamada en la ciudad. Reclaman un techo y tener para comer. Seguirán en la lucha. Es previsible que en los próximos meses se amplíe la "familia" de las corralas. Hasta que les den una solución a su problema. Alguien tendrá que dársela. No pueden dejarles caer por el precipicio.

Sobre el autor:

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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