La historia de Ángel y José Miguel Villaescusa, dueños de una casa de vecinos que tras mucho esfuerzo e incomprensión por parte de las administraciones han logrado sacar adelante en forma de apartamentos turísticos.

Es casi mediodía en la Cruz Vieja. Varios bolizas toman cerveza bajo uno de los olivos situados frente al palacio Villapanés y a la espalda de la estatua de La Faraona, que sigue haciendo un imposible requiebro de manos. En la peña Colchonera aguardan al partido de Champions del Atleti, en la frutería una señora compra tomates y en la esquina de la calle Molineros con Ramón de Cala aún algunos echan de menos las tortillas del Maypa, cerrado hace ya más de un año.

En el número 15 de esta última vía, un señorial edificio de amplia fachada de color blanco, cuentan los más viejos del lugar que cantó varias veces una joven Lola Flores y que fueron precisamente sus vecinos los que, sin saberlo, acabarían inventando un Bien de Interés Cultural como la zambomba. Aquí también dio sus primeros pinitos el ahora multipremiado director Juan Miguel del Castillo, rodando su conocidísimo ‘Curso de andalú’ con el genial Luis Lara que explicaba que gracias a este acento ya podía triunfar por la vida.

El inmueble, una casa palacio del siglo XVII que en principio abarcaba hasta el número 11, fue propiedad de la primera bodeguera del mundo, Pilar Aranda, quien la heredó a su vez de su padre Fermín, el prestigioso médico de fama nacional. Transformada en una casa de vecinos en los 40 del pasado siglo, de unos años a esta parte ha ido convirtiéndose poco a poco en un singular complejo de apartamentos que guarda todo el encanto que antaño tenían las viejas casas de San Miguel pero adaptado a los nuevos tiempos gracias a la labor de los hermanos Ángel y José Miguel Villaescusa, que heredaron de su abuela Pilar este inmueble.
Seguiriya, tanguillo, tiento, fandango, saeta, bulería… Hasta 15 apartamentos, todos con nombres de palos flamencos, son los que alberga el edificio. Tradición y modernidad se mezclan en las habitaciones. Muebles de diseño junto suelos de loza antigua y techos con vigas de madera. El turista, mayoritariamente extranjero, llega aquí buscando una verdadera y tradicional casa andaluza. Las habitaciones dan a un bonito patio lleno de plantas y flores y eso está claro que es difícil encontrar de Despeñaperros para arriba.

Cuando Ángel y su hermano heredaron el inmueble todavía vivían los antiguos vecinos de la corrala. Conforme iban abandonando sus viviendas los propietarios las readaptaban a su nueva función turística. Actualmente sólo un matrimonio de esos antiguos vecinos permanece en el número 15 de Ramón de Cala. Beatriz Piñero, de 73 años, y Santiago Saborido, de 77, conviven ahora entre turistas. Naturales de El Cuervo y Paterna, respectivamente, llegaron a este lugar hace medio siglo. “Yo no me iría a un piso por nada del mundo”, afirma la mujer, que asegura que como en San Miguel no se vive en ningún lado. “Ahora se ven algunas pintas que no se veían antes, gente bebiendo todo el día ahí enfrente que aunque no suelen meterse con nadie dan mala imagen del lugar, pero aquí lo tenemos todo cerca y de aquí no nos movemos”.

Beatriz es “la jefa de las plantas”, señala Álvaro. “Yo me encargo de regarlas todos los días”, señala orgullosa. Y eso que son unas pocas, muchas a una altura de unos tres metros, y a pesar de sus prótesis en las rodillas. “Venid que os enseño lo que hago”. Beatriz nos acompaña a otro patio, donde nos muestra cubos grandes de basura donde recoge agua de lluvia que luego utiliza para darle de beber a sus plantas. También coge una larga caña en cuyo extremo ha atado una lata vacía de aceitunas. Es con este peculiar artilugio como alcanza a regar las macetas que están colgadas en altura.

Ni Beatriz ni Santiago conocieron las antiguas zambombas que se hacían aquí en Navidad, pero sí las que algunas televisiones organizaron con algunos artistas de talla como José Mercé o La Macanita, cuando ésta última apenas era una niña. Sí conocieron, por el contrario, las incomodidades de antaño. Hacer la comida en una cocina común, tener que recoger agua del patio y subir pesados cubos de agua para bañarse en un barreño de zinc, hacer sus necesidades en un aseo común que no era más que un boquete en el suelo… Pero no se quejan, al contrario, lo recuerdan con cariño. “Era otra vida. Una vida alegre, nunca nos hemos peleado aquí con nadie”, afirma Beatriz. Aún así, afirma sentirse más cómoda ahora viviendo entre turistas, a los que atiende en lo que puede y llegando a entablar cierta amistad con algunos de los que repiten estancia todos los años para vivir el Festival de Jerez o el mundial de motos.

La “desgracia” de heredar una casa palacio

‘Apartamentos Jerez’ registró un lleno absoluto durante los 16 días del pasado festival flamenco. Viendo éste éxito y el encanto del lugar, se diría que todo ha sido un camino de rosas para los hermanos Villaescusa desde que decidieran darle un uso turístico al edificio. Pero nada más lejos de la realidad. “Yo siempre digo que he tenido la desgracia de heredar una casa palacio del siglo XVII”, señala Ángel, que enumera mil y un problemas a la hora de querer montar su negocio.

“No he tenido una ayuda de nadie para rehabilitar esto y encima, me ponían pegas de Urbanismo hasta para colgar un cuadro. Hasta algunos me criticaron por Facebook de que pusiera placas solares en la azotea. ¿Qué quieren, que la gente esté aquí como hace cuatro siglos?”. A eso suma que paga anualmente 3.000 euros de IBI cuando, indica, “por ley, al ser un edificio histórico y estar en pleno centro debería estar exento de pagarlo”. También recuerda los problemas que mantuvo con algunos de los antiguos vecinos. “Además de que sólo pagaban 120 euros al mes de renta antigua, encima tenía que hacerme cargo de todos los arreglos y averías. Aquí todo lo que podía salir mal, salía mal”.

Ahora, para mayor desgracia, se ve con el problema de no poder hacer uso de gran parte de los apartamentos por motivos burocráticos. “La ley pide un mayor ancho de escaleras, que no haya ventanas que den a los pasillos y que haya una determinada altura entre el suelo y el techo que no cumplen algunas dependencias. Entristece mucho que después de todo el esfuerzo, de invertir mucho dinero sin pedir ni un crédito, me digan ahora que estoy medio ilegal”.

Y es que Ángel reconoce que podría estar alquilando las viviendas a precio de 2016 y poder vivir tranquilamente de las rentas, pero prefiere “darle trabajo a ocho personas”. “Yo ya me he hecho a la idea de que no voy a ganar dinero con esto, pero bueno, mientras tenga para cenar pizzas del súper ya estoy contento”, señala resignado. A pesar de todo esto, los hermanos tienen en mente nuevos proyectos, como renovar la terraza para darle mayor encanto. Todo con tal de seguir dándole vida a un edificio singular e histórico en una ciudad cuyo patrimonio se sigue cayendo a pedazos.

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Jorge Miró

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