Albert Boadella, desobediente y constitucionalista: "Hay frivolidades que ya no puedo hacer"

El actor, director y dramaturgo catalán, fundador de Els Joglars y promotor de Ciudadanos, repasa su trayectoria, su obra reciente y habla de la política actual, con especial foco en su tierra. "Que Arrimadas se marchara fue un desastre; Puigdemont es un chiste malo y repetitivo", sostiene

Albert Boadella, desobediente y constitucionalista: "Hay frivolidades que ya no puedo hacer"
Albert Boadella, desobediente y constitucionalista: "Hay frivolidades que ya no puedo hacer" MANU GARCÍA

El juglar Boadella, muchos personajes en busca de autor

Dramatis personae: hijo, su padre tiene 65 años cuando él nace un 29 de julio de 1943. Su hermano Francesc, escultor, se fue a los 18 años a vivir a París y, como en alguna ocasión ha declarado, “me hizo de padre, me llevó con él y se ocupó de mis estudios”. Estudiante de teatro en Barcelona y Estrasburgo, estudiante de expresión corporal en París. Diletante. Miembro de la compañía de mimo de Italo Riccardi. Con solo 19 años, en el año 62 del siglo pasado, funda en Barcelona la compañía de teatro independiente Els Joglars, junto a Carlota Soldevilla y Anton Font.

Actor, director y dramaturgo de la compañía hasta hacerse historia viva del teatro español. Estrenan más de una treintena de montajes con una fuerte carga contestataria, satírica… hasta el punto de que su primer gran problema con las autoridades —la compañía llega incluso a sufrir atentados— sobreviene un 2 de diciembre de 1977 con La Torna, basada en las últimas ejecuciones del franquismo, pero poniendo el foco sobre el ajusticiamiento de Heinz Chez, ejecutado el mismo día que Salvador Puig Antich, pero sobre el que no reparó nadie. “Murió como un perro”, dijo el autor.

Boadella sufrió un consejo de guerra por aquello. Aquel apátrida, salvando las distancias y su final trágico, acabaría siendo él mismo en una Cataluña arrasada por el totalitarismo ciego de unos cuantos que querían pegar fuego a la casa. Ha dirigido programas de televisión, películas —Buen viaje, excelencia, una caricatura de la agonía de Franco—, ha escrito libros, ha dirigido los Teatros del Canal en Madrid, cedió el testigo de Els Joglars en 2012 a Ramón Fontserè y es ferviente taurino, hasta el punto de haber declarado, al recibir el Premio Nacional Universitario en Tauromaquia ‘Joaquín Vidal’, que “me gusta más recibir un premio taurino que uno teatral”.

Estuvo en el germen desde 2005 del movimiento ciudadano e intelectual que acabaría germinando en Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía y acabó, en 2018, fundando Tabarnia. Como presidente de este movimiento contrario a la independencia de Cataluña, pretendía separar algunos municipios de las provincias de Tarragona y Barcelona para constituir la décima octava comunidad autónoma del país. Jugar a la contra granjeándose enemistades y polémicas, hacer de lo políticamente incorrecto un estilo de vida, y pagar el peaje de vivir lo más libre posible han sido las poderosas, y caras, armas de este juglar, mordaz e irreverente, siempre agitador, siempre estimulante, siempre en la búsqueda. Vive ahora en un pueblecito del Bajo Ampurdán de unos 350 habitantes. Ha pasado la pandemia casi sin mascarilla y "es un agobio cuando te la pones para montar en el AVE o en el Metro". Baja casi flotando de su apartamento temporal en El Armador, en Cádiz, donde ha acudido a dar unas clases magistrales en la Escuela de Cine de la UCA, que dirige Bruto Pomeroy

Ha inaugurado el curso en la Escuela de Cine de Cádiz. ¿Qué primera lección han recibido sus alumnos?

Es una cosa que parece muy simple, pero a la vez muy complicada, que ha sido recordarles que el teatro es un arte. Y digo esto porque se puede pensar que es sociología, expresión política, psicología, pero, ante todo, es un arte que tiene que emocionar. La idea de la emoción se ha perdido mucho en el teatro y todo es muy mental. Hay que orientar al alumno en la primacía absoluta de todo lo que requiere un arte, que es una forma de dominar el tiempo, el espacio, de jugar con las metáforas, con la poesía. No es un arte realista como el cine, sino que juega con imágenes metafóricas y su esencia es que el espectador sienta primero la emoción y después piense lo que quiera.

¿Para interpretar hay, de alguna manera, que dejar de hacer teatro?

Lo más complicado para un actor es no ser él mismo. Cuanto menos sea él mismo, mejor. Hay mucha gente que dice que los grandes actores son gente que no puede tener mucha personalidad porque entonces siempre les sale la suya por encima de la del personaje. Hay una parte de razón en esa teoría. Los grandes actores que he conocido no son gente con mucha personalidad propia, sino más bien con una facilidad de adaptarse a otras personalidades.

Hablaba de esa emoción que hay que perseguir en el hecho teatral, ¿falta poética en los escenarios, cierta vanguardia?

Hay que vigilar lo que llamaríamos la modernidad. Uno no puede decir yo hago teatro contemporáneo porque está diciendo una estupidez. Si estás vivo eres contemporáneo, el día que te mueras dejarás de serlo. Si estás vivo y vives en esta época ya eres moderno de por sí. Lo que hay que vigilar es no forzar esta situación. Uno tiene que ser tal cual es, sin querer ser más moderno, más vanguardista, de lo que puede ser. Vanguardia quiere decir por delante, pero es muy difícil saber si lo que estamos haciendo va por delante si no tenemos una visión de 200, 100, 50 años. Hay que olvidarse de estas palabras y hay que ser auténtico con lo que uno piensa, hace y tiene a su alrededor. No hay que olvidar que practicamos un oficio que tiene 2.400 años de historia conocida, pero los egipcios a lo mejor hace 5.000 años hacían un teatro muy parecido al que hacemos. La diferencia entre el teatro que se hacía en Grecia o lo que pueda hacer yo con las comedias de Aristófanes es una diferencia muy pequeña, con pequeñas aportaciones del tiempo, del tiempo que vivimos, pero sin diferencias importantes.

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Un momento de la conversación con el actor, director y dramaturgo catalán.   MANU GARCÍA

De alguna manera, una de las cosas sobre las que más ha puesto el foco esta pandemia en relación con la cultura es en la importancia de las artes vivas, del contacto entre artistas y público por encima de tanto ‘streaming’.

Creo que la pandemia ha sido positiva en este sentido. La gente, evidentemente, ha visto obras de teatro, pero las ha visto grabadas, sin ser público de esas obras. La gente, cada día más, echa de menos está relación del directo. Cada día la gente necesita más su presencia entre el público porque en el fondo eso aporta cosas al que está en el escenario. Eso es como en los toros. Cuando el público está enfervorizado y empuja al torero, el torero cambia su toreo, no es lo mismo que si estuviera la plaza vacía. Y eso es muy importante que la gente lo note.

De alguna manera el actor vive de la energía que le devuelve el público…

Sin duda. La multiplicación de emociones del público en directo significa que un silencio de mil personas no es el silencio de tres personas. Y la risa de mil personas no es la risa de tres personas. Una risa de mil personas en un teatro te hace reír aunque no tengas ganas y eso cambia mucho las cosas.

Usted que ha vivido tanto con Els Joglars, ¿qué es lo que más echa de menos de toda esa energía que recibían en los escenarios?

Lo lógico es que eche de menos la juventud. Y lo que significaba aquella juventud, de locura, de divertimentos extraordinarios, de emociones… incluso de sufrimiento. Pero el sufrimiento en grupo no es como sufrir solo. Esto sin duda es lo que más echo de menos. Desde el punto de vista artístico, menos, porque en los últimos tiempos he cambiado una parte del rumbo de mi trayectoria y me he dedicado sobre todo al teatro con música. Me ha parecido que era más emotivo, estaba más dentro de la línea del teatro-arte que es lo que yo busco.

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Boadella, durante el montaje de la obra 'Olympic Man Movement', de Els Joglars, en una imagen del archivo de la compañía.

Lo último ha sido una obra en torno a María Callas, ‘Diva’, y un libro, ‘El Duque’, en la que se aborda la relación de un noble con un juglar. En el primer caso sitúa el libreto en la caída desde la cima, mientras que en el segundo habla de esa relación del poder con el pueblo, del interés particular frente al bien común. ¿De alguna manera siempre estamos escribiendo sobre nosotros mismos?

El artista siempre es un traductor de sus propios sentimientos, de su óptica. Cualquier lector o espectador vive la óptica por la que pasa la vida de quien ha realizado la obra, siempre está sujeto a su visión personal de las cosas. En los últimos tiempos estas dos cosas que me has citado, mis dos últimas cosas, significan una parte de mis vivencias personales. ¿Por qué escojo la historia de la Callas? Escojo la parte final de su vida porque es una vida que en la parte final es no conseguir ya cantar como había cantado, la decadencia del artista. Estuvo ocho años sin cantar durante su idilio con Aristóteles Onassis, que incluso la traiciona casándose con Jackie Kennedy… y entonces es ese mundo en el que cae todo, y eso me interesaba porque también en el fondo es mi mundo. Yo voy envejeciendo y cada día uno está menos ágil, no físicamente, que no sería tan grave, pero sí mentalmente, así que traslado este mundo que vivo. Y en el caso de El Duque, significa la admiración por un gran artista como es el Duque de Segorbe, el creador una fundación extraordinaria que es la Fundación Medinaceli, y que, gracias a él y a su generosidad, renuncia a su herencia para hacer una gran cosa pública.

"Me he encontrado en una situación que no me hubiera gustado para nada encontrarme y es que mi propia tierra, diríamos, ha enloquecido"

Sobrevivir tantos años yendo contra el poder no significa no tener contradicciones y hacer concesiones… ¿O es eso y todo lo contrario?

No, todo lo contrario. Yo he ido contra el poder porque he pensado que era una función del artista. No ha sido porque mi vida se haya dedicado a ir contra el poder, puesto que hay cosas del poder en las que he estado más de acuerdo y otras en las que he estado menos de acuerdo. Pero también es una función del artista desligarse de los pensamientos de la masa, el artista en el fondo significa una separación de las masas. La masa obedece muchas veces y el artista, por naturaleza, no es obediente. Me he encontrado en una situación que no me hubiera gustado para nada encontrarme y es que mi propia tierra, diríamos, ha enloquecido. Ha entrado en un estado de degradación política, social, de enfrentamientos…, y al encontrarme así, algo que preví muy pronto, cuando hice la obra sobre Pujol y sobre el nacionalismo en el año 81, cuando todo el mundo pensaba que era una exageración, me he dedicado a tratar de, en fin, sensibilizar a mis conciudadanos de que aquello era una locura.

En ‘Olympic man’, a la que creo que se refiere, aludía a que vendrían “nuevos movimientos que tratarán de hacer lo posible para seducir al individuo, cansado de viejas fórmulas, como la misma democracia”. ¿Les vio venir de lejos, no?

Sí, realmente era una obra muy premonitoria. Había un trasfondo fascista pero con un lenguaje muy actual. No era coger la iconografía del nazismo, o del fascismo italiano, contra eso ya la gente estaba vacunada, pero la gente no estaba vacunada —e incluso tuve la tentación de titularla La vacuna…— contra ciertas cosas que parecían modernas, vanguardistas, pero sobre las que estaba detrás el control total y absoluto de la sociedad y del hombre. Era una obra muy maligna…

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El actor, director y dramaturgo, durante la entrevista.   MANU GARCÍA

¿Hay vacuna contra el pensamiento único?

Hombre, claro que la hay. El pensamiento de uno, lo que uno piensa de verdad fuera de todo interés y, diría, de los impulsos naturales, que son fantásticos, pero si el macho siguiera su impulso natural… hay que tamizar los propios impulsos. Y eso es la vacuna contra el totalitarismo.

Un totalitarismo que está más crecido que nunca antes en la historia más reciente…

Está muy crecido porque tiene muchos medios.

Las redes sociales que imaginó Orwell.

Tiene inmensos medios como no los había tenido nunca. Antes era el miedo, diríamos, a una venganza de los dioses, pero los medios de presión de un pensamiento totalitario estaban limitados. En este momento los medios son tremendos. Hay que conseguir una educación frente a esta invasión de los medios. Los niños tienen que tener ahora una educación específica para defenderse contra ese totalitarismo de la comunicación.

"Como artista no quiero tener una libertad superior a la que tiene cualquier otro ciudadano y, si un ciudadano insulta, o promueve el insulto contra otro ciudadano, pues debe haber unos límites"

Usted que montó ‘La Torna’, cuando hoy algunos se quejan de falta de libertad de expresión, ¿qué se le viene a la cabeza?

Bueno, ahora tenemos grandes cotas de libertad de expresión. Tenemos una Constitución que, en principio, protege la libertad de expresión hasta niveles excepcionales en el mundo desarrollado. Hay muchos países europeos que no tienen tanta libertad de expresión como tenemos nosotros, pero el problema no está en eso, el problema está precisamente en dónde están estos límites. Cuando se utiliza un medio, digamos artístico, para insultar, para degradar, para menospreciar a, por ejemplo, las víctimas del terrorismo… pues hombre, yo que soy partidario de la libertad de expresión, me parece que esto entra dentro del Código Penal. Yo como artista no quiero tener una libertad superior a la que tiene cualquier otro ciudadano y, si un ciudadano insulta, o promueve el insulto contra otro ciudadano, pues debe haber unos límites. Por el hecho de ser artista no quiero tener ni más ni menos límites. Lo digo, por ejemplo, por el caso concreto del rapero Valtonyc, con un rap malísimo, cantando malísimamente, que veja a las víctimas del terrorismo, gente que ha perdido a su padre, a su hijo, a su madre por el terrorismo. Me parece bien que se corten las alas, no me parece que se vaya a la cárcel por eso, pero hay que pararle.

Hacer eso no es lo mismo que la obediencia del artista de la que hablaba antes, esto entra en el terreno del mal gusto, ¿no?

Claro, no tiene nada que ver, no confundamos las cosas. Es más, si artísticamente hubiera estado muy bien hecho, habría tenido menos problemas. Si lo hace con música de Mozart… Es la sentencia que tuvo Els Joglars con una obra que se llamaba Teledeum, por la que nos hicieron un proceso en Burgos y nos dijeron que injuriábamos a la Iglesia Católica, etcétera, etcétera. Ese proceso lo ganamos dos veces, en primer instancia y en instancia superior. Y la sentencia decía que la intención crítica o vejatoria era inferior a la intención artística, porque aquello estaba muy bien hecho y eso justificaba, o atenuaba, lo otro.

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Otro momento de la conversación.   MANU GARCÍA

¿Qué le queda por aprender, señor Boadella?

¡Hostias! (Ríe).

Ha venido usted a enseñar, pero supongo que hay retroalimentación…

Un artista tiene demostrado constantemente que sus teorías son contradichas a cada paso. Porque el arte no tiene fórmulas exactas. Las fórmulas que yo aplico a veces funcionan, pero no siempre. Y tienes que aprender de nuevo por qué no funcionan. Y eso cada vez pasa más, porque cada vez eres más exigente contigo mismo.

"La política hoy es la apología del morro, lo vemos hasta con el presidente del Gobierno. Un tío con un morro extraordinario que tiene una gran popularidad por su morro"

No me resisto a preguntarle por la detención de Puigdemont en Cerdeña y sus declaraciones en la que decía que España nunca pierde la ocasión de hacer el ridículo. ¿Lo de este hombre es una ópera bufa o una tragicomedia?

Eso es una farsa de las más cutres que pueden existir. No llega ni a comedia. Es un chiste malo que, además, es repetitivo. Me parece un estado de degradación absoluto. Un ignorante, porque Puigdemont no es más que un hombre ignorante, sin ninguna calidad política, ni cultural, ni nada. Es un vividor. Él representa este mundo político que tenemos ahora que es el mundo de los frescales. Los tíos frescos que pueden hacer cualquier cosa. Por encima de todo está el morro. Es la apología del morro, lo estamos viviendo en política, lo vemos hasta con el presidente del Gobierno. Un tío con un morro extraordinario que tiene una gran popularidad por su morro. A la gente le gusta el morro, le da seguridad. Y eso pertenece a una generación que, hombre, tiene sus ideas, pero ya no tiene ni ideología.

Y al otro lado del ring tenemos la defensa de la libertad resumida en poder tomarnos unas cañas. ¿Todo es frivolidad?

Bueno, España es esto también. Esa España desorganizada la encuentro entrañable. No somos Alemania y, me atrevo a decir, afortunadamente. Económicamente estarán mejor y estarán mejor organizados, pero a mí ese pequeño desmadre que existe, por ejemplo, en Andalucía… a mí me gusta. Esa sensación de que no sabes si las tiendas abrirán o los trenes van a funcionar, ese riesgo constante en España, eso es maravilloso. España es el bar de tapas con 40 personas metidas en un espacio reducidísimo, hablando y comiendo todos la vez, y entonces pides una caña, que parece que no te han escuchado, y al instante tienes la caña allí. Es decir, hay unos camareros que funcionan perfectamente.

¿Al final siempre hay salida?

Tenemos que vigilar no meternos en berenjenales muy serios. Ese desarraigo político que cada vez más tienen los españoles, y sin duda eso es culpa de nuestros dirigentes, cada vez menos atractivos, hay que vigilarlo porque conlleva consecuencias y consecuencias de bloqueo de todo. Esa facilidad de pelearnos hay que vigilar que no llegue al enfrentamiento porque en el año 36 esto nos costó una guerra civil. No son bromas. Hubo muchos muertos y luego pagamos años y años de pérdida de libertad por culpa de esta historia. Hay que vigilar siempre esos impulsos de los españoles, que pueden ser muy interesantes y muy divertidos, pero tienen que tener límites. No se puede perder el sentido de las cosas esenciales. España tiene que tener una acción conjunta en muchas cosas, no puede dividirse en tantos reinos de taifas, tiene que tener un espíritu conjunto en las cosas esenciales, aunque las cocinas o los folklores sean distintos. No pueden aparecer cuatro tíos que quieran montar una cosa en contra de los intereses generales solidarios de los españoles. España tiene una Constitución, que podemos cambiar, pero hay unas reglas del juego, y eso no se puede perder de vista.

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Albert Boadella posa tras la entrevista.   MANU GARCÍA

¿Para qué no tiene edad?

¡Joder! Para algunas cosas todavía estoy chulo, ¿eh…? Pero sin duda alguna, no puedo hacer ni el 50% de las cosas que hacía hace tan solo 15 años, desde el punto de vista físico te hablo.

¿Y desde el punto de vista de su forma de ver el mundo y el arte?

Pues hay frivolidades que ya no puedo hacer. Tengo que tener cierta seriedad en las cosas que hago y en las cosas que digo. No es lo mismo decir una cosa cuando tienes 25 años que cuando tienes, como yo ahora, 78. Las cosas que digo a los alumnos que ahora están en Cádiz tengo que vigilarlas porque esta gente deposita en mí una confianza de experiencia que tengo que tener responsabilidad ante ellas. Hace 30 años dije cantidad de burradas, algunas con acierto, pero la mayor parte eran burradas…

Ha dejado usted titulares para la historia, alguno he repasado…

(Ríe) Hombre…

¿Y la aventura de Tabarnia en qué quedó?

La aventura de Tabarnia tuvo su momento, ¿no? Tenía a mano haberla convertido en una aventura política o simplemente satírica. Convertirla en lo primero significaba ponerme delante y enfrentarme políticamente, y por tanto con votos, frente a la situación en Cataluña. Habría tenido un bloque importante de votos, que se hubiera traducido en un bloque importante de parlamentarios tanto o más importantes que los que consiguió Ciudadanos en las elecciones, y habría podido desequilibrar la situación catalana. Pero preferí dedicarme a lo mío. ¿Qué le vamos a hacer?

La cabra tira al monte, suelen decir.

Sí, no quise hacer este paso porque significaba desmontar mi vida artística totalmente y meterme en un mundo, uf… quizás yo ya no tenía ni la edad para ello.

¿Le apena el declive en el que ha entrado Ciudadanos, un proyecto político del que usted es fundador?

Sí, creo que se ha perdido un partido que era esencial para el equilibrio español. Sin duda, surgirá otra cosa. No vamos a estar toda la vida con un PP y un PSOE, hay que buscar otras cosas.

"La aventura de Tabarnia tuvo su momento. Tenía a mano haberla convertido en una aventura política o simplemente satírica. Preferí dedicarme a lo mío"

O los extremos.

Sí, yo diría que, más que los extremos, es que no están en nada. Están en sus conveniencias. Solo en sus conveniencias, no son un ejemplo político. Y hay que buscar nuevas posibilidades. Ciudadanos pudo tener ese papel de sensatez, de gran aportación de libertad al conjunto de los españoles, pero al mismo tiempo de una libertad con rigor, orden, que las leyes se cumplan, y que la judicatura funcionara a la perfección. Esa es la estructura básica de un país: los derechos muy bien, pero las obligaciones también. Y Ciudadanos tenía esta oportunidad, con un partido poco corrupto porque era joven. Cuando llevas muchos años, la corrupción ya es un hecho casi natural.

¿Por qué, a su juicio, se ha perdido esta oportunidad?

Seguramente por una ambición desmesurada de sus líderes, que pensaron que en poco tiempo podían hacerse los amos del cotarro.

O demasiado tacticismo político, ¿no? Porque al final la política también es acción, ¿no? La función por hacer…

Sí, y tener paciencia. Ciudadanos no tuvo paciencia, hubiera podido esperar un tiempo, aguardando perfectamente y encontrar el momento exacto. Es una lástima y en Cataluña no digamos. Que Arrimadas se marchara de Cataluña fue un desastre. Ella tenía que haber continuado en Cataluña, valientemente, y sé que era una lata, tenía que ir con guardaespaldas continuamente porque se jugaba el físico… pero qué le vamos a hacer. Ella se había comprometido y tenía que haber aguantado en Cataluña.

Sobre el autor:

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, experto en Urbanismo en el Instituto de Práctica Empresarial (IPE). Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Antes en Grupo Joly. Soy miembro de número de la Cátedra de Flamencología; hice la dramaturgia del espectáculo 'Soníos negros', de la Cía. María del Mar Moreno; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Asociación de la Prensa de Cádiz (APC) y de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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