museo_guitarras_antonio_espinosa05
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El empresario Antonio Espinosa de los Monteros acumula en una sala de su complejo industrial unos 300 instrumentos, principalmente de cuerda, que en algunos casos se remontan al siglo XVIII. 

Vinos espumosos de colores psicodélicos a partir de uva manchega y una de las colecciones de instrumentos de cuerda más importantes de Europa. Todo prácticamente en el mismo recinto. Lo primero es difícil de imaginar en la capital del sherry, lo segundo directamente es impensable. Más, cuando uno mira a su alrededor y solo ve enormes naves industriales, algunas de ellas abandonadas, en este parque empresarial de la zona norte de Jerez. “Aquí hay verdaderas joyas. Mira qué armonía de guitarra, mira qué belleza; esto vale lo que pidas…”. Quien habla con fervor es Antonio Espinosa de los Monteros, el jerezano que levantó un complejo industrial que dio en llamar Las Bóvedas de Esporsil y que hoy lo mismo exporta a China tres contenedores repletos de su ginebra que acumula un auténtico tesoro que no aparece en las guías turísticas.

Un espacio donde todo es silencio, perdido en el extrarradio, pero donde uno siente como si hubiera una orquesta con un millón de músicos afinados tocando al unísono. No está todo cuantificado ni catalogado pero a vuela pluma su propietario calcula que serán sobre 300 piezas, de ellas 200 guitarras que se remontan en algunos casos a finales del siglo XVIII. Todo da la sensación de que es de un valor complejo de cifrar. Primero, sentimental: los Espinosa de los Monteros “siempre hemos tenido guitarras en casa”, por lo que Antonio fecha el origen de su colección en unos cuarenta años atrás. Segundo, patrimonial: “Aquí hay piezas únicas. Esta de Joseph Benedidt, un lutier de Cádiz reconocido en todo el mundo, es única, de principios de 1800. Solo hay otra en Chile”, muestra con orgullo.

Pero también hay violines, violas, clavicordios, tricordios, banjos, ukeleles, laúdes, liras, mandolinas, arcaicas cajas de música con varios siglos en su madera… y hasta un piano de cola del compositor austriaco Henri Herz, con el que él mismo logró la medalla de oro de la Exposición Universal parisina de 1867. También hay otro piano de 1855 que en su día fue un regalo para la reina Mariana de Holanda, las primeras guitarras eléctricas de los años 20, y un gramófono de primeros del siglo XX de las exclusivas galerías Harrods. Pagés, Sanchís, Ramírez… Los lutieres más reconocidos de la historia de la guitarra española tienen alguna representante en la colección del empresario jerezano. Hay un momento en el que Espinosa te desborda con tanta información, tanto baile de fechas, maderas, terminaciones… Y de repente, saca de la chistera una colección de vinilos y partituras antiguas. En el gramófono suena Django Reindhart mientras el enorme salón exposición gira sobre su eje. "Esto es una maravilla", exclama.

“Yo la toco para limpiarlas pero no sé tocar. Eso son palabras mayores, no me ha dado tiempo, solo de coleccionarlas”. Y ha acumulado y acumulado piezas, hasta el punto de distinguirlas, de palpar las maderas ‘tocadas’ en otros siglos, en otros hemisferios, y saber que el instrumento es genuino. “Cuando uno se mete en este mundo no para, he ido a muchísimos sitios buscando guitarras, otras me las han traído directamente cuando he abierto la veda diciendo que buscaba algo puntual. Algunas las he conseguido en el extranjero… Aquí han venido estudiosos de la guitarra y comentan que esto es de lo mejor que hay en cantidad y variedad en Europa”. Pero todo está oculto al gran público y sin la conservación adecuada. "Sé que hay que invertir más, que las maderas ahora mismo están sufriendo", reconoce.

“En 2013 estuvimos a punto de cerrarlo todo”, admite el industrial, que ha logrado reinventarse innovando con vinos y espirituosos (Wine of fire y Gin of fire) que ahora exporta a Canadá, Noruega, a los Carrefour de Francia…, previa cuantiosa inversión en nueva maquinaria. En paralelo a su negocio, consecuentemente la crisis también ha hecho mella en su colección de guitarras e instrumentos musicales. No solo ha paralizado las adquisiciones sino que ha anulado toda posibilidad de sumar por sus propios medios esta colección a la oferta turística y cultural de la ciudad en forma de museo. En las dos últimas legislaturas se gestaron negociaciones entre Espinosa y el Ayuntamiento. Incluso se barajaron espacios municipales para albergar la colección como el Alcázar o el Palacio de Garvey, que todavía está a la espera de saber si se convierte en sede de la Unión de Hermandades, pero finalmente no se llegó a buen puerto. “Yo quiero que la colección se visite en Jerez, me la reclaman de otras provincias pero me da pena que mi tierra no se aproveche de esto”. Eso sí, subraya, “sería un bien para Jerez, no un bien para el político”.

“Esto es insospechado, no te esperas para nada que todo esto esté aquí”, dice un acompañante que también visita la exposición. Junto a una serie de violines de 1700 y 1800, hay un roll up de diseño dudoso en el que reza ‘Fundación Espinosa de los Monteros’, creada para la salvaguarda de este ingente patrimonio, y se aprecian unas fotografías de piezas de la colección. Es la única huella de que allí exista una especie de museo de la música. Hay guitarras de diez, seis, tres cuerdas, piezas exquisitas de guitarras flamencas, como las de Ramírez… Instrumentos de Asia, de África... En su inmensa mayoría objetos únicos, fruto de la paciencia y la experiencia en el rastreo de su propietario, que ya en 1988 decidió volcarse a fondo en este proyecto patrimonial. “Ya conoces perfectamente lo que estás comprando, no necesitas asesoramiento porque por los trastes, las terminaciones, el tamaño, los clavijeros, la madera… ya sabes que no te engañan”. Y concluye: “Para encontrar una guitarra del siglo XIX hoy en día te tienes que dar un chocazo porque es que apenas hay”. Lo dice él, que tiene unas 200 de diferentes siglos en la entreplanta perdida de su complejo industrial.

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