La lana que vuelve a la tierra: Grazalema transforma un residuo ganadero en fertilizante orgánico

La fundación Grazalema Regenerativa pone en marcha una fábrica de pellets fertilizantes, con el que soluciona un problema de los ganaderos en una solución para agricultores

El ingeniero industrial Juan Baena enseña los pellets fertilizantes que se fabrican en Grazalema, con los sacos de lana al fondo.
El ingeniero industrial Juan Baena enseña los pellets fertilizantes que se fabrican en Grazalema, con los sacos de lana al fondo. JUAN CARLOS TORO
06 de marzo de 2026 a las 20:03h

En una nave situada a las afueras de Grazalema, en la Sierra de Cádiz, se acumulan sacos de lana recién esquilada antes de iniciar un proceso poco habitual en España: convertirla en pellets fertilizantes. Con esta fábrica se busca dar salida a un subproducto ganadero que hoy prácticamente carece de valor en el mercado y que incluso supone un coste para los pastores.

La materia prima procede principalmente de ovejas de la zona, incluidas algunas de raza merina grazalemeña, aunque también llega lana de otras explotaciones de la Sierra de Cádiz y de la Sierra de Ronda. La población de merina grazalemeña llegó a contar con unas 5.500 cabezas censadas hace dos años —hoy algo menos—, una cifra que por sí sola resulta insuficiente para abastecer una fábrica con una producción estable.

La razón es sencilla: la producción de lana por animal es baja. “Estamos hablando de unos dos kilos y algo por oveja al año. Con ese volumen no da para producir, vender y que una fábrica sea económicamente viable”, explica Juan Baena, ingeniero industrial, y uno de los impulsores del proyecto, que abandera la fundación Grazalema Renegerativa.

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Baena extrae la lana almacenada en la fábrica, antes de transformarse en pellets.   JUAN CARLOS TORO

La fundación forma parte de una iniciativa privada sin ánimo de lucro, que "persigue la construcción de una comunidad sana que garantice el equilibrio entre el crecimiento económico, el cuidado del medio ambiente y el bienestar de todos", explica en su web. Su creador es el empresario holandés Fred Guelen, afincado en Grazalema desde hace casi dos décadas. Una historia incluida dentro de la serie de artículos que está publicando este periódico cuando se cumple un mes del desalojo por el tren de borrascas. 

El proceso: del esquileo al pellet

La lana llega directamente desde los ganaderos hasta la fábrica. Allí se almacena hasta iniciar el proceso de transformación. Normalmente permanece cubierta, aunque en periodos de mucha humedad se deja airear para facilitar que expulse parte del agua acumulada.

El tratamiento posterior es completamente mecánico y no incorpora ningún aditivo químico. “Todo es lana tal y como viene del campo. Si viene con restos de tierra, hierbas o incluso excrementos de la oveja, entra igualmente en el proceso”, explican el ingeniero industrial. Esos restos, lejos de ser un problema, forman parte del producto final porque aportan materia orgánica y minerales.

El proceso comienza con el picado de la lana en una trituradora que la fragmenta y facilita su compactación posterior. Mediante un sistema de aspiración, la fibra triturada se conduce a bidones donde se almacena antes de pasar a la siguiente fase. A partir de ahí, la lana se introduce en la pelletizadora, donde una serie de rodillos la comprimen para formar los pellets.

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Los pellets, una vez terminado el proceso.   JUAN CARLOS TORO

La cantidad de material que entra en la máquina se regula manualmente en función de factores como la humedad ambiental. Ese aspecto influye directamente en la capacidad de producción. En condiciones secas y óptimas, la máquina puede alcanzar una producción cercana a los 50 kilos de pellets por hora. En épocas húmedas, sin embargo, esa cifra se reduce considerablemente y puede quedarse entre 10 y 20 kilos por hora.

Una vez obtenidos, los pellets pasan a un horno de secado donde reciben un tratamiento térmico durante aproximadamente tres horas. Este paso es obligatorio por normativa sanitaria, ya que se trata de un subproducto animal no destinado al consumo humano. Tras ese proceso, el material se envasa y se prepara para su distribución.

Antes del envasado, los pellets pasan por una criba que los enfría y elimina el polvo generado durante el compactado. Ese residuo no se pierde: se recoge y vuelve a introducirse en la máquina para compactarlo nuevamente. “En realidad el residuo es prácticamente cero. Si de un kilo de lana no sale un kilo de pellet es únicamente porque parte del peso era humedad y se pierde durante el proceso”, señala el ingeniero industrial Juan Baena.

El pellet final mantiene la forma compacta que facilita su transporte y aplicación, pero una vez en contacto con el agua se transforma. La lana es un material higroscópico, lo que significa que absorbe humedad ambiental. Cuando el pellet se incorpora a la tierra y se riega, se expande como una esponja y libera gradualmente sus nutrientes.

Un fertilizante orgánico con varias ventajas

El producto resultante es un fertilizante orgánico de origen animal con un contenido elevado de nitrógeno. Los análisis aproximados indican que contiene algo más de un 8% de nitrógeno y alrededor de un 4% de potasio, por lo que técnicamente se considera un fertilizante NK. Además, más del 80% de su composición es materia orgánica, lo que lo convierte en un abono completamente natural, sin aportes químicos ni metales pesados.

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Vidal Bécares y Juan Baena, trabajadores de Grazalema Regenerativa.   JUAN CARLOS TORO

Sus beneficios no se limitan al aporte de nutrientes. La capacidad de la lana para absorber y retener humedad mejora la estructura del suelo y ayuda a mantener el agua en la tierra durante más tiempo. Si el pellet se mezcla con el terreno, contribuye a mejorar su estructura. Si se aplica en superficie, forma una especie de capa que reduce la evaporación del agua y ayuda a mantener la temperatura del suelo, algo especialmente útil durante los meses de invierno.

Además de esas propiedades, algunos estudios apuntan a que la lana puede tener un efecto positivo frente a determinadas plagas, especialmente babosas y caracoles. Aunque ese aspecto aún no se ha estudiado en profundidad en este proyecto, sí existen investigaciones previas que apuntan en esa dirección.

Una salida para un problema ganadero

Más allá del producto agrícola, uno de los objetivos del proyecto es ofrecer una solución al problema que la lana supone actualmente para muchos ganaderos. Durante siglos fue un recurso valioso, especialmente en zonas como Grazalema, cuya tradición textil llegó a tener gran importancia histórica. Sin embargo, en la actualidad su valor comercial es prácticamente nulo.

Esquilar una oveja cuesta entre dos y dos euros y medio, pero la lana resultante apenas tiene salida en el mercado. En algunos casos los ganaderos incluso tienen que pagar para que se la retiren. Este año, por ejemplo, en algunas zonas han tenido que abonar unos diez céntimos por kilo para entregarla a cooperativas.

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El producto se comercializa en bolsas de distintos tamaños.  JUAN CARLOS TORO

A ese problema económico se suma la normativa sobre subproductos animales, que impide destruir o eliminar la lana por cuenta propia. Los ganaderos no pueden quemarla ni tirarla, y deben entregarla a gestores autorizados.

El proyecto de Grazalema Regenerativa intenta revertir esa situación pagando a los ganaderos 12 céntimos por kilo cuando llevan la lana a la planta. La cantidad es modesta, pero supone un cambio respecto a la situación actual. “Sabemos que es un precio mínimo, pero al menos no están perdiendo dinero y ven que se está haciendo algo con su lana”, explica Vidal Bécares, miembro de la fundación.

Para muchos ganaderos el problema es también emocional. La lana formó parte durante siglos de la economía local y ver cómo se acumula sin valor genera frustración en un sector ya de por sí castigado. “Quien trabaja en el sector primario tiene un componente de vocación y romanticismo. Ver la lana amontonada año tras año duele”, reconocen.

Un mercado por construir

La comercialización del producto acaba de comenzar y todavía se encuentra en una fase muy inicial. El fertilizante se vende en distintos formatos, desde envases pequeños de uno a tres kilos para uso doméstico hasta sacos de diez kilos destinados a agricultores o viveros. La empresa prevé incorporar también formatos de veinte kilos para explotaciones agrícolas más grandes.

En jardinería doméstica, un kilo puede rendir bastante, ya que en una maceta suele aplicarse una pequeña cantidad, equivalente a unos 40 o 50 gramos. Además, se trata de un fertilizante de liberación lenta, que puede actuar durante aproximadamente seis meses sin necesidad de reaplicarlo.

El público objetivo inicialmente incluía viveros ornamentales y clientes internacionales, especialmente en países del centro de Europa donde este tipo de productos ya existe. Sin embargo, el interés que están recibiendo procede también de agricultura profesional, viveros y productores agrícolas de mayor escala.

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Lana acumulada en sacos de grandes dimensiones, en la fábrica.  JUAN CARLOS TORO

Uno de los principales retos será explicar el producto al mercado. A diferencia de los fertilizantes tradicionales, el pellet de lana es todavía poco conocido en España, lo que obliga a realizar un trabajo de divulgación y educación comercial.

“Tenemos una base de producto muy buena, pero todavía hay que desarrollar todo lo demás: marketing, estudios y aplicaciones”, reconoce Bécares. 

Algunos estudios realizados con cultivos de tomate indican que este fertilizante puede aumentar la producción y reducir las necesidades de riego, un aspecto especialmente relevante en cultivos hortícolas.

En un mercado dominado por grandes multinacionales de productos agronómicos, el proyecto de Grazalema intenta abrirse paso desde un pequeño municipio de la Sierra de Cádiz. “Al final somos unos cuantos de un pueblo pequeño intentando entrar en un sector muy potente”, admite Bécares.

Pero el planteamiento es claro: apostar por la economía circular. La lana sale de la oveja, se transforma y vuelve al suelo. Un ciclo completo que convierte lo que antes era un problema en un recurso agrícola.

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Francisco Romero

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