Más de 300 bonsáis relucen en el jardín de Rosendo, un escondite gaditano donde revive la técnica milenaria

Rosendo cortando la rama de uno de sus bonsáis. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Rosendo cortando la rama de uno de sus bonsáis. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Más de 300 esculturas vivas a pequeña escala componen el jardín de la asociación cultural de bonsai Menesteo. Un escondite natural en El Puerto que pertenece a Rosendo Martínez, el fundador de esta organización sucesora de la primera, que se dedicó desde 1998 a difundir la técnica milenaria de los bonsáis en esta ciudad. La cultura nipona se asentó gracias a los pioneros Juan Toral, con grandes conocimientos sobre el tema, y José Manuel Salmerón, que se dedicó a traer estos árboles en miniatura desde su floristería.

“Juan nos impartía algunas clases de lo que él sabía, y poco a poco fuimos avanzando hasta que cada uno se fue haciendo su propia colección de bonsáis”, comenta Rosendo, que se inició en este mundo gracias a un libro del autor Dan Barton. “Cuando yo empecé hace 25 años, solo había libros, en aquellos tiempos no había internet, mi afición vino también porque mis vecinos tenían bonsáis”, explica el portuense que en sus ratos libres se dedica al mantenimiento y cuidado de los ejemplares.

A la asociación pertenecen unos 30 socios de toda la provincia de Cádiz que se reúnen todos los martes desde septiembre a junio en la parcela de Rosendo para aprender a cultivar estos pequeños árboles  que crecen en una maceta.

El presidente, Amador Cano, junto a Rosendo Martínez, propietario del jardín, y otros socios. FOTO: JUAN CARLOS TORO

“Invitamos a gente nueva a que venga y conozca este arte, cada socio trae su árbol y aquí le aconsejamos cómo tiene que trabajarlo, sobre todo a los que no tienen ninguna experiencia”, señala Amador Cano, el presidente de la organización. Aunque se incorporó hace dos años, su pasión se despertó en el año 83 cuando terminó apuntandose al club bonsai de Madrid tras haberse topado con dos páginas de un libro que mencionaban este arte.

Mientras merodea por los recovecos de su jardín, Rosendo muestra una gran cantidad de bonsáis de diferentes estilos. Especies autóctonas de la provincia como el alcornoque, la acacia, el acebuche, el pino carrasco o la buganvilla tienen un hueco junto a otros árboles traídos desde Japón, como el caqui japonés o el carpe coreano. Entre ellos, se halla un olivo con cerca de 30 años de antigüedad junto a otro ejemplar que tiene más de 25 años.

Según la época del año, los bonsáis adoptan diversas formas y colores. Amador, también socio de la asociación madrileña de Alcobendas, apunta que “en primavera se desarrollan y los vemos con flores y en verano el árbol duerme hasta otoño. En invierno hay algunos que se dice que tienen un desnudo precioso porque al caerse todas sus hojas, se observan perfectamente sus ramificaciones”.

Rosendo diseñando uno de los ejemplares de su jardín. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Un trocito de la historia oriental revive en este jardín donde reina el sosiego. Cada árbol puede durar “un mes si no se le cuida o hay mala suerte, o puede vivir 200 , 300 o mil años”. Según Amador, la clave está en los cuidados que se den al ejemplar. “Es como un geranio, hay que tener cuidado con él y regarlo y para que evitar que crezca hay que cortarle las raíces todos los años en función de la edad del árbol”, sostiene el presidente, que asegura que los árboles más pequeños requieren la poda de sus ramas casi todos los años mientras que los más grandes, cada cuatro años como mucho.

Con tantos bonsáis, a Rosendo le hacen falta “mínimo dos horas para regar, porque los riego uno a uno, hay quien tiene goteo automático, pero yo pienso que el purista aficionado debe hacerlo a mano”.

Es fundamental que estos árboles crezcan en un jardín y no dentro de una casa. Amador recuerda que “Felipe González puso de moda a los bonsáis y la gente iba al club bonsai de Madrid con árboles comprados en El Corte Inglés, nos decían que se estaba muriendo, les preguntábamos donde los tenían y decían, encima del televisor, y un árbol no puede estar ahí”.

Este amante de la botánica contempla los ejemplares mientras expresa los entresijos de este arte que conlleva un proceso lento. “Los japoneses dicen que un hombre empieza un bonsái para que lo siga su hijo y lo disfrute su nieto, consideran el árbol como nosotros consideramos el rosario, una manera de ponerse en contacto con el Dios universal”, relata.

Diseñar un bonsái es la actividad de estos socios que obtienen sus árboles de los viveros. Aunque predomine la diversidad, los ejemplares siguen unas reglas determinadas. El presidente afirma que “todos los diseños parten de un triángulo, un vértice y dos ángulos inferiores que representan el cielo, el hombre y la tierra, si no se rigen por eso, no un bonsái, es un árbol en una maceta sin más”.

Según Amador, los bonsáis se desarrollan en función de la ley de Fibonacci, una constante matemática que también determina los círculos del caracol o las pirámides de Egipto. Sin embargo, en su opinión, los aficionados pueden darle rienda suelta a su creatividad una vez que conocen la técnica básica.

Rosendo junto a su colección de 'suiseki'. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Más allá del cultivo de estos árboles, los socios coinciden en que adentrarse en la modelación de las especies les aporta relajación y satisfacción, Rosendo a veces no se da cuenta de que han pasado tres horas, pero, sobre todo, paciencia. “Este arte te enseña a tener paciencia, una rama se corta en 20 segundos, pero tarda en crecer varios meses, no vale trasplantar un árbol porque me gusta esta otra maceta, si lo sacas se muere, para ello tiene que esperar a otoño o invierno cuando el árbol esté dormido”, añade Amador.

El arte del bonsái se suele combinar con el suiseki, un término japonés que alude a las piedras paisajes. Estas esculturas naturales extraídas de la playa, el campo o el río para pulirlas, se suelen introducir en las macetas de los ejemplares. “Esa piedra acompaña al bonsái y da una imagen de algo, ahí ves una montaña, un paisaje o a una persona, ves algo que a lo mejor otro no lo ve, puedes hacer una montaña o un acantilado”, manifiesta Amador señalando una colección de piedras con formas de lo más originales.

Con el objetivo de dar a conocer este mundo, la asociación realiza todos los años una exposición en primavera para que los curiosos puedan observar de cerca el encanto de los bonsáis. Este verano, debido a la crisis sanitaria, la muestra tendrá lugar los días 11,12 y 13 de septiembre en la Casa de los Toruños de Valdelagrana.

Sobre el autor:

Patricia Merello

Titulada en Doble Grado en Periodismo y Comunicación audiovisual por la Universidad de Sevilla y máster en Periodismo Multimedia por la Universidad Complutense de Madrid. Mis primeras idas y venidas a la redacción comenzaron como becaria en el Diario de Cádiz. En Sevilla, fui redactora de la revista digital de la Fundación Audiovisual de Andalucía y en el blog de la ONGD Tetoca Actuar, mientras que en Madrid aprendí en el departamento de televisión de la Agencia EFE. Al regresar, hice piezas para Onda Cádiz, estuve en la Agencia EFE de Sevilla y elaboré algún que otro informativo en Radio Puerto. He publicado el libro de investigación 'La huella del esperanto en los medios periodísticos', tema que también he plasmado en una revista académica, en un reportaje multimedia y en un blog. 

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