A Manuel Chilla González en casa le decíamos “el Lolo”.

Manuel Chilla González tuvo que "cruzar el charco" en 1953 tras una complicada posguerra en su Jerez natal. Durante más de medio siglo llevó a su tierra por Argentina, donde como buen aficionado flamenco fundó uno de los primeros portales de flamencos en la red, "Triste y azul". El pasado septiembre falleció en Buenos Aires. Hoy, 16 de febrero, cumpliría 81 años.

A Manuel Chilla González en casa le decíamos “el Lolo”. Mi tío abuelo falleció el pasado 16 de septiembre al otro lado del charco. Conocido gracias a su singular pasión por el flamenco, este jerezano emigró con tan solo 18 años a Argentina tras una posguerra complicada para la familia en su Jerez natal. Su padre, Juan Chilla Soto, decidió probar suerte y hacerse las Américas para que luego prácticamente todos los suyos le acompañaran. Manuel nació el 16 de febrero de 1935 en el barrio de San Pedro, conocido popularmente como "la Albarizuela". De un total de seis hermanos que componían la familia Chilla González, quedaron cuatro: él, su hermano Juan y sus hermanas Encarnación y Rosario. Su hermano Antonio y su hermana Mercedes fallecieron ambos por la pleuresía; Antonio al poco de nacer y Mercedes con 14 años en manos de su madre. La cruda realidad de la posguerra en Jerez toma forma, Manuel también padeció de los pulmones, algo que le produjo secuelas para toda la vida y que en la época sólo pudo remediar con los paseos por las viñas de la campiña así como los viajes de verano a Grazalema que un conocido y acogedor médico de la ciudad le ofrecía. El padre de Manuel, mi bisabuelo, tenía una pequeña empresa de albañilería con un gran número de clientes en Jerez, fundamentalmente bodegas. Con sus más y sus menos, la familia hacía frente a los años del estraperlo como bien podía. Y es que, como aseguraba el propio Manuel, la guerra para los andaluces fue, de hecho, la posguerra. Las venganzas, las envidias y la miseria marcaron gran parte de las décadas de los 40 y los 50 en Jerez y, por supuesto, se toparon con la familia Chilla, que vivía en la planta superior de una casa sita en la calle Caracuel número 2. La disputa de su hogar familiar fue el comienzo del fin. En la parte baja de ésta, un influyente concejal falangista, Miguel Ríos, ostentaba una fábrica de caramelos, los famosos "Caramelos Ríos". Un día, el falangista decidió que quería comprar el edificio entero y, usando sus influencias, hizo una oferta a Juan padre que tal vez, por las circunstancias, nunca debió rechazar. La negativa de este a venderle el hogar familiar provocó que Ríos arruinara el negocio familiar influyendo para que ninguna bodega contratara los servicios de albañilería. Todas excepto una, la bodega Sandeman, cuyo encargado inglés gozaba de una íntima amistad con Juan padre. Pero no fue suficiente. Esto, sumado a una caída que le fracturó la pierna, hizo que el padre de familia cediera y buscara un nuevo hogar, que finalmente se ubicó en una antigua casa de prostitutas de la calle Bizcocheros; una de varias que el Ayuntamiento quería eliminar de la zona y que el propio Miguel Ríos le ayudó, entre comillas, a encontrar. Era demasiado tarde, los clientes no volvieron y la situación no hizo sino complicarse. Solo, Chilla padre decidió partir hacia Argentina antes que caer, como otros muchos jerezanos, en lo que llamaba mi tío abuelo, "paseos al embotellao". Él se fue en 1950 a través de un contrato de trabajo que le consiguió un conocido y, tres años más tarde, envío pasajes para que su mujer y sus hijos le acompañaran. No había otro camino posible. En un principio, su hija Encarna, por compromiso matrimonial, se quedó aunque emigró años más tarde, siendo pues su hijo Juan el único que permaneció en Jerez al tener apalabrado un trabajo en la bodega de La Riva y un compromiso con su pareja Micaela. Ellos, los que se quedaron en Jerez, son mis abuelos. Argentina fue una salida pero no un camino fácil. Manuel, con la experiencia de haber trabajado antes de emigrar en Casa Chaves, encontró un oficio en un negocio de bicicletas, luego en una librería y finalmente en el sector de los recambios mecánicos, donde consiguió hacerse un hueco y montar un negocio que aunque lo tenía siempre trabajando le dio para formar una familia. El emigrante jerezano pasó de contemplar, como decía Blas Infante, la visión sombría del obrero andaluz a la abundancia del Gran Buenos Aires. De “la cucharada y paso atrás” de nuestros jornaleros a “las sobras de ternera en los contenedores” de la capital argentina. En el Hogar Andaluz, uno de los puntos de encuentro para los emigrantes andaluces, y bailando un pasodoble español, conoció a su esposa Mary que, sin embargo, es de nacionalidad argentina. Tuvieron tres hijos, hoy repartidos por el mundo, uno de ellos permanece en Argentina mientras que los otros dos se encuentran en Estados Unidos y España. Desde que llegó y, posteriormente, en los numerosos viajes de trabajo que hacía por Argentina este jerezano encontró el flamenco como refugio. Su afición le llevó a tener el placer de crear uno de los primeros portales sobre nuestro arte en internet, Triste y Azul, “cabales en la red”. Un emblemático sitio que albergaba desde crónicas y críticas de espectáculos flamencos hasta una radio o biografías cuyo contenido tengo como intención rescatar. Su historia es un retrato de la emigración andaluza, aquella que no olvida sus raíces y se integra en una sociedad Argentina con la que ha interactuado más de medio siglo. Habitual en los festivales, hizo amistad con artistas y aficionados como él. Hace una década volvió a Jerez para quedarse pero, al final, cosas de la vida, regresó a Buenos Aires, especialmente por la situación de su mujer. El pasado marzo mi tío abuelo nos visitó y asistió por última vez al Festival de Jerez, donde volvió a encontrarse con amigos y conocidos. En este último viaje a la tierra que le vio nacer, tuve el gusto de verle disfrutar con los emotivos abrazos de su pequeña nieta y, por supuesto, de escuchar y compartir experiencias al calor de unas copas de oloroso que supieron a gloria. En Buenos Aires, Manuel Chilla González aprendió a estremecerse ante el cante jondo, un buen toque de guitarra o una copa de jerez viejo. Su deseo, bromeaba, era que esparcieran sus restos por una viña o una bodega, tal y como también decía, me aseguran, mi abuelo Juan. Su hijo Guillermo se encargó de traer sus restos el pasado mes de octubre y, mi padre, de hacerles un hueco en el nicho familiar que hemos decorado con un racimo de uvas y un catavino tintado de ocre. En él te honramos memoria, Lolo. El epitafio es aquel que tú mismo escribiste en el prólogo del libro de un amigo tuyo: “Toda persona que se precie guarda un especial cariño por la tierra en la que Dios decidió que naciera”. Que la tierra, albariza, te sea leve.

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