Seis grandes leyendas urbanas que sembraron el pánico

Algunas de estas historias han pasado de generación en generación, incorporando en su relato ligeros cambios

'It'. La sonrisa del payaso.
'It'. La sonrisa del payaso.

Las leyendas urbanas son cuentos o historias populares de carácter fantasioso que se magnifican y suelen tener un componente de terror. Jerez no escapa de ellas en su pasado más reciente. A lo largo de las tres últimas décadas hemos escuchado algunas historias que corrieron como la pólvora y, por su carácter macabro, causaron el asombro general, propagando recelos y temores. Algunas de estas historias han pasado de generación en generación, incorporando en su relato ligeros cambios. Repasemos las principales leyendas urbanas y perdonen de antemano las inexactitudes, pues como buenas leyendas urbanas que son, cada persona las ha escuchado de una forma diferente. 

La sonrisa del payaso en la Feria del Caballo

Avisamos que la leyenda es muy perturbadora por si el lector prefiere abandonar este texto. Cuenta la misma que un demente salido del manicomio esperaba a la gente joven que volvía a su casa desde el recinto real, siempre de noche, la abordaba en las zonas oscuras cercanas a las vías del tren para abusar de ellas. Mientras abusaba de la víctima ponía un cuchillo en su boca; si esta hacía algún gesto o gritaba, entonces quedaba para siempre marcada con la sonrisa del payaso. Un relato terrorífico que se expandió masivamente y que mantuvo a cientos de jóvenes con el miedo en el cuerpo allá por la década de los 2000. Ni que decir tiene que los feriantes hicieron un esfuerzo extra por volver a casa acompañados de amistades o familiares. Nada era real, por supuesto; en aquellos años no se registró ningún caso con heridas similares.

 

El extraño caso del bazar chino que comerciaba con órganos humanos

 

Imagen: Pinterest

 

La siniestra historia sucedía, según relata la leyenda, en un antiguo ultramarinos chino (que ya no existe, para la tranquilidad de muchos) ubicado en la calle Veracruz, anexo a la escalerilla del Villamarta, donde hoy por hoy se encuentra un negocio de productos naturales. Contaban las malas lenguas que los propietarios de aquel bazar esperaban al último cliente para cerrar, echar la llave del local, dejarlo allí atrapado y dormirlo con cloroformo. Más tarde lo desmembraban para luego vender sus órganos a las mafias chinas. Cabe reseñar que la leyenda desprendía un tufo xenófobo, pero lo cierto es que se extendió entre la gente de edad madura, sobre todo entre vecinas y vecinos del centro de la ciudad. Ante tal historia, muchas personas dejaron de comprar en el negocio. Al poco tiempo, no se sabe si a causa de ello, el establecimiento cerró sus puertas.

El túnel de la pasión que conectaba Los Marianistas con Las Josefinas

Una imagen aérea del Centro Concertado de Enseñanza Hijas de San José. FOTO: GOOGLE

 

Contaba la leyenda urbana que existía un túnel que comunicaba el colegio de Nuestra Señora del Pilar de Jerez, popularmente llamado Los Marianistas, con el concertado que pertenece a la cooperativa de enseñanza Hijas de San José, más conocido como Las Josefinas. Según las habladurías, esa galería era frecuentemente utilizada por los sacerdotes y las monjas de sus respectivos centros para encontrarse y dar rienda suelta a sus escarceos amorosos. Lo curioso es que todo permanecía en secreto, en plan conspiración a gran escala. Durante años, estudiantes de ambos centros escolares fantasearon con parejas que jamás existieron. Una leyenda urbana, al menos, mucho más romántica que las dos anteriores.  

 

La máquina expendedora de refrescos que escondía jeringuillas infectadas de sida

 

Sí, eran los primeros años de los noventa, época en la que el sida estaba en boca de toda la sociedad. No tardó el imaginario popular en inventar una leyenda urbana al respecto. La paranoia, según cuentan, era que había una máquina de refrescos (ubicada en la salida de los cines) que se quedaba atascada cuando iba a dispensar la bebida. Entonces, al meter la mano para buscar la lata, el comprador se pinchaba con una jeringuilla infectada de sida que estaba camuflada en la bandeja receptora. Obviamente, y como todas estas leyendas, tiene su componente absurdo: no se sabe bien que motivación llevaría a alguien a hacer algo así, ni de donde salió una idea tan extravagante, lo cierto es que permaneció como una alerta frecuente en los primeros años de los noventa.

 

El hombre que regalaba caramelos rociados en droga

 

Otra gran y disparatada leyenda urbana, similar a la anterior por tener la droga como protagonista. Contaba la leyenda que había un señor que, en plan incógnito, se paseaba por la puerta de los institutos y colegios ofreciendo golosinas que estaban rociadas de cocaína y heroína. Era un chascarrillo común entre padres y madres que temían por aquel entonces al mundo de la droga, y que utilizaban para alejar a sus hijos de la puerta de los institutos para que no hicieran novillos. Obviamente era un tremendo invento. No solo porque hubiera despertado las sospechas en la comunidad educativa y de la policía, sino porque por motivos puramente económicos. La idea es absurda. Nadie va gastándose su propio dinero para propagar las adicciones entre los adolescentes. ¿Quién inventaría semejante patraña? Nadie lo sabe.

 

Los conductores suicidas de la autopista

 

Imagen: PIXABAY

 

La última de nuestras historias es, quizás, la más reciente de todas y deriva de la fiebre por el mundo del motor que trajo la película The Fast and the Furious. Contaban los más fantasiosos del lugar que algunas noches, en las autopistas que conectan Jerez con el resto de la provincia, había que tener extremo cuidado si conducíamos el coche. ¿La razón? Unos jóvenes que, retándose unos a otros, jugaban a circular en sentido contrario todo el tiempo posible y a la máxima velocidad. Una especie de ruleta rusa que hacía subir la adrenalina de estos imprudentes conductores y que formaba parte de un perverso juego suicida. La leyenda tuvo bastante pegada y, por momentos se creyó cierta, al aparecer casos de algún despistado al volante en otras latitudes. Pero no tenía nada que ver con Jerez ni sus inmediaciones, ni mucho menos con un reto entre jóvenes temerarios. 

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