Rosario Jiménez, viuda desde el 78 con seis hijos y 'jubilada' a los 88 años por la crisis: "Echo de menos atender"

La confitería Hermanos Perea de la calle Barranco, en el jerezano barrio de San Mateo, cerró sus puertas el día del estado de alarma, uno de los últimos negocios del barrio. Cuando la droga azotó la zona, "nos llevábamos con ellos y nos respetaban. No teníamos miedo", dice María José, hija mayor y alma junto a su madre del negocio toda la vida

Rosario Jiménez y su hija María José Perea, frente al histórico establecimiento.
Rosario Jiménez y su hija María José Perea, frente al histórico establecimiento. ESTEBAN

Han pasado muchos años desde 1956. Entonces fue cuando Juan Luis Perea puso en marcha su negocio en la calle Barranco, en San Mateo, a un paso del Arroyo, y a otro de la plaza Belén. Comenzó como fábrica de caramelos y obrador. Caramelos Nuestra Señora del Pilar. Aún hoy, tanto tiempo después, 65 años después, quedan estanterías del establecimiento primigenio. "Pase lo que pase con esto, ni esta ni el arco se van a cambiar", dice María José Perea, heredera del local. Lo dice junto a su madre, Rosario Jiménez, de 88 años.

Rosario dejó de atender el establecimiento en 2020, el 13 de marzo. Por entonces, con 87 años, quería seguir atendiendo, en la lucha. Este negocio es su vida. Y la de su hija. Y el de la familia. "Mi padre tenía muchos hermanos y todos emprendieron en esto. Empezaron con la canasta vendiendo frutos secos, nueces o castañas. Iban al fútbol vendiendo, por ejemplo. En el 56 abrió este y mi tío es de la confitería de calle Mesones", dice María José.

El interior de la confitería, con madre e hija en el mostrador.El interior de la confitería, con madre e hija en el mostrador.  ESTEBAN

Rosario sacó adelante el negocio con mucho esfuerzo. Rosario quedó viuda en 1978. Juan Luis Perea falleció en 1978, con 48 años. "Fue mucho trabajo. Tenía seis hijos, el negocio y había que echar valor. Había gente trabajando, pero cuando mis hijos se fueron haciendo algo más mayores me puse yo", explica. Rosario mantiene una lucidez enorme. Estuvo trabajando hasta aquel día no ya porque lo necesitara, sino porque era su vida. "Lo echo de menos. A mí no me gusta el Juan y Medio. Si acaso veo Sálvame ahora, pero yo lo que quería era estar atendiendo", dice. "Estoy acostumbrada al jaleo, la tarde se me hace larga".

En los tiempos más dulces del obrador, "se vendían mucho las milhojas, los merengues, las cuñas, las canastillas... Eran los más grandes de Jerez. Luego llegó la pastelería francesa, que es más pequeña. Y luego los niños se fueron pasando al bollycao", dice María José.

En estas décadas, han tenido que bregar con el decaimiento del barrio. Rosario recuerda cuando "esto eran casas de vecinos, estaba la barriada", dice sobre la falta de personas en esta zona del casco histórico. Además, la plaza Belén fue foco de droga y delincuencia, con la calle Rompechapines como lugar de prostitución desde los 80. "Nos llevamos con ellos. Ellos sabían hasta dónde podían ir con nosotros. Y te digo más. A mi madre la respetaban, nos tenían respeto", dice María José.

Rosario y María José.
Rosario y María José.    ESTEBAN

De hecho, explica que "por lo menos había gente, te puedo decir. Eran buenas personas en el fondo. Necesitaban azúcar en el cuerpo. Nos manejábamos con ellos. Me acuerdo de que salían de la cárcel y venían diciendo que llegaban pensando en nuestras canastillas". Sí hubo un atraco, ya entrados los años 90. 

"Llevaba una bolsa de plástico en la cabeza y creo que ni lo pensó. Mientras mi hermana cerraba, yo estaba dentro, con el dinero preparado a las tres de la tarde de un domingo de calor que nos íbamos a la playa. No tuvo ni que sacarlo de la caja, estaba en una bolsa. Yo cogí el hierro del obrador y una silla y hasta salí detrás de él. Necesitaba su dosis. Pero lo reconocimos", dice la hija. "Entró en la cárcel pero por más cosas aparte", añade la madre. "Cinco años estuvo".

Rosario, tras la reja.
Rosario, tras la reja.   ESTEBAN

Tras tantas anécdotas, aquel fatídico día de marzo de 2020 llegó el final. Quizás un hasta luego, pero parece que es el cierre lo que se viene. "Me daba miedo que mi madre tocara el dinero, o yo. Así que me dije que por esto iba a ser", y así llegó el cierre. Pero venía de antes. "Es que no hay gente en la calle. Entraba algo por los eventos".

Solo si cambia mucho la situación, abrirán de nuevo. Todo pasa por los proyectos de museo del flamenco y de Lola Flores. "Pero nos han vendido tantos proyectos estos años, que no lo sé ya. Alguna idea hay, pero ya veremos". Rosario se ve con ganas si tiene que echar una mano a su familia, como siempre ha hecho. "Pero lo que es meterme yo de nuevo", es decir, mandar, idear, no. Ya eso pasó. Y recela de las palabras. Hasta que no lo vea, no lo creerá. "A los carteles" de los muchos proyectos "se le quitan las letras de los años que se quedan puestos". Es San Mateo. Uno de los últimos negocios que quedaban abiertos. Hermanos Perea sigue con su cartel en la puerta. Pero apenas quedan algún kilo de azúcar, alguna botella. "Lo donamos a Cáritas", dice sobre lo que tenían en la tienda el día del cierre. Rosario, entre medias, tendrá que seguir con las tardes de televisión. Aunque no le guste. "No queda otra", remacha.

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