Miriam Cazalla, la bailaora de Jerez que aprendió a taconear con el silencio de un oído y el vértigo de una enfermedad
El síndrome de Ménière obligó a la artista a frenar una carrera que la había llevado de Jerez a Estados Unidos y Canarias. Tras año y medio sin poder caminar, ha recuperado los escenarios a base de rehabilitación, esfuerzo y una manera distinta de entender sus propios límites
Míriam Cazalla, la bailaora de Jerez que sigue adelante pese a sufrir el síndrome de Menière. -
Miriam Cazalla Castro tenía una vida acostumbrada al movimiento. Desde los cuatro años, el baile flamenco había marcado sus días, primero en las escuelas de Jerez y después en escenarios de distintos puntos de España, Estados Unidos y Canarias. Con poco más de 20 años ya había cruzado el Atlántico para trabajar en tablaos y había montado su propio espectáculo. Bailar significaba viajar, trabajar y decidir por sí misma. Hasta que, un día, se despertó sin oír por un oído y con un vértigo que le impedía mantener el equilibrio.
La enfermedad de Ménière apareció cuando vivía en Tenerife, donde compaginaba su proyecto artístico con el trabajo en el espectáculo de Carmen Mota. Lo que hasta entonces había sido una carrera en expansión se convirtió en una lucha por recuperar funciones tan básicas como caminar, ducharse o ir al baño sin ayuda. Durante un año y medio, la bailaora quedó prácticamente inmovilizada. A los 29 años, tuvo que aprender a convivir con un cuerpo que ya no respondía como antes.
Ahora, de vuelta en Jerez, Miriam vuelve a bailar en tablaos, bodas, fiestas privadas y espectáculos ecuestres. Ha trabajado para marcas como Chanel y ha viajado a Bruselas, Alemania y Marruecos. Su presencia sobre el escenario, sin embargo, exige una preparación distinta y una atención constante a las señales de su cuerpo. El público puede verla bailar sin sospechar las dificultades que afronta, pero cada actuación tiene detrás un esfuerzo que no siempre se escucha ni se ve.
De las escuelas de Jerez a los escenarios internacionales
La trayectoria de Miriam comenzó cuando todavía era una niña. Con cuatro años ya se había puesto a aprender flamenco en distintas escuelas de Jerez, una formación temprana que pronto encontró salida en espectáculos y apariciones en televisión. Participó en espacios como Veo Veo, además de trabajar en proyectos vinculados a Localia y Radio Guadalete. Después llegó la oportunidad de recorrer España con Chiqui de Jerez y la obra El Carmen, una etapa que amplió sus horizontes profesionales.
El recorrido continuó por distintos espectáculos y actuaciones, también en Sevilla y otras ciudades españolas. A los 22 años dio el salto a Estados Unidos, donde una pareja que tenía entonces le facilitó contactos para trabajar en varios tablaos. Allí permaneció durante tres años, una experiencia que le permitió desarrollar su carrera lejos de casa y desenvolverse en un entorno profesional distinto al que conocía.
Miriam Cazalla, bailaora con Menière, de Jerez
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MANU GARCÍA
Más tarde se instaló en Tenerife, donde levantó su propio espectáculo y lo llevó por diferentes islas del archipiélago, entre ellas La Gomera y La Palma. Su vida profesional combinaba entonces la creación de un proyecto propio con otras oportunidades laborales. También formaba parte del espectáculo de Carmen Mota. Todo parecía avanzar al ritmo que ella había elegido, hasta que su salud cambió de manera abrupta.
Un despertar que lo cambió todo
"Me levanté un día sorda de un oído, sin equilibrio y con mucho vértigo", recuerda el comienzo de una enfermedad que tardó en aceptar. Los primeros síntomas llegaron sin darle tiempo a prepararse para lo que vendría después. De repente, una bailaora acostumbrada a viajar sola y a sostenerse sobre sus pies se encontró con dificultades para orientarse, escuchar y realizar actividades cotidianas.
Míriam Cazalla y su esfuerzo por seguir practicando su vocación.
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MANU GARCÍA
El síndrome de Ménière afecta al oído interno y puede provocar pérdida de audición, acúfenos, sensación de presión y episodios de vértigo. En su caso, el oído izquierdo ha perdido por completo la audición, aunque continúa soportando un ruido persistente y una fuerte presión. El derecho conserva alrededor del 80% de capacidad auditiva en sus mejores momentos, pero esa cifra puede variar. Durante uno de los brotes más graves, llegó a quedarse con apenas un 30% de audición en ese oído.
La incertidumbre también formó parte del proceso. Cuando los médicos le explicaron qué le ocurría, Miriam se resistió a creerlo y comenzó a buscar información por todas partes, convencida de que tenía que existir otra explicación. "Yo decía que no tenía esa enfermedad, que era imposible", recuerda. La realidad terminó imponiéndose con una intensidad difícil de asumir para alguien que había construido su independencia alrededor del movimiento y del trabajo.
Año y medio sin caminar
El vértigo fue uno de los síntomas que más condicionaron su vida. Para explicar cómo se siente, Miriam recurre a una imagen muy reconocible para cualquiera que haya pasado por una feria: la olla, esa atracción que gira mientras sus ocupantes intentan mantenerse en pie. "Tú tienes que mantener el equilibrio. ¿Cómo lo mantienes? No puedes", explica. En sus episodios, la sensación de giro podía ser tan intensa que caminar se convertía en una tarea imposible.
La bailaora pasó alrededor de un año y medio en esas condiciones. Necesitaba ayuda para ducharse, hacer sus necesidades y desenvolverse en su propia casa. La dependencia chocaba de frente con la vida que había llevado hasta entonces. Desde los 21 o 22 años viajaba sola, se buscaba trabajo y organizaba su futuro profesional. En apenas unos años, tuvo que aceptar que otras personas hicieran por ella cosas que antes ni siquiera necesitaba pensar.
De Jerez a Bruselas, la bailaora con Menière que no deja de taconear a pesar de su enfermedad.
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MANU GARCÍA
"Con 29 años te paran tu vida", resume. El golpe no fue únicamente físico. La pérdida de autonomía afectó a su manera de verse a sí misma y a la relación con una profesión que exige coordinación, orientación espacial y equilibrio. En ese periodo llegó a perder el miedo a la muerte, según cuenta, ante la dureza de una situación que no sabía cómo afrontar. La enfermedad había alterado su día a día hasta el punto de obligarla a replantearse qué podía esperar de su propio cuerpo.
En aquella etapa, recuerda especialmente el apoyo de su padre y del doctor Fran Valdeón, de la clínica López Cano, junto a su equipo. La atención médica, una operación, el tratamiento y una rehabilitación exigente fueron parte del camino para recuperar la movilidad. Miriam destaca la confianza que depositaron en ella cuando volver a caminar parecía una posibilidad lejana. La recuperación no llegó de un día para otro, ni significó que los síntomas desaparecieran, pero le permitió empezar a reconstruir su vida.
Bailar cuando el oído deja de acompañar
Recuperar la capacidad de caminar no significó regresar al punto en el que estaba antes de enfermar. El baile flamenco requiere escuchar el compás, reconocer los cambios musicales y coordinar cada movimiento con los músicos. Para una bailaora con una pérdida auditiva importante y problemas de equilibrio, esa relación con la música necesita nuevas estrategias. Miriam ha tenido que entrenar su cuerpo para apoyarse en otras sensaciones, especialmente en la vibración.
La rehabilitación le ha permitido desarrollar esa percepción, que hoy utiliza como una herramienta para orientarse durante las actuaciones. Sin embargo, el esfuerzo tiene consecuencias. "Aunque todo el mundo me vea como una persona normal, para mí es mucho más difícil", explica. Puede salir al escenario con una presión intensa en los oídos y terminar con una sensación de encierro, como si estuviera dentro de una cueva.
Míriam Cazalla.
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MANU GARCÍA
Después de bailar, los zumbidos pueden aumentar y la audición se vuelve todavía más incómoda. Describe los oídos bloqueados, parecidos a los que se quedan tras un viaje en avión, junto con un eco que altera la percepción del sonido. En ocasiones, esas sensaciones duran hasta que termina el espectáculo. El trabajo no acaba cuando deja de sonar la música: también tiene que gestionar el efecto que la actuación ha dejado en su cuerpo.
Por eso, su entorno profesional conoce la situación y sabe cómo actuar cuando los síntomas se intensifican. Si nota que necesita bajar el ritmo, sus compañeros la acompañan musicalmente y le dan margen para recuperarse. Miriam puede quedarse marcando con más tranquilidad mientras los demás adaptan su interpretación. No se trata de eliminar la dificultad, sino de encontrar una manera de continuar sin que cada actuación se convierta en una prueba que deba superar a cualquier precio.
Un implante no es una solución inmediata
La posibilidad de recuperar audición mediante un implante coclear también ha aparecido en su recorrido médico. Miriam ha probado audífonos, pero no le han resultado útiles. Aunque el oído izquierdo reúne las condiciones para valorar un implante, la intervención no garantiza que la persona empiece a escuchar con normalidad desde el primer momento. Después de la operación es necesario un proceso de adaptación y rehabilitación que puede prolongarse durante un año o más.
La bailaora es consciente de ese camino y de lo que implicaría para ella. Su temor no se limita a la intervención: recuerda lo que supuso perder la movilidad y depender de otras personas durante tantos meses. La posibilidad de afrontar una recuperación prolongada vuelve a poner sobre la mesa el equilibrio entre mejorar su audición y conservar la autonomía que ha conseguido recuperar. De momento, ha decidido continuar con la rehabilitación y recurrir a otras herramientas que le ayuden a mantener el equilibrio.
Una carrera que ahora se organiza de otra manera
Miriam ha regresado a los escenarios jerezanos y trabaja actualmente en espacios como La Guarida del Ángel y Puro Arte, además de realizar actuaciones en El Pasaje. Las bodas, las fiestas privadas y los espectáculos en bodegas forman parte de una agenda que sigue creciendo, aunque ya no puede aceptar todas las propuestas que recibe. También participa en espectáculos ecuestres y ha trabajado en producciones vinculadas a marcas y eventos internacionales.
La bailaora Míriam Cazalla.
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MANU GARCÍA
Su actividad no ha desaparecido, pero ahora la organiza con más cautela. Si tiene varios pases seguidos, sabe que el esfuerzo acumulado puede disparar la presión y los ruidos en los oídos. Puede completar las actuaciones, aunque eso no significa que su cuerpo responda igual al tercer pase que al primero.
El flamenco también necesita un sueldo a fin de mes
La necesidad de dosificar el baile la ha llevado a buscar una mayor estabilidad fuera de los escenarios. Actualmente trabaja como contable en una empresa vinculada a la discapacidad que le ha dado la oportunidad de compaginar su empleo con la actividad artística. El horario le permite mantener una rutina laboral y, cuando tiene una actuación, organizarse para llegar a tiempo.
Su jefe conoce su historia y comparte su afición por el flamenco. Esa circunstancia ha facilitado que pueda salir antes en determinadas ocasiones y acudir a los compromisos profesionales que no quiere perder. Para Miriam, disponer de esa flexibilidad supone una ayuda concreta: le permite conservar el vínculo con el baile sin depender exclusivamente de unos ingresos sujetos a la cantidad de actuaciones que pueda realizar.
Míriam Cazalla bailando frente a la Catedral de Jerez.
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MANU GARCÍA
La diferencia con su vida anterior es evidente. Durante años, su carrera consistía en aceptar oportunidades, viajar y trabajar todo lo posible; pero ahora necesita que las piezas encajen de otra manera. El empleo le aporta una base de estabilidad, mientras que los escenarios siguen siendo el espacio donde desarrolla su vocación. Ninguna de las dos actividades elimina las limitaciones de la enfermedad, pero ambas le permiten mantener una vida profesional activa.
Seguir bailando, pero sin ignorar las señales
La adaptación también depende de la confianza con quienes comparten escenario con ella. Cuando aceptó la propuesta para actuar en Bruselas, explicó de antemano lo que podía ocurrir. No quería ocultar una circunstancia que afecta directamente a su trabajo, sino dar a los músicos la información necesaria para que pudieran reaccionar si llegaba un episodio de presión o vértigo. La coordinación entre ellos permitió que siguiera adelante.
Míriam Cazalla, años de rehabilitación para seguir bailando cada día.
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MANU GARCÍA
La bailaora tampoco esconde que hay actuaciones que le gustaría aceptar y que, por prudencia, termina descartando. La frustración aparece cuando las ganas de trabajar chocan con la necesidad de parar. Pero el regreso a los tablaos, los viajes y las colaboraciones demuestran que la enfermedad no ha borrado su trayectoria, aunque sí haya obligado a transformarla.
Miriam Cazalla ahora calcula los esfuerzos, escucha las señales de su cuerpo y se apoya en quienes conocen sus dificultades. Cuando sale a bailar, el público ve flamenco; lo que no siempre percibe es todo el trabajo que hace falta para que la música siga encontrándola sobre el escenario.
Miriam Cazalla Castro tenía una vida acostumbrada al movimiento. Desde los cuatro años, el baile flamenco había marcado sus días, primero en las escuelas de Jerez y después en escenarios de distintos puntos de España, Estados Unidos y Canarias. Con poco más de 20 años ya había cruzado el Atlántico para trabajar en tablaos y había montado su propio espectáculo. Bailar significaba viajar, trabajar y decidir por sí misma. Hasta que, un día, se despertó sin oír por un oído y con un vértigo que le impedía mantener el equilibrio.
La enfermedad de Ménière apareció cuando vivía en Tenerife, donde compaginaba su proyecto artístico con el trabajo en el espectáculo de Carmen Mota. Lo que hasta entonces había sido una carrera en expansión se convirtió en una lucha por recuperar funciones tan básicas como caminar, ducharse o ir al baño sin ayuda. Durante un año y medio, la bailaora quedó prácticamente inmovilizada. A los 29 años, tuvo que aprender a convivir con un cuerpo que ya no respondía como antes.
Ahora, de vuelta en Jerez, Miriam vuelve a bailar en tablaos, bodas, fiestas privadas y espectáculos ecuestres. Ha trabajado para marcas como Chanel y ha viajado a Bruselas, Alemania y Marruecos. Su presencia sobre el escenario, sin embargo, exige una preparación distinta y una atención constante a las señales de su cuerpo. El público puede verla bailar sin sospechar las dificultades que afronta, pero cada actuación tiene detrás un esfuerzo que no siempre se escucha ni se ve.
De las escuelas de Jerez a los escenarios internacionales
La trayectoria de Miriam comenzó cuando todavía era una niña. Con cuatro años ya se había puesto a aprender flamenco en distintas escuelas de Jerez, una formación temprana que pronto encontró salida en espectáculos y apariciones en televisión. Participó en espacios como Veo Veo, además de trabajar en proyectos vinculados a Localia y Radio Guadalete. Después llegó la oportunidad de recorrer España con Chiqui de Jerez y la obra El Carmen, una etapa que amplió sus horizontes profesionales.
El recorrido continuó por distintos espectáculos y actuaciones, también en Sevilla y otras ciudades españolas. A los 22 años dio el salto a Estados Unidos, donde una pareja que tenía entonces le facilitó contactos para trabajar en varios tablaos. Allí permaneció durante tres años, una experiencia que le permitió desarrollar su carrera lejos de casa y desenvolverse en un entorno profesional distinto al que conocía.
Miriam Cazalla, bailaora con Menière, de Jerez
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MANU GARCÍA
Más tarde se instaló en Tenerife, donde levantó su propio espectáculo y lo llevó por diferentes islas del archipiélago, entre ellas La Gomera y La Palma. Su vida profesional combinaba entonces la creación de un proyecto propio con otras oportunidades laborales. También formaba parte del espectáculo de Carmen Mota. Todo parecía avanzar al ritmo que ella había elegido, hasta que su salud cambió de manera abrupta.
Un despertar que lo cambió todo
"Me levanté un día sorda de un oído, sin equilibrio y con mucho vértigo", recuerda el comienzo de una enfermedad que tardó en aceptar. Los primeros síntomas llegaron sin darle tiempo a prepararse para lo que vendría después. De repente, una bailaora acostumbrada a viajar sola y a sostenerse sobre sus pies se encontró con dificultades para orientarse, escuchar y realizar actividades cotidianas.
Míriam Cazalla y su esfuerzo por seguir practicando su vocación.
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MANU GARCÍA
El síndrome de Ménière afecta al oído interno y puede provocar pérdida de audición, acúfenos, sensación de presión y episodios de vértigo. En su caso, el oído izquierdo ha perdido por completo la audición, aunque continúa soportando un ruido persistente y una fuerte presión. El derecho conserva alrededor del 80% de capacidad auditiva en sus mejores momentos, pero esa cifra puede variar. Durante uno de los brotes más graves, llegó a quedarse con apenas un 30% de audición en ese oído.
La incertidumbre también formó parte del proceso. Cuando los médicos le explicaron qué le ocurría, Miriam se resistió a creerlo y comenzó a buscar información por todas partes, convencida de que tenía que existir otra explicación. "Yo decía que no tenía esa enfermedad, que era imposible", recuerda. La realidad terminó imponiéndose con una intensidad difícil de asumir para alguien que había construido su independencia alrededor del movimiento y del trabajo.
Año y medio sin caminar
El vértigo fue uno de los síntomas que más condicionaron su vida. Para explicar cómo se siente, Miriam recurre a una imagen muy reconocible para cualquiera que haya pasado por una feria: la olla, esa atracción que gira mientras sus ocupantes intentan mantenerse en pie. "Tú tienes que mantener el equilibrio. ¿Cómo lo mantienes? No puedes", explica. En sus episodios, la sensación de giro podía ser tan intensa que caminar se convertía en una tarea imposible.
La bailaora pasó alrededor de un año y medio en esas condiciones. Necesitaba ayuda para ducharse, hacer sus necesidades y desenvolverse en su propia casa. La dependencia chocaba de frente con la vida que había llevado hasta entonces. Desde los 21 o 22 años viajaba sola, se buscaba trabajo y organizaba su futuro profesional. En apenas unos años, tuvo que aceptar que otras personas hicieran por ella cosas que antes ni siquiera necesitaba pensar.
De Jerez a Bruselas, la bailaora con Menière que no deja de taconear a pesar de su enfermedad.
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MANU GARCÍA
"Con 29 años te paran tu vida", resume. El golpe no fue únicamente físico. La pérdida de autonomía afectó a su manera de verse a sí misma y a la relación con una profesión que exige coordinación, orientación espacial y equilibrio. En ese periodo llegó a perder el miedo a la muerte, según cuenta, ante la dureza de una situación que no sabía cómo afrontar. La enfermedad había alterado su día a día hasta el punto de obligarla a replantearse qué podía esperar de su propio cuerpo.
En aquella etapa, recuerda especialmente el apoyo de su padre y del doctor Fran Valdeón, de la clínica López Cano, junto a su equipo. La atención médica, una operación, el tratamiento y una rehabilitación exigente fueron parte del camino para recuperar la movilidad. Miriam destaca la confianza que depositaron en ella cuando volver a caminar parecía una posibilidad lejana. La recuperación no llegó de un día para otro, ni significó que los síntomas desaparecieran, pero le permitió empezar a reconstruir su vida.
Bailar cuando el oído deja de acompañar
Recuperar la capacidad de caminar no significó regresar al punto en el que estaba antes de enfermar. El baile flamenco requiere escuchar el compás, reconocer los cambios musicales y coordinar cada movimiento con los músicos. Para una bailaora con una pérdida auditiva importante y problemas de equilibrio, esa relación con la música necesita nuevas estrategias. Miriam ha tenido que entrenar su cuerpo para apoyarse en otras sensaciones, especialmente en la vibración.
La rehabilitación le ha permitido desarrollar esa percepción, que hoy utiliza como una herramienta para orientarse durante las actuaciones. Sin embargo, el esfuerzo tiene consecuencias. "Aunque todo el mundo me vea como una persona normal, para mí es mucho más difícil", explica. Puede salir al escenario con una presión intensa en los oídos y terminar con una sensación de encierro, como si estuviera dentro de una cueva.
Míriam Cazalla.
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MANU GARCÍA
Después de bailar, los zumbidos pueden aumentar y la audición se vuelve todavía más incómoda. Describe los oídos bloqueados, parecidos a los que se quedan tras un viaje en avión, junto con un eco que altera la percepción del sonido. En ocasiones, esas sensaciones duran hasta que termina el espectáculo. El trabajo no acaba cuando deja de sonar la música: también tiene que gestionar el efecto que la actuación ha dejado en su cuerpo.
Por eso, su entorno profesional conoce la situación y sabe cómo actuar cuando los síntomas se intensifican. Si nota que necesita bajar el ritmo, sus compañeros la acompañan musicalmente y le dan margen para recuperarse. Miriam puede quedarse marcando con más tranquilidad mientras los demás adaptan su interpretación. No se trata de eliminar la dificultad, sino de encontrar una manera de continuar sin que cada actuación se convierta en una prueba que deba superar a cualquier precio.
Un implante no es una solución inmediata
La posibilidad de recuperar audición mediante un implante coclear también ha aparecido en su recorrido médico. Miriam ha probado audífonos, pero no le han resultado útiles. Aunque el oído izquierdo reúne las condiciones para valorar un implante, la intervención no garantiza que la persona empiece a escuchar con normalidad desde el primer momento. Después de la operación es necesario un proceso de adaptación y rehabilitación que puede prolongarse durante un año o más.
La bailaora es consciente de ese camino y de lo que implicaría para ella. Su temor no se limita a la intervención: recuerda lo que supuso perder la movilidad y depender de otras personas durante tantos meses. La posibilidad de afrontar una recuperación prolongada vuelve a poner sobre la mesa el equilibrio entre mejorar su audición y conservar la autonomía que ha conseguido recuperar. De momento, ha decidido continuar con la rehabilitación y recurrir a otras herramientas que le ayuden a mantener el equilibrio.
Una carrera que ahora se organiza de otra manera
Miriam ha regresado a los escenarios jerezanos y trabaja actualmente en espacios como La Guarida del Ángel y Puro Arte, además de realizar actuaciones en El Pasaje. Las bodas, las fiestas privadas y los espectáculos en bodegas forman parte de una agenda que sigue creciendo, aunque ya no puede aceptar todas las propuestas que recibe. También participa en espectáculos ecuestres y ha trabajado en producciones vinculadas a marcas y eventos internacionales.
La bailaora Míriam Cazalla.
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MANU GARCÍA
Su actividad no ha desaparecido, pero ahora la organiza con más cautela. Si tiene varios pases seguidos, sabe que el esfuerzo acumulado puede disparar la presión y los ruidos en los oídos. Puede completar las actuaciones, aunque eso no significa que su cuerpo responda igual al tercer pase que al primero.
El flamenco también necesita un sueldo a fin de mes
La necesidad de dosificar el baile la ha llevado a buscar una mayor estabilidad fuera de los escenarios. Actualmente trabaja como contable en una empresa vinculada a la discapacidad que le ha dado la oportunidad de compaginar su empleo con la actividad artística. El horario le permite mantener una rutina laboral y, cuando tiene una actuación, organizarse para llegar a tiempo.
Su jefe conoce su historia y comparte su afición por el flamenco. Esa circunstancia ha facilitado que pueda salir antes en determinadas ocasiones y acudir a los compromisos profesionales que no quiere perder. Para Miriam, disponer de esa flexibilidad supone una ayuda concreta: le permite conservar el vínculo con el baile sin depender exclusivamente de unos ingresos sujetos a la cantidad de actuaciones que pueda realizar.
Míriam Cazalla bailando frente a la Catedral de Jerez.
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MANU GARCÍA
La diferencia con su vida anterior es evidente. Durante años, su carrera consistía en aceptar oportunidades, viajar y trabajar todo lo posible; pero ahora necesita que las piezas encajen de otra manera. El empleo le aporta una base de estabilidad, mientras que los escenarios siguen siendo el espacio donde desarrolla su vocación. Ninguna de las dos actividades elimina las limitaciones de la enfermedad, pero ambas le permiten mantener una vida profesional activa.
Seguir bailando, pero sin ignorar las señales
La adaptación también depende de la confianza con quienes comparten escenario con ella. Cuando aceptó la propuesta para actuar en Bruselas, explicó de antemano lo que podía ocurrir. No quería ocultar una circunstancia que afecta directamente a su trabajo, sino dar a los músicos la información necesaria para que pudieran reaccionar si llegaba un episodio de presión o vértigo. La coordinación entre ellos permitió que siguiera adelante.
Míriam Cazalla, años de rehabilitación para seguir bailando cada día.
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MANU GARCÍA
La bailaora tampoco esconde que hay actuaciones que le gustaría aceptar y que, por prudencia, termina descartando. La frustración aparece cuando las ganas de trabajar chocan con la necesidad de parar. Pero el regreso a los tablaos, los viajes y las colaboraciones demuestran que la enfermedad no ha borrado su trayectoria, aunque sí haya obligado a transformarla.
Miriam Cazalla ahora calcula los esfuerzos, escucha las señales de su cuerpo y se apoya en quienes conocen sus dificultades. Cuando sale a bailar, el público ve flamenco; lo que no siempre percibe es todo el trabajo que hace falta para que la música siga encontrándola sobre el escenario.
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