La mano a la que se agarran los 'invisibles'

La asociación Toma mi mano, creada en 2017 por varios vecinos de Jerez, recorre las calles de la ciudad cada domingo para dar de comer a personas sin hogar y con pocos recursos

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“Me ha mordido la pobreza, me ha mordido el hambre, me ha mordido la burocracia; Creías que nunca podría ocurrir y, de pronto, te pasa a ti”. De la obra Ahora todo es noche, de La Zaranda.

Están ahí, aunque no se les preste atención. Al otro lado del muro imaginario que separa a las personas con pocos recursos que están en la calle durmiendo, pidiendo o haciendo cola en un comedor social, de quienes pasan por su lado día tras día. Martín decidió derribar ese muro, por su necesidad vital de ayudar a quien no tiene recursos. Así ha conocido a Ricardo, Antonio, Manuel, Benjamín y varias decenas de nombres más que forman parte del club de los invisibles, los desheredados que pululan por las calles de Jerez.

Mientras hay quien apura las últimas horas del año preparando la cena de Nochevieja, el ajetreo en casa de Martín Pruaño tiene otros motivos. Aquí también se prepara comida, aunque no se la comerá él, ni ningún miembro de su familia. En la cocina de su casa también están Luis, Lorena y Marina, voluntarios de la asociación Toma mi mano, que reparte alimentos entre personas necesitadas de la ciudad. Pero no solo eso, también ropa y objetos que les donan, como una bicicleta que espera encontrar un dueño pronto y que, de momento, guarda Martín en su patio.

Es domingo, día de reparto, y la faena empieza sobre las cinco y media de la tarde, una hora y media antes de patrullar las calles de la ciudad. Esta semana le toca al presidente de la asociación, Pruaño, ceder su casa para preparar las bolsas de comida que luego repartirán a los usuarios que se acerquen a los ‘paradas’ donde desarrollan su labor los voluntarios. Martín, Lorena, Luis y Marina tienen los guantes puestos, y mientras el primero prepara el caldo que luego verterá en varios termos, para que se conserve caliente, así como café y cacao en polvo, a elegir; los dos últimos hacen bocadillos —de salchichón o de chopped de pavo— y los meten junto a una pieza de fruta, un zumo y una magdalena en sendas bolsas de plástico. Unas 30 preparan.

Martín, preparando la comida que luego repartirán por las calles de Jerez. FOTO: JUAN CARLOS TORO

“Me gustaría no tener que salir, pero mientras haya gente en la calle tengo que seguir”, dice Martín, impulsor de la asociación. Este pastelero, que cuenta que siempre quiso ayudar en algún voluntariado, señala que “necesitaba hacer algo para sentirme bien”. Por eso un día preguntó en un grupo de Facebook si había alguna asociación que diera de comer a personas sin hogar o con pocos recursos en Jerez. Cruz Roja y los Salesianos, le contestaron. A raíz de ahí crearon otro grupo en el que participaron unas 180 personas. Quedaron un día y se presentaron una decena, las suficientes para comenzar a rodar.

Los inicios fueron duros. Hubo entradas y salidas, pero hay quien se mantiene desde casi los inicios. Como Lorena Carpio, una joven trabajadora social que se decidió por Toma mi mano para ejercer como voluntaria. “Vi varios sitios y a ellos les hacía más falta”, cuenta, por eso empezó a colaborar con esta asociación de reciente creación, que vio la luz a principios de 2017, y de la que ahora es su secretaria. “Probé y me encantó”, confiesa, porque “es muy gratificante ayudar a los demás”. Los usuarios, dice, agradecen su labor “a través de un gesto o de algunas palabras, y hacen que quieras repetir”.

Me gustaría no tener que salir, pero mientras haya gente en la calle tengo que seguir”, dice Martín Pruaño, impulsor de la asociación

Para Lorena es impensable que “un domingo no salgamos o pensar que alguien no va a cenar… no podría quedarme en casa”. Ella es quien se encarga de repartir las tareas durante la semana, ya que hay que recoger las donaciones que hacen empresas o particulares y, llegado el caso, comprar los alimentos que les faltan para completar la treintena de bolsas, que costean con las cuotas de los socios. “Hay semanas que sobra comida”, cuenta Lorena, “pero luego piensas que ojalá sea porque nuestros usuarios habituales ya hayan cenado y no nos hayan necesitado”.

La noche es fría. El termómetro del coche marca unos doce grados y el viento que sopla hace que la sensación térmica sea aún menor cuando los cuatro miembros de la asociación cargan el vehículo particular de Martín, tras lo que se ponen los chalecos reflectantes, de color naranja, que usan para que los usuarios puedan identificarlos. La primera parada es la iglesia de Santo Domingo, donde visitan a Isabel, una mujer de avanzada edad que suela pedir limosna por la zona. Pero este frío domingo no está por ningún lado, seguramente se haya refugiado de las bajas temperaturas, por lo que continúa la ruta hasta el Mamelón, dónde aparece Ricardo.

Marina, Martín, Luis y Lorena, antes de empezar la ruta. FOTO: JUAN CARLOS TORO

“Os voy a contar mi historia, que la pluma puede más que la espada”, dice enérgico, antes de relatar que hace un año que salió de la cárcel —“por robar, yo nunca he hecho daño a nadie”—, momento desde el que se encuentra sin trabajo. Con apenas doce años empezó a coquetear con las drogas, que fueron consumiéndole —“pero no tengo ni una enfermedad”, dice—, aunque ahora ya no lo hace. “El alcoholismo, la ludopatía y la toxicomanía son enfermedades”, se queja, “pero la gente te pone el sello y es complicado remontar”. Ricardo ha trabajado en bodegas, dejó a medias la carrera de Ingeniería Industrial y también ha ejercido como cocinero y responsable de mantenimiento en las prisiones en las que ha estado.

“Tengo catorce años cotizados, doce de ellos en un laboratorio”, cuenta mientras se toma un café y coge la bolsa que le ofrecen los voluntarios de Toma mi mano, a los que conoció hace un par de semanas. “Soy itinerante por la zona”, señala, y admite que vive cerca —“ahora estoy bajo techo”—, aunque alguna noche sí que ha pasado a la intemperie. “Hay muchos sitios para dormir, una obra, un garaje…”, enumera. “Soy golfo, pero no tonto”, dice esbozando una sonrisa, antes de emprender la marcha, con un cigarro en una mano y con los alimentos que ha recogido en la otra.

El frío y el hecho de que la comitiva vaya con unos minutos de retraso, hace que algunas de las paradas previstas en la ruta no tengan usuarios. Sí hay, en torno a una decena, en la Alameda Vieja. El coche de Martín abre el maletero y el olor a café inunda la zona. Pronto se acercan algunas personas que, en la mayoría de los casos, prefieren no aparecer en el reportaje. “Mi familia no lo sabe”, dice un hombre de mediana edad. “Mis hijos viven en Barcelona y no saben que estoy de okupa”, añade otro. “Como se entere mi hija me mata”, señala un tercero.

La asociación Toma mi mano, dando comida a persona sin recursos en la Alameda Vieja. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Antonio no tiene ese problema y contesta a las preguntas que se le hacen. A sus 61 años, y después de 33 años trabajando y cotizando, no tiene ingresos ni prestación alguna porque se le olvidó sellar el paro y tiene que esperar unos meses para poder cobrar una ayuda. Hace cinco años que no tiene empleo. Antes, durante la mayor parte de su vida, fue ganadero y domador de caballos. “Tenía doce años cuando empecé”, relata, “pero con la edad que tiene uno no lo admiten ya en ninguna parte”. “Habrá que buscarse el potaje”, sentencia. Y eso hace.

Hay días que algún amigo le presta su coche de caballos para que se saque entre 20 y 30 euros, “para pagar las cosas de la casa”. Cuando no tiene esa ayuda, acude a comedores sociales o a la Cruz Roja, además de contar con la ayuda de Toma mi mano. Está, como dice él, “como el correcaminos”, de un lado para otro, intentando reunir lo suficiente para pagar gastos de luz y agua, y si le queda algo, para comer. “¿Para qué me ha servido la cotización?”, se pregunta Antonio, “para nada”, responde él mismo, aunque confiesa que ya no piensa en eso y se centra en sobrevivir, en el día a día, esperando que llegue el momento de su jubilación, “aunque la cosa se está poniendo chunga para cobrar…”, apunta.

Antonio tiene 61 años y ha trabajado durante 33 años : "¿Para qué me ha servido la cotización? Para nada"

Manuel está a pocos metros de Antonio, tomando un café. Cuenta que es usuario de estos servicios porque hace unos meses que se quedó huérfano, y la pensión de orfandad que cobra, de unos 450 euros, no le da para sobrevivir. Por eso también vende productos de segunda mano en el rastro de la Alameda Vieja. “Hoy he sacado 21 euros”, dice, esbozando una sonrisa, dejando ver que ha habido recaudaciones peores. Manuel cuidaba a su padre hasta hace unos meses, cuando falleció, pero ahora no puede trabajar. Hace poco que lo operaron de un cáncer de vejiga y orina a través de una sonda, lo que le resta movilidad, y posibilidades de encontrar un empleo. Al menos, dice, duerme bajo techo. Una vez que paga la cuota mensual de Unicef y la de la funeraria le quedan poco más de 400 euros para comer y costear gastos de la casa.

Cuando los voluntarios de Toma mi mano llegan a una de sus últimas paradas, en la plaza de Las Angustias, se escucha de lejos una canción de Juan Moneo, El Torta, que viene escuchando en el móvil un usuario, que no quiere aparecer en el reportaje. Es alto, delgado como un fideo, y viste ropa deportiva que le han donado. “Estos zapatos me están matando, tengo los pies heridos”, cuenta, por lo que pide a Martín que le busque un calzado de su talla, el número 43, para la próxima semana, si es posible. También se lleva una bufanda y un abrigo, en previsión de la fría noche que tendrá que pasar durmiendo al raso.

Luis, de Toma mi mano, da un café a Antonio, uno de los usuarios de la asociación. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Luego llega Antonio, que toma un poco de caldo y se aparta del grupo de voluntarios. Habla bajito, quizás avergonzado, y cuenta que lleva poco más de un año en Jerez. Por su acento se deduce que proviene del norte de España, aunque no desvela de dónde. El boca a boca hizo que se enterara de la labor que desarrolla la asociación Toma mi mano, que le da de cenar. Hasta el mes de febrero no le toca cobrar subsidio y, aunque lo ha intentado de todas las maneras posibles, no encuentra trabajo. De hecho, no ha tenido desde que reside en la ciudad, a pesar de su experiencia en hostelería y en la venta de cara al público. “La línea entre la pobreza y la supervivencia es muy delgada”, señala, poniéndose como ejemplo. Él dice que, al menos, tiene una vivienda en la que quedarse —“peor es el albergue”—. Hace poco le robaron el móvil y no puede comprarse otro. Tendrá que esperar a recibir algún ingreso.

Lorena Carpio, que es de las voluntarias más veteranas, cuenta que vivir estas situaciones de cerca “te hace ver lo importante que son las redes y la familia, pero hay gente que no puede recurrir a ellas”. Ella misma, confiesa, tenía una idea equivocada de las personas que viven o piden en la calle. “Muchos dicen que están porque quieren, pero nadie está a gusto durmiendo en la calle, y hay de todo: padres de familia separados, desempleados, gente que tiene pequeñas pensiones o los que no tienen nada…”, relata. El presidente de Toma mi mano, Martín Pruaño, habla orgulloso de las personas que ayudan a que la organización siga adelante. “Hay quien nos pregunta si nos lucramos, y les digo que sí, que nos lucramos al sentirnos bien, al llegar a casa, acostarnos y sentirnos a gusto porque hemos ayudado a personas que estaban pasando necesidad”.

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