“Este sitio nos trae muchos recuerdos”, dice Esther Hidalgo, trabajadora de ayuda a domicilio en Jerez y presidenta del comité de empresa, al pasar por la puerta del Ayuntamiento. Allí, en 2012, estuvieron acampadas durante más de 90 días para pedir el cobro de sus nóminas. Hasta seis, y una paga extra, llegó a adeudarle la anterior concesionaria, Acasa, que dejó el servicio en octubre de 2013 con un sinfín de manifestaciones y protestas a sus espaldas por los impagos e incumplimientos. “Lo peor fue el sufrimiento de las compañeras, la impotencia, muchas familias monoparentales no tenían para comer”, cuenta Esther, que añade: “Es una humillación para una persona que trabaja tener que estar pidiendo”.

Ella no olvida la frase que le escuchó a una de sus compañeras durante la acampada: “Sus niños le dijeron que se le había olvidado comprar las galletitas y el zumo”. Cuando dice esto no puede evitar que se le salten las lágrimas. A su compañera Carmen Mariscal, que está a su lado, también. Entre ambas llevan a sus espaldas casi 40 años de trabajo en la ayuda a domicilio, 21 la primera y 18 la segunda. Con sus casos quieren dar voz a un colectivo que vuelve a ser noticias desde hace unas semanas.

En octubre finaliza el contrato de la UTE que forman Macrosad e Ingesan (grupo OHL), que gestiona el servicio, e IU ha abierto el debate sobre la conveniencia de municipalizar la ayuda a domicilio. Finalmente, tras amenazar con romper el acuerdo de investidura si no se gestionaba directamente, se hará. La idea es prorrogar el contrato un año más a esta empresa o a otra para tener margen para negociar con la Junta, que es quien paga el servicio y en estos momentos lo hace con un retraso de unos seis meses de media. "Se va a intentar que se anticipe el dinero alcanzando algún acuerdo que evite ese desfase en tesorería que pueda costar algún retraso”, señala el teniente de alcaldesa de Economía, Santiago Galván, en declaraciones a lavozdelsur.es, donde asegura que hay informes municipales que tasan el ahorro anual en 700.000 euros en caso de municipalización.

Su trabajo, cuentan las trabajadoras, es muy físico. De hecho no dudan en afirmar que tienen la espalda “hecha polvo”. Esther, además, sufrió un percance hace poco. “Se me han desplazado tres discos del cuello”, explica, al agarrar a un paciente que se resbaló para evitar que se cayera. “En las casas a las que vamos no hay grúa, ni baños adaptados…”, señala, de ahí las dificultades con las que se encuentran a menudo. Por eso no duda en afirmar que “la ley de dependencia en Jerez la mantenemos las trabajadoras”. Ellas son el penúltimo eslabón de una cadena que acaba en los beneficiarios, que esperan pacientes que les concedan unas horas al día –que varía en función de su grado de autonomía– para que puedan ser atendidos. “Una señora a la que atiendo lleva un año esperando que le apliquen la media hora más que le aprobaron”, cuenta Carmen, que añade: “Mi madre y mi suegra se murieron y no se las aplicaron”.

“Para las multinacionales somos números, solo les preocupa hacer rentable el servicio, sea como sea”, sostiene Esther Hidalgo, que cree que el trabajo que realizan “no está reconocido ni valorado”. Ahora, asegura, piden “darle tranquilidad" a sus vidas. Lo dice la representante de un grupo de mujeres –de las 384 trabajadoras de la ayuda a domicilio apenas una decena son hombres– que sabe lo que es pelear por sus derechos. Y que no deja de hacerlo. Cuando termina la entrevista sale corriendo, tiene que ir a los sindicatos a poner varias reclamaciones. Porque ahora están cobrando, pero no todo es “tan bonito como lo pintan”.

La concesionaria, dicen, también está incurriendo en incumplimientos, por ejemplo a la hora de gestionar las bajas por accidente, que no se cubren. “Los ingresos hospitalarios se deben cobrar al 100% y hemos tenido que ir a los tribunales”, apuntan. Mientras, siguen trabajando, como hacían cuando mantuvieron el encierro durante más de tres meses. “Los días de lluvia eran lo peor”, dice Carmen Mariscal, que cuenta: “Estuve cuatro noches sin meterme en una cama porque coincidió que mi madre estaba en el hospital e iba de allí a la acampada”. Ahora parece que podrán dormir algo más tranquilas.

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