Cáritas El Portal, la casa de más de 40 realojados por la crecida del Guadalete: "Aún pago el préstamo de la última inundación"

Desde este centro de acogida en la barriada rural, los afectados cuentan a lavozdelsur.es el miedo, los nervios y la incertidumbre de las horas más delicadas en la ribera del río Guadalete

Isabel Lara en la habitación donde duerme con el resto de personas desalojadas.
Isabel Lara en la habitación donde duerme con el resto de personas desalojadas. MANU GARCÍA
05 de febrero de 2026 a las 19:33h

La crecida del río Guadalete mantiene en alerta a los núcleos rurales de Jerez. Más de 200 vecinos han tenido que abandonar temporalmente sus viviendas ante el riesgo de inundaciones, mientras el cauce del río sigue en nivel rojo, con una altura media de 6,54 metros y un caudal de 1.057,22 metros cúbicos por segundo a las 18 horas, según la red Hidrosur, que monitoriza las aguas embalsadas y los ríos de Andalucía.

Aunque el entorno urbano de la ciudad ha recuperado cierta normalidad, los desalojos y las restricciones se mantienen en zonas rurales, donde las viviendas están parcial o totalmente inundadas. Los núcleos más afectados incluyen Las Pachecas, El Portal, La Ina, La Greduela, Lomopardo, Cejos del Inglés o La Corta. En total, más de 200 personas han sido realojadas en espacios habilitados: 36 en el albergue Interjoven, 27 en el hotel Ibis, 44 en Cáritas El Portal, 41 en el Palacio de Deportes de Chapín, 47 en el albergue municipal y 32 en el Hogar San Juan. Otros vecinos desalojadas permanecen en casas de familiares o amigos.

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Pepi Romero encargada del centro y vecina de la barriada.   MANU GARCÍA

Cáritas El Portal, la casa de más de 40 realojados

En el edificio de Cáritas El Portal, convertido desde hace días en alojamiento improvisado, el ambiente es de nervios contenidos. No hay gritos ni escenas de pánico, pero sí preocupación constante. La capacidad está prácticamente al límite. "Tenemos sitio para unas 44 personas, como mucho 48, y ya no podemos acoger a más", explica Pepi Romero a lavozdelsur.es, encargada del centro y vecina de la barriada. La posibilidad de que sigan llegando desalojados inquieta tanto como la propia crecida del río.

Desde allí se coordina buena parte de la ayuda. Quien no puede quedarse en El Portal es derivado a Jerez. "La gente puede irse a otros recursos, aquí ya no cabemos más", insiste. Lo que sí se mantiene es una red de apoyo que va más allá del alojamiento. Cocinar, limpiar, acompañar, escuchar. "No es lo mismo estar en una camilla esperando, que estar aquí, hablando, desahogándote. Esto sigue siendo comunidad".

Muchas de las personas realojadas se conocen desde hace años. Son vecinos, familiares, amigos. Comparten historias de inundaciones pasadas, comparan niveles del agua, recuerdan fechas. "Hemos vivido riadas, pero no así", comenta Pepi. "El río está haciendo cosas muy raras", añade, con cierta preocupación y conteniendo las lágrimas por la situación.

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Pablo Sombrona junto a su perro.  MANU GARCÍA
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Ana Romero despues de atender a lavozdelsur.es.  MANU GARCÍA

El miedo que no se ve

Entre los desalojados hay personas mayores, familias con niños, jóvenes que nunca habían vivido una situación similar. Kuki, que se llama Carmen Mediana García, tiene 72 años y asegura que recuerda al menos seis inundaciones anteriores. Aun así, esta se le ha hecho especialmente cuesta arriba. "Los nervios no se los quita nadie a una", dice a este medio, con la voz tomada por el cansancio. "La primera noche fue muy mala. Luego se va pasando, pero el miedo sigue ahí".

A su alrededor hay niños correteando por los pasillos. Ella los observa con ternura. "Se portan bien. Aquí todos nos conocemos y nos cuidamos unos a otros". Agradece el trato recibido y repite que no les falta de nada. "Por parte de Cáritas, de la Guardia Civil, de Cruz Roja… todo está funcionando bien y nos están comunicando las cosas de manera eficaz".

El problema no es solo el presente, sino la incertidumbre. Nadie sabe cuánto durará esta situación ni qué ocurrirá cuando puedan volver a casa. "Que no nos pase nada", resume Kuki. Esa es la prioridad.

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Dos niños jugando al airjockey en la sede de Cáritas.   MANU GARCÍA

Jóvenes mirando el río

Para quienes tienen menos de veinte años, como Pablo Sombrona, la experiencia está siendo distinta, pero no menos intensa. Con 19 años, ha pasado su primera noche fuera de casa prácticamente sin dormir. "Me acosté a las tres o las cuatro de la mañana y me desperté varias veces", cuenta. Su vivienda está justo frente al río, en una de las zonas con mayor riesgo tanto de inundación como de incomunicación.

Durante el día baja siempre que puede para informarse, recoger cosas o comprobar el nivel del agua. En el momento de hablar con lavozdelsur.es, lo hace cargado de cosas para su perro y ropa que todavía podían recoger de su casa. El móvil se ha convertido en su principal herramienta. "Voy mirando las noticias, los datos del río, lo que puedo". La policía avisó puerta por puerta. "Nos dijeron que nos fuéramos por prevención, y la verdad es que lo hicieron bien". "Mi familia también está allí. Aunque no me entre a mí el agua, si les entra a ellos, es el mismo dolor", añade.

Cansancio y enfado acumulado

Entre los realojados hay también perfiles muy críticos con la gestión política de las inundaciones. Amado Valentí Amaya, que lleva dos décadas viviendo en la zona, habla de un problema estructural. "Esto pasa cada dos por tres. Falta prevención porque no se actúa hasta que ocurre el desastre y luego viene la foto". Su relato es duro. Cuenta cómo perdió el coche, cómo fue arrastrado por el agua de madrugada, cómo desapareció su caravana. "Eso es lo de menos", insiste. Lo que más le impactó fue ver familias con niños en plena riada y medios insuficientes para una emergencia de ese calibre. "No puedes venir sin recursos preparados".

Aunque cuenta que tiene trayectoria política, habla ahora como vecino afectado. "Aquí quien paga es una zona marginada, mal preparada para absorber lluvias cada vez más intensas". Percibe a la gente "acostumbrada y desengañada". Y, sobre todo, temerosa.

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Una realojada en los pasillos de Cáritas.  MANU GARCÍA

Vigilar la casa, aunque no sea seguro

El miedo a los robos aparece una y otra vez en las conversaciones. José Antonio Ramiro Rodríguez lo expresa con claridad a lavozdelsur.es. "Hay familias que han decidido quedarse o vigilar sus casas porque se sienten indefensas". El agua preocupa, pero también la posibilidad de que alguien aproveche la situación como ha ocurrido en Las Pachecas.

Aunque la Guardia Civil patrulla la zona, no todos confían en dejar sus viviendas vacías. "Hay quien prefiere ocultarse y proteger lo suyo", explica. Él mismo habla de incertidumbre constante. "No sabes qué va a pasar. Más allá de lo material, lo que asusta es el daño personal". 

Raquel Rodríguez Romero llegó a Cáritas con su madre, sus hijos, su marido y hasta el perro. Su casa no se ha inundado, pero queda aislada cuando sube el agua. "Esto es preventivo. Si me quedo incomunicada, no puedo hacer nada". Prefiere estar acompañada.

Desde que llegaron, colaboran en todo lo que hace falta. Cocina, limpieza, organización. "Cada uno hace lo que puede. También sirve para no pensar tanto". La comunicación con las autoridades, asegura, ha sido constante. "Están pendientes de todo. Si necesitamos algo, vienen".

Algo similar vive Ana Romero, hermana de Pepi. Decidió no volver a bajar los muebles cuando les dieron opción de regresar temporalmente la semana pasada. "¿Para qué?", se pregunta. Vive cerca del puente y, aunque el agua aún no ha entrado, el miedo es constante. "Estoy atacada. Tengo problemas de salud y los nervios se notan". Aun así, agradece estar rodeada de vecinos. "Aquí somos como familia".

El peso de volver a empezar

Entre todas las historias, hay una que resume el desgaste emocional de las inundaciones repetidas. Isabel Lara vive en una calle próxima a la Venta El Pollo. Su casa no se ha inundado, pero sabe que el agua puede llegar rápido. "Aquí el problema es la velocidad. No ves nada y, de pronto, el agua entra corriendo".

Recuerda con precisión lo ocurrido en 2009. Salió temprano a trabajar y, dos horas después, ya no podía volver a casa. "En dos horas se inundó todo". Por eso entiende los desalojos preventivos. "Si no viene hoy, viene mañana", lamenta. La mujer ha subido lo imprescindible y ha elevado los muebles con ayuda de la familia. Su hija y su nieta pequeña se han ido a Jerez. "Por la niña, sobre todo. Me da miedo". Ella se ha quedado en El Portal porque conoce a la gente y se siente más arropada.

Cuando habla de lo que más teme, no menciona solo el agua. "Esta sería la tercera vez que se me inunda la casa y todavía estoy pagando el préstamo que necesité para reamueblar la última vez, en 2009". "Entrar en tu casa y verlo todo perdido otra vez… eso es lo peor", añade, temiendo que vuelva a necesitar afrontar un pago similar. Esa carga económica, sumada al desgaste emocional, pesa más que cualquier mueble estropeado. "Eso sí da miedo", reconoce.

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Raquel Rodríguez, encargada de la cocina.   MANU GARCÍA

Ayudar aunque no seas un afectado

No todos los que pasan por Cáritas han sido desalojados. Francisco Domínguez, vive en una zona que no se inunda, pero ha ido para ayudar. Ha estado taponando puertas, levantando muros improvisados, acompañando a una vecina con problemas de salud cuyo marido está fuera trabajando.

Sabe que la situación puede empeorar. "Esto va a ser gordo", dice antes de marcharse para dejar su cama libre por si llegan más personas. Para él, no se trata solo de riesgo personal. "Aquí hace falta echar una mano. Y punto".

Mientras en el centro de Jerez reabren edificios y se recuperan servicios, en la zona rural de Jerez la vida sigue suspendida. Nadie baja la guardia. El río sigue vigilado, pero la experiencia enseña que el peligro no siempre avisa. Las noches son largas, el cansancio se acumula y las historias se repiten. Algunas con resignación, otras con rabia. Todas con la sensación de que, cuando el agua se retire, quedará todavía mucho por hacer. Y por pagar.

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Míriam Bocanegra

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