Adiós al mítico kiosko de Plateros tras más de 70 años: "No te sé decir cuántos tambores he vendido en total"

El caballito de la puerta, las pistolitas, la botellita de agua o el huevo kinder de chocolate se acabaron. Paqui López Candón se jubila: "Mis padres lucharon mucho. Yo no quiero trabajar hasta el último día"

Paqui López Candón, frente a su kiosko de Plateros.
Paqui López Candón, frente a su kiosko de Plateros. ESTEBAN

Son las doce de la mañana y Paqui López Candón tiene el chorreíllo de clientes. Botellas de agua porque a poco que suba un poco la temperatura, el cuerpo lo nota. Un empleado pregunta si tiene un dulce concreto, pero a Paqui no le quedan. Cuando posa para unas fotos, alguien al otro lado de la plaza Plateros se percata y suelta un "anda, mírala". Ella se ríe. Porque Paqui es de toda la vida, de casi estar en el carro en la confitería o kiosko de Plateros, uno de esos establecimientos míticos, en una de las zonas del centro con mayor trasiego históricamente. Y esta semana se marcha para siempre. Hablamos de que han mandado una nave a Marte. "Yo eso no lo entiendo, con lo que están pasando aquí en la Tierra. Gastar tanto dinero". "Allí no hay nada tampoco... ¿Montaría usted un kiosko en Marte?". "Uh, yo no", ríe. "Yo, ya no, qué va". Porque Paqui se jubila a sus 65 años.

El último año de Paqui ha sido de tensiones, obviamente, como las de todo el mundo. Pero en lo económico, en lo puramente económico, en lo relacionado con su negocio, "realmente, no". El que empezó fue "mi padre, en el año 48. Yo llevo trabajando desde los 16, aunque he estado aquí toda la vida". Casi medio siglo detrás del mostrador. Sobre las puertas abiertas, el kiosko de Plateros siempre ha tenido muchos juguetes de la gama de los baratitos, el tambor, la trompeta, la pistolita. 

El penúltimo tambor que le queda a Paqui López Candón.   ESTEBAN
El penúltimo tambor que le queda a Paqui López Candón.   ESTEBAN

El negocio empezó con un carrito en la plaza, hace ya 73 años. "Aquí hay cuatro generaciones de clientes". Luego, con un kiosko de madera, también en Plateros. Luego llegaría el local fijo, un bajo comercial, que sufrió una gran transformación en 1975 por unas obras hasta hoy. "No sigo porque no tengo hijos. Mis sobrinos tienen sus carreras. Y hay que vivir en presente". Por eso, y a pesar del contexto, la decisión "no llega por lo del covid, lo decidí cuando tenía 60. Yo había visto la experiencia de mis padres, de trabajar mucho y luchar mucho. Mi madre tuvo Alzheimer y ya no pudo hacer más nada. Por eso, yo no quiero estar trabajando hasta el último momento. Y después, pasar a otra etapa", la que empieza ahora.

Su padre, Miguel, estaba "enamorado del negocio". Ella ha disfrutado muchísimo. "He estado muy contenta, mirando atrás no habría hecho otra cosa. He aprendido todos los días y he conocido a mucha gente. He pasado muchas cosas. Si estás mal de ánimos, la gente no puede notártelo. Para eso no hay consejos, es sonreír y estar como siempre. El público no tiene que notarte tus problemas. Tienes que ser amable, porque vives de esto. Yo estoy muy agradecida al público, ha sido muy fiel estos años".

"Este negocio es duro y no te da para hacerte rico, pero las cuentas han ido saliendo con mucho trabajo"

 En todas las épocas ha habido crisis, aunque no como ésta. Yo he conocido una parada de taxis aquí delante, esto ha cambiado muchísimo". En estos días se ve "menos gente mayor, asustados en casa, y los niños que no van a sus actividades ni juegan". Un negocio abierto para el mundo, para el paso. Sobre la situación de la zona, más allá del covid, deja una reflexión: "Me da coraje que mucha gente diga que el centro está muerto. El centro somos todos. El que no viene, también".

Lo primero que va a hacer para su nueva etapa es "recuperar el ir a pilates. Viajar, con lo que está pasando, no voy a poder. El año pasado ya perdí un viaje a Alemania". Han sido muchos años de sacrificios, de fines de semana trabajando. Cuando tenía a otra persona trabajando en el negocio, sí pudo cogerse algunos puentes, explica, pero las fechas fuertes, al igual que en la hostelería, son en vacaciones: "zambobas, Reyes y Semana Santa". "No te podría decir cuántos tambores he vendido cada Semana Santa. Unos 200, unos años más, otros menos". No se atreve a hacer la cuenta, pero tras medio siglo de trabajo, las cuentas disparan los números.

El negocio o el local en sí para otro fin, por ahora, no lo traspasa. Está muy cerca de su casa, digamos, y tiene que hacer reformas en ella. "Voy a ir despacito". Tendrá que estudiar opciones, si llegan, para ahora o una vez que la situación mejore y vaya quedando atrás el covid. "Ya veré lo que me interesa. Es muy difícil que sea un kiosko, porque es muy duro, aunque también hay mucha hostelería, no lo sé". Si alguien, llegado el caso, se animara con este negocio, cuenta, "tiene que saber que es muy sacrificado, muchísimo. Y no es tran rentable. Si una piruleta la vendes a 20 céntimos, pagas siete por ella. No te vuelves rico. Las cuentas salen con mucho trabajo. Esto es para trabajar, para pagar y tener un sueldecito".

Paqui López Candón, en el interior del local.
Paqui López Candón, en el interior del local.   ESTEBAN

 

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