Hoy  sólo tienes que abrir tu corazón, ser tú mismo, contar a los cuatro vientos que, ante todo, eres un hombre bueno, humilde y sencillo.

Tuvo que nacer en Jerez. Tuvo que criarse, pared con pared, con el retablo de la iglesia de la Victoria, y empaparse de arte en Santiago, junto a la familia de su madre Tomasa y su abuela Mercedes. En un patio de vecinos de la calle Cantarería, donde al caer las tardes de verano, bastaba una silla de playa y un soniquete de nudillos a compás sobre la mesa, para empezar la fiesta, se fue fraguando un artista. Observando en silencio y sin querer- fue bebiendo de las fuentes flamencas más puras, con Curro y Fernando de la Morena, Moraíto o Tomasito. Las damas de noches y los jazmines fueron testigos de la obra que el Maestro, en su Soledad, iba moldeando. 

A pesar de ser tímido, introvertido y preferir escuchar a hablar, la vida le hizo uno de los regalos más bellos, de los que no se eligen, sino que te caen del Cielo: tener como abuelos a Antonio Gallardo y a Rosario Quirós. Eso, simplemente es una bendición. Entrar en su casa del Polígono de San Benito y encontrarte ese piano en medio del salón, sonando a todas horas, a un afamado abuelo componiendo mientras su tío Bosco jugaba a baloncesto, puede resultar rocambolesco, pero si hay arte, armonía, y hoy toca calamares en su tinta con arroz de la abuela Rosario, allí no cabía ni un alfiler. Y es que ese recetario vasco que le dejó su madre, nunca fallaba. Las puertas de la casa siempre estaban abiertas de par en par para todos. Por allí desfilaban los grandes artistas del momento, y la abuela Rosario los trataba como a uno más de la familia, con el mismo cariño. El día a día fluía con nomalidad y espontaneidad, pero la sabiduría, el arte y la humildad del ambiente iba llenando el corazón del pequeño Antonio.

Prendío por el gitanerío de Santiago, y cegado por La Soledad que acompañó a su bisabuelo Severo, toda la vida, desde que perdió a su esposa cuando su único hijo, Antonio, tenía sólo veintiún meses, el primer varón de José, fue haciéndose un hombre. Y vio como a su abuelo Antonio lo hicieron Hijo Predilecto de Jerez y, por fin, le dedicaron esa calle que tanto anhelaba, entre Muro y Merced, donde se criaron sus padres. Pero llegó el momento crucial, ese que tanto temía: su abuelo le pasó el testigo y echó en sus espaldas un tremendo peso que se llama Antonio Gallardo Molina. No le dijo "tu vas a continuar mis pasos", no. Le dio su pisacorbatas, el famoso butafumeiro que tanto lució, y los gemelos de oro heredados de su padre "casi ná". Desde ese momento, el joven Antonio encera su vida de otra manera, —y este año ya van treinta y dos toneladas—. Quien iba a ser ebanista, huía de las cámaras y temblaba con las entrevistas, fue condenado , de por vida, —bendita condena— a convertirse en altavoz de una familia única e ininmitable. Esa que le enseñó que se puede ser feliz con muy poco, que la humildad te abre puertas gigantes, que donde comen diez comen veinte, que la sencillez es uno de los mayores valores de la vida y que el arte en Jerez rebosa por todas partes.

Cuando ya cuentas los días para ese 13 de junio en que Carmen te haga el mejor de los regalos, hoy te toca. Te toca anunciar nuestra Semana Santa al mundo, con ese pellizco que recorre tu sangre gitana, bañada de amor a La Soledad y al Prendimiento. Hoy  sólo tienes que abrir tu corazón, ser tú mismo, contar a los cuatro vientos que, ante todo, eres un hombre bueno, humilde y sencillo... Lo demás, el duende y la inspiración, como sabes, te llegarán desde el Cielo.

Sobre el autor:

Estefanía Escoriza

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