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A veces los títulos de los libros son sólo eso, títulos, frases elegidas para agradar o llamar la atención más superficial, nombres que aterrizan en la cubierta del texto casi por casualidad, etiquetas exóticas y extrañas cuyo único objetivo es, quién sabe, entretener nuestro despiste consumista. Sin embargo, en otras ocasiones el título del libro es el libro, es la escritora, es su estilo, es cada emoción, cada idea, es el suspiro que acompañó al poema de madrugada, es. Rosario Troncoso (1978) es profesora de Lengua y Literatura, escritora, editora, colaboradora en lavozdelsur.es y en Diario Bahía de Cádiz. Dirige la revista cultural El Ático de los Gatos, ejemplo de calidad literaria y estética. Charo Troncoso logra reunir a los mejores creadores porque su praxis literaria abarca múltiples dimensiones: recitales, antologías y talleres de creación. Ha publicado ya varios libros de poesía: Huir de los domingos (2006), Delirios y mareas (2008), Juguetes de Dios (2010), El eje imaginario (2012) y Fondo de armario (2013). Tanto la poesía como sus reflexiones están presentes en su blog y en las redes sociales. Nada de la vida le es ajeno: de ahí, de esa cercanía y compromiso, brota el impulso poético de Charo. Dividir los libros en partes, incluso en poemas, implica correr un grave riesgo: olvidar que todo buen libro sólo es una onda de energía creadora que atraviesa el papel y nos atraviesa a nosotros. Y esa onda sólo la detectamos con la sensibilidad y la inteligencia, porque cada verso empuja al otro con la frecuencia y la intensidad que otorga la sinceridad. Charo Troncoso escribe desde esa continuidad fragmentada que es la vida, la de carne y hueso, que diría Unamuno. Porque para la autora vivir es un estado de agitación creativa: “Hoy me atraviesa una inquietud de peces”. Y aparece la imagen del hilo, como frágil conexión entre los seres que sienten: “El hilo transparente / que me ataba a tu carne”. La dialéctica entre lo que une y desune recorre casi todos los versos: “Sobrevivo a pedazos”. No son buenas tampoco las distinciones “hacia afuera” y “hacia adentro” en poesía. Y no lo son porque la voz del poeta impregna todo, lo interno y lo externo, como un flujo de sentido. Los poemas de Charo Troncoso hablan de ese “humus nutritivo” acumulado tras las experiencias íntimas, subjetivas, quizás dolorosas. No hay verso que no hable de nuestras miserias y cómo las percibimos: “Es inútil recomponer jarrones / desechos en añicos”. Cuando nuestras relaciones con los demás se enturbian o cuando estamos desorientados, es la sensación interna lo único que cuenta: “Se me ha desordenado la ciudad / Cada una de las calles es distinta”. Y la escritora reconoce ese desorden interno, provocado a veces por asuntos nimios, experiencias de la debilidad cotidiana: “No he sabido ordenarme la sangre”.

HUMUS

Todos los que ocurrieron

ahora son fantasmas.

Todos los que me hirieron.

Todos los que se alejan

dejándome

en carne viva y piedra,

tan solo ofrecen humo

para los agujeros.

Impulso en las raíces,

el humus nutritivo

y las alas y el aire.

Ahora que no huyo

y que florezco:

libre de lastres.

Los poemas describen una eterna reconstrucción. El daño y la alegría existen casi siempre mezclados. A veces hay que tejer y destejer. Para eso son las palabras, para realizar “arreglos de costura” y palpar las vísceras. Incluso la casa, con sus muros, está hilvanada con los recuerdos del sufrimiento y el placer compartidos: “Una corriente ensueña tu silueta en las cortinas”. La casa, refugio primigenio: “En aquellos ladrillos / habitaba una angustia / que mugía y me asustaba de noche / cuando no conocía la intemperie”. El poeta escribe siempre al borde de la nada, del vacío, que dejan las erosiones y el cansancio: “No importa que se abran / los hilvanes, de pronto, y quiebre la certeza /cayendo el equilibrio / al fondo del olvido”. Asomarse al abismo no siempre significa renunciar. Saber que nada importa, en el fondo, implica alcanzar las cimas de la conciencia y la racionalidad humanas, únicos senderos para imaginar nuevos mundos cada día. Cuando los poemas brotan de la vida dejan entrever ese vaivén: al ver la felicidad intuimos la desgracia; al acariciar las miserias esbozamos nuevos placeres. Es el engranaje de esa “maquinaria íntima”. “Y la piel y el calor / un virtual algoritmo:/ amor enfermo, muerto / por saludos cordiales”. No todo es sufrimiento. Esa juventud que “mariscaba violines” todavía asoma en los versos, en las metáforas. Por eso aparecen constantemente los sueños: “El gran futuro fue el sueño de los otros”. Aunque “Al final todos somos sacrificio” y a pesar de lo que trae la vida: “coagulan los sueños / debajo de los párpados”.  Entonces aparece el horizonte de la utopía, de la libertad, como idea regulativa, como aspiración y como fracaso. Este poema resume muy bien la voz poética de Rosario Troncoso:

APATÍA

Nadie nos enseñó a ser libres. Nunca.

Nadie nos dio recursos

para aguantar el frío.

Aún somos

limitados y demasiado torpes.

Ignorantes de origen,

el motivo real del mecanismo.

Con los poros anegados de amor

nos damos a la vida,

a todas las pasiones,

al fuego y a la ira.

También a la ceguera voluntaria,

célula enferma,

organismo inconsciente.  

                           

Mucho mejor fluir,

que la corriente arrastre del todo

esta utopía congénita,

la luminiscencia incipiente.

Dejar ir la existencia.

Dejar de negociar.

Mejor.

Ya llegarán los otros con relámpagos:

listas, alarmas, timbres y señales.

Ya serán los otros, siempre, los otros,

portadores de nada, guardianes

de pantanos privados,

los administradores de la arena

en todos los desiertos oficiales.

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