En un mundo ideal la política si no es ética es pura especulación y corrupción. En el real, la política es un comercio y los que van a ella entran sin perjuicios y sin valores. La gente coherente y digna rara vez se deja caer en ella. Podemos jugar a dibujar rayuelas en el suelo con tiza y esperar ver bajar desde los cielos a la Maga. La posición sensata y adulta es distinta.
¿Hasta qué punto nos podemos enorgullecer de que nuestros representantes públicos repitan lemas de barras de bares o chascarrillos de sobremesas? ¿Por qué triunfa la política del tuit? Sostenía Umberto Eco que "la televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior y añadía de forma rotunda lo siguiente: "el drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad".
El pueblo, mal que bien, sobrevive a este interregno. Cada tanto se presenta un mesías para ser la voz que clame en el desierto. Si el barco se hunde, un presidente de la desesperación. Esto supone un verdadero peligro: si te descuidas te acaban robando la cartera o construyendo un muro frente a la puerta de tu casa. Por lo tanto, conviene no hacerse ilusiones acerca de parusías ideológicas. Tampoco del pueblo por el hecho de ser pueblo. Nosotros también somos gentes. Los mismos miedos, los mismos errores. No toda la culpa es del vecino. No esperemos demasiado de aquellos que nos rodean. Como nosotros, ellos también giran alrededor del corro. Del corro de la patata
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