La conspiración de los cocodrilos (11)

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas del escritor y periodista Germán Fonteseca

ILUSTRACIÓN: DORA TORRALVO
ILUSTRACIÓN: DORA TORRALVO

Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

Odette y Dafnèe conocen a Carlos Alberto Ferrière, primo de su padre, quien se compromete a ayudar a la familia en todo lo necesario para su integración en Punta Arenas.

Mientras esto sucede en Chile, en París Serguéi Vasiélivich entrega al agregado cultural de la embajada de la Federación Rusa el pendrive con la documentación facilitada por Colin Byrne, y el agregado la hace llegar a Moscú.

25

—¡No me puedes decir que no, Francisco! ¡No me puedes hacer esto! ¡Tienes que ayudarme como yo lo hice contigo cuando estabas con el agua al cuello!

—¡No es lo mismo, Colin! Mi situación era otra y a ti no te costaba nada echarme una mano. Lo que me pides es que olvide que se trata de un delito muy grave...

—¡No seas cretino! ¡Sabes perfectamente que el hecho del que me acusan es una farsa! ¡Lo sabes! ¿A cuento de qué insistes en que ayudarme sería hacerte cómplice de él? Nos conocemos hace ya algunos años, nos hemos movido en las mismas alcantarillas, y sabes de sobra que sus estratagemas son perversas...

—Lo sé, lo sé. Pero ya no son ellos los que te buscan, es la policía Colin. Han sabido tocar las teclas adecuadas y ahora la música que suena es la que ellos han compuesto. Si dicen que eres un pederasta, lo eres a los ojos de la justicia, aunque realmente no lo seas.

—Es la policía francesa, Francisco. ¡La policía francesa solo! Qué yo sepa no hay Euroorden contra mí, al menos de momento. Ya te lo he dicho, un amigo me garantizó que haría gestiones en París para averiguar si se había solicitado mi detención fuera de Francia, y que me llamaría en cuanto ésta se produjese, y no lo ha hecho.

—Entonces, ¿qué te impide volar desde Madrid a Sudamérica? Ve a Iberia, saca los billetes, y mañana estás en Argentina, en Chile o donde quieras estar.

—No quieres entenderlo. No es solo la policía francesa, son los otros, los sicarios de esa gentuza los que me preocupan. No deben saber mi destino final. No puedo sacar un billete con mi nombre a Buenos Aires y ya está.  Si quiero tener una mínima oportunidad de desaparecer he de cambiar de identidad y tú tienes contactos. Me lo demostraste cuando apareciste por Londres hace años, entonces te ayudé...

—Pero lo que yo te pedí no fue una identidad nueva, sino gestiones políticas que, desde tu posición, eran muy fáciles.

—¡Una mierda! Fáciles ¿dices? ¿Crees que fue fácil convencer al Asesor Registrado de tu empresa de que callara frente al Mercado Alternativo Bursátil las barbaridades que estabais haciendo con las cuentas? ¿Acaso crees que el MaB, una vez que saltó la liebre en el Servicio de Prevención para el Blanqueo de Capitales, decidió no verificar esa información porque tú les caías bien? No, Francisco, no. Hubo que mover mucha mierda y de mucha gente para que el MaB, primero, y la Comisión Nacional del Mercado de Valores, después, pasaran por alto que se estaban cometiendo irregularidades contables en tu compañía, con operaciones circulares con empresas vinculadas a vosotros, para inflar las cuentas. No, Francisco, no verificaron nada. Se limitaron a pediros la documentación que les pareció, le disteis una mierda que dieron por buena y cerraron el asunto sin más. Después, cuando el tema llegó al juzgado, cuando el juez Santiago Pedraz se hizo cargo del asunto, unos y otros se exculparon diciendo que el trabajo de verificación no era de su incumbencia. Tus socios han caído o están pendientes de que ese galimatías se resuelva, pero tú sabes muy bien que aquello no fue un problema derivado de una mala inversión, fue un auténtico fraude premeditado para desplumar a cientos de accionistas. Te has ido de rositas. Y yo te ayudé a ocultarlo con documentos que aún tengo —mintió Colin.

—¿Qué estás diciendo? ¿Me estás amenazando? —casi gritó Francisco Fernández que, visiblemente nervioso, se levantó del cómodo sillón de su mesa de despacho y, aflojándose el nudo de la corbata y subiéndose las mangas de la camisa, se dirigió al ventanal.

Cuarenta y dos plantas más abajo, la plaza Pablo Ruiz Picasso, a escasos trescientos cincuenta metros del estadio Santiago Bernabéu, en Madrid, registraba la actividad normal de un martes cualquiera, con un puñado de ejecutivos con paso acelerado, deseando perderse bajo alguna de las moles de cemento y cristales que la rodeaban, como si el sol que lucía a esa temprana hora de la mañana tuviese efectos nocivos.

Colin no respondió a la pregunta, decidió dejar la duda en el aire y ver la reacción de quien fuera su amigo en el pasado.

Francisco Fernández apoyó su mano en el ventanal para descargar a través de ella toda la tensión acumulada en los pocos minutos de conversación, y sopesar durante unos segundos si Colin Byrne, el hombre que tenía sentado a su espalda, tendría copia de esos documentos a los que había hecho referencia. Esa era la cuestión, no si sería capaz de hacerlos públicos. Con su libro Distopía Económica —un ejemplar del mismo estaba en uno de los cajones de su mesa de escritorio— ya había demostrado que era capaz de publicar secretos mucho más graves de personajes infinitamente más importantes que él.

Colin Byrne se había presentado de improviso esa misma mañana en la nueva sociedad de Francisco Fernández, una auditora de cuentas inscrita como Asesoría Registrada de una institución de control de empresas del Estado Español: el MaB, un mercado específico para empresas de reducida capitalización, que buscan oportunidad para expandirse en el mercado de valores.

Colin lo eligió a él como persona sobre la que sustentar su huida de la Unión Europea porque Fernández siempre había jugado al límite de las leyes, no solo las económicas, lo que le permitió amasar cierta fortuna con inusitada rapidez.

Fernández, no contento con ello, en vez de seguir los cauces habituales de los nuevos emprendedores, o de dejarse arrastrar por las veleidades de los nuevos ricos, creó una sociedad de inversión en nuevas tecnologías que utilizó para desplumar a varios cientos de inversores. Y lo hizo de tal manera que fueron sus socios los que se vieron ante la Audiencia Nacional. Él, aunque en principio también estuvo imputado, logró más tarde quedar al margen, por lo que, de nuevo, tras un par de años desaparecido de las finanzas madrileñas, había vuelto a las andadas.

Byrne llevaba en suelo español poco menos de cuarenta y ocho horas.

Cruzó la frontera por el paso de Somport, siguiendo la RN 134, una carretera pirenaica francesa poco transitada. El cruce de la línea divisoria de ambos países lo hizo el domingo a las dos de la tarde, encontrando la barrera abierta y ausencia de controles a ambos lados. Tras pasar a España, se dirigió a la vecina localidad de Candanchú, donde se mezcló con turistas y amantes de la montaña, y por la tarde viajó hasta Huesca.

En sus calles estuvo hasta cerca de las diez de la noche, momento en el que eligió un hostal próximo a la estación de ferrocarril de esa ciudad. 

La mañana del lunes, muy temprano, dejó el establecimiento hotelero y cogió el tren de las ocho y cuarto a Madrid, ciudad a la que llegó en apenas dos horas y media.

En la capital de España repetiría su esquema de viaje. Pasar el día deambulando por las calles como un turista, y alojarse en un hostal a primera hora de la noche, para abandonarlo a la mañana siguiente, nada más amanecer. Su intención era hospedarse a una hora en la que su registro en un pequeño hotel pasase desapercibido, y dejarlo a otra hora en la que aún no hubiese dado tiempo, caso de ser buscado por la policía española, a organizar su detención.

Colin lucía barba de casi dos semanas y el pelo rapado al uno, teñidos ambos de oscuro, casi negro, aspecto muy diferente a su habitual cabello largo y rubio, y su barbilla perfectamente afeitada.

Como equipaje llevaba una pequeña maleta de piloto, con ruedas, que le había facilitado Shopie Bonin y que lucía el viejo logotipo de Air France: La Crevette, un dibujo un tanto enrevesado, formado por tres elementos, un caballo, una hélice girando, y una cola de pescado. Shopie le explicó que el caballo significaba fuerza, la hélice simbolizaba la aviación, y la cola de pescado estaba justificada porque cuando se fundó la compañía en la que trabajaba, en 1933, los vuelos transoceánicos se hacían con hidroaviones. El maletín —versión moderna de un modelo antiguo— fue un regalo de la empresa.

El coche de Sophie lo dejó con las puertas abiertas y las llaves puestas, media hora antes de coger el tren, en Huesca, en la estrechísima calle Roldán, casi en la esquina con la peatonal Manuel Bescos, impidiendo el paso de ningún otro vehículo por ella. Seguramente la Policía Local no habría tardado mucho en retirarlo; y al hacerlo, habría descubierto que se trataba de un vehículo robado en París.

La noche del sábado previa a su partida, Serguéi le sorprendió ofreciéndole un sobrecito en el que había una tarjeta de un abogado español.

—Unos amigos míos me han dado esto. Puede serte útil para tus propósitos de abandonar España por el sur —le dijo Serguéi.

Colin abrió el sobre con curiosidad y extrajo de él dos tarjetas de visita.

—Germán González López, abogado. Calle Isabel la Católica. Urbanización Sotogrande. San Roque. Cádiz —leyó en voz alta —¿Y para qué puedo necesitar a este abogado español? —preguntó mientras contemplaba con curiosidad la segunda tarjeta en la que solo había un extraño logotipo formado por un águila bicéfala que sostenía una espada en una pata y una corona de laurel en otra.

—Vas a necesitar documentación nueva, pasaporte nuevo... supongo. Si tu amigo, el de Madrid, no pudiera o quisiera ayudarte, este abogado lo hará sin género de dudas si le enseñas la otra tarjeta, la del escudo. Eso sí, te pedirá una cierta cantidad de dinero que tendrás que entregarle por adelantado. Es amigo de unos compatriotas. Se lleva muy bien con los rusos que viven y hacen negocios en toda la Costa del Sol. No hace ninguna pregunta, solo las estrictamente necesarias para poder hacerte esa nueva documentación.

—¿Le has hablado de mí a alguien? ¿A quién? 

—¡Claro! Para poder investigar los documentos que me has pasado, y publicarlos, era necesario que otras personas conocieran de dónde han salido...

—Pero no son periodistas, ¿verdad? No creo que haya muchos periodistas que necesiten los servicios de ese abogado...

—Sí son periodistas, no te preocupes, solo que algunos periodistas son también más cosas. Pero, insisto, eso no debe preocuparte lo más mínimo.

Colin, instintivamente, se palpó el bolsillo en el que llevaba la cartera.  En ella, entre sus tarjetas de crédito y otros documentos, se encontraba la tarjeta del abogado español. Si Francisco Fernández le dejaba tirado, no le iba a quedar más remedio que usarla, y eso no era lo que más le atraía en ese momento. 

Serguéi Vasílievich era un completo desconocido, que lo había ocultado en su casa unos días a cambio de una valiosísima información. Pero nada sabía de él. Ni siquiera si en realidad, como había dicho, era periodista de RT televisión. Ese hombre llevaba poco tiempo con Sophie, otra persona a la que él tampoco conocía en profundidad. Ambos le habían ayudado a permanecer escondido en su casa, pero, una vez en poder de su documentación y fuera de las fronteras francesas, nada les impedía traicionarle. De hecho, a esas horas, ya habría acumulado un nuevo delito en su haber, la sustracción del coche de Sophie que ésta, sin género de dudas, habría denunciado a las autoridades francesas.

Fernández golpeó repetidamente el cristal del ventanal de su despacho con los dedos, como si estuviera tocando las cuerdas de una guitarra, y se giró muy serio.

—Lo siento Colin. No puedo ayudarte. Las cosas en España han cambiado mucho en los últimos meses. Mis amigos dentro de la policía tienen las manos atadas. El nuevo Gobierno maneja la situación de otra manera y será necesario que pase tiempo antes de que las estructuras que siempre ha habido y con las que yo he podido contar, se creen de nuevo. Ahora es imposible lo que me pides, a no ser que quieras mezclarte con gentuza de poco fiar. Seguramente sí podría darte el nombre de alguien capaz de hacerte esa documentación, pero sin garantía ninguna de que cumpla, o de que te denuncie una vez que haya cobrado a cambio de algún favor policial o, incluso, que dé tus datos a algún socio para que te atraque en la primera esquina y te deje, en el mejor de los casos, sin un euro. Y, dicho esto, si quieres hacer público cualquier cosa que me perjudique, allá tú con las consecuencias.

—Está bien, Francisco. No voy a suplicarte esa ayuda, ni voy a publicar nada. La vida da muchas vueltas. Quién sabe dónde y en qué circunstancias nos volvamos a ver —dijo Colin levantándose del asiento y marchándose sin despedirse.

Francisco Fernández esperó a que cerrara la puerta antes de coger su teléfono móvil y marcar un número.

—Comisario, buenos días. ¿Cómo estamos querido amigo? ¿Ocupado? ¿No? Te invito a tomar un café en Mamá Framboise (...) Sí, como siempre, en la de General Perón. Tengo una información que puede interesarte (...) Un abrazo, ahora nos vemos...

26

El barrio de San Miguel es uno de los más antiguos de la ciudad de Punta Arenas. Sus calles, dispuestas en cuadrícula, con casas tradicionales, muchas con más de medio siglo de vida, se fueron extendiendo en torno a un edificio emblemático, eje de la vida social y cultural de la zona: la parroquia de San Miguel Arcángel, el templo más antiguo después de su catedral.

Se trata de un espacio urbano agradable, extenso, como no podía ser de otra forma en una ciudad basada en viviendas unifamiliares de una o dos plantas; tranquilo, donde se vive sin prisas, sin hechos que alteren la paz de su vecinos, una gran mayoría, personas mayores; con casas con patio trasero, o delantero, o al costado, donde los propietarios toman el sol en verano, guardan la leña para el invierno, o hacen asados con los amigos en ocasiones especiales. 

Porque las gentes del barrio se sienten sanmiguelinos y llevan a gala haber nacido en él, o vivir desde siempre en algunas de sus calles. También se sienten orgullosos de su parroquia, en especial aquellos que eran jóvenes en la década de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo.

Fue entonces cuando un San Miguel disperso, sin cohesión social, fue liderado por un sacerdote, el padre Evaristo Passone, un misionero salesiano que consiguió aglutinar en torno a él a numerosos jóvenes. Primero con el fútbol, en una cancha aledaña a la parroquia, y más tarde con múltiples actividades deportivas, culturales y lúdicas.

Papel fundamental en la vida del barrio fue la construcción, hecha por los propios vecinos, del gimnasio que, por supuesto, se llamó también de San Miguel. En él se vivieron durante muchos años los acontecimientos más destacados del vecindario. Por eso, cuando tras varios días de intensa nevada el techo cedió, no faltaron manos para reconstruirlo lo antes posible.

—Eran otros tiempos. Lo levantamos a puro ñeque no más —le dijo Carlos Alberto Ferrière a su «prima» Odette, mientras le pasaba un plato con empanadas de prieta —¿te gusta el picante? —añadió.

Odette puso cara de circunstancias. Estaba segura de que aquella empanada, de un tamaño considerable, estaría rellena de algo sumamente picante y no sabía cómo hacer para que una respuesta negativa sonase a rechazo de la comida que le estaban ofreciendo.

Carlos Alberto vio la expresión y soltó una carcajada.

—No te preocupes. Estas apenas llevan ají. No pican    —le dijo insistiéndole en que cogiese una.

Odette la mordió con sumo cuidado y descubrió un sabor delicioso.

—Tiens, voilà du boudin! ¡Dafnèe ven, ven! —llamó a su hija con cierta premura— c'est boudin —le dijo— A nosotras nos encanta la morcilla con puré de patatas y rodajas de manzanas pasadas por la sartén— explicó a Carlos Alberto.

—¡Qué bueno! —respondió— Estas empanadas son típicas nuestras, están rellenas de prieta, que es como llamamos a la morcilla hecha con sangre de cerdo, cebolla picada, especies, nueces y ají. También las comemos a la parrilla.

El domingo estaba transcurriendo de una manera especial. Una semana después de llegar a Punta Arenas, tiempo que habían ocupado en recorrer sus calles e impregnarse de su ambiente, Odette y Dafnèe se sentían seguras e integradas.

De Colin no sabían muchas cosas, solo que había conseguido pasar la frontera con España sin problema y que muy pronto se reuniría con ellas. Apenas se habían producido un par de conversaciones entre la familia, pero en ambas se había mostrado contento y esperanzado con ese reencuentro.

El asado del que Carlos Alberto le habló el día que se conocieron, aunque pospuesto unos días, por fin se estaba celebrando y había reunido a prácticamente toda la familia Ferrière y a sus parejas e hijos en el patio trasero de la casa, ubicada en la calle Boliviana, a escasos seiscientos metros del hotel donde se hospedaban.

En la vivienda, una edificación de madera pintada de marrón, con tejado a dos aguas y puertas y ventanas en blanco, se habían dado cita no menos de veinte personas, entre familia, amigos y vecinos, interesados todos en conocer a la pareja recién llegada. Entre ellos, el padre Emilio, párroco de la iglesia de San Miguel, el sacerdote salesiano del que Carlos Alberto le había hablado y que podía incluir a Dafnèe entre sus alumnos a los que enseñaba francés, aunque la joven recién llegada bien podría ser a la vez alumna y profesora de sus compañeros.

Por fortuna, Dafnèe y él hicieron buenas migas en muy poco tiempo, pues el sacerdote, un joven dotado para la docencia, supo ganarse su confianza. Además, aquel hombre era la única persona, descontada su madre, con la que podía hablar en su idioma. El padre Emilio fue quien le tradujo y explicó lo que se decía y hacía a su alrededor, dado que el escaso nivel de español de la niña le impedía entender una sola palabra dicha por aquellas gentes que hablaban con expresiones y tono ininteligible, que le recordaron al mismo que tenía su abuela, aunque hablase en francés.

El padre Emilio consiguió sin mucho esfuerzo que un par de crías de la misma edad que Dafnèe, que asistían a sus clases, se interesaran por practicar su incipiente francés con la recién llegada, y cuando estuvo seguro de que empezaban a congeniar las dejó solas, acercándose a Odette.

—Bienvenida a la Patagonia chilena señora Odette —le dijo con una sonrisa.

—Muchas gracias padre.

—Tengo entendido por su primo —creo que sus padres lo eran, ¿no es cierto?— que tiene intención de pasar una larga temporada, ¿verdad?

—Así es. Quizás nos quedemos definitivamente. Eso es algo que tenemos que sopesar mi marido y yo con tranquilidad.

—Pero su marido no ha venido con usted...

—No, él se ha quedado en Francia con asuntos que había que dejar resueltos.

—Perdone que me entrometa, pero ¿ya han pensado dónde van a residir? Se lo pregunto porque este barrio es muy tranquilo y acogedor, siempre lo ha sido.

—No. Hay muchas cosas que están pendientes de decidir. Queremos vivir de nuestro trabajo, eso sí, siempre que sea posible hacerlo. No conocemos las leyes de aquí, ni las de inmigración, ni las de trabajo.

—Bueno, yo podría ayudarles en eso, si no tienen inconveniente.

—¡Por supuesto! Sería estupendo.

—Creo que usted nació en Iquique y que sus padres eran, obviamente, chilenos, ¿verdad?

—Sí, lo eran, lo fueron siempre, hasta su muerte. Nunca se nacionalizaron franceses, yo, por contra, sí lo hice...

—Eso no es problema Odette, ¿puedo llamarla por su nombre?

—¡Claro! ¿No es problema, dice usted?

—En absoluto. La persona nacida en Chile, de padres chilenos no pierde la nacionalidad a no ser que renuncie expresamente a ella. ¿Usted lo ha hecho?

—No. Renunciar, no he renunciado. Cuando cumplí los requisitos solicité la francesa, pero nunca he firmado nada que diga que renunciaba a la chilena.

—Pues entonces sigue siendo chilena y Dafnèe también lo es.

—¿Dafnèe lo es también? ¿Por qué? Ella no nació en Chile.

—No importa. Dafnèe es chilena porque su madre lo es, aunque haya nacido en el extranjero y porque cumple el segundo requisito en estos casos, que sus abuelos sean chilenos... bueno, en nuestro caso son sus abuelos y todos sus antepasados.

—Me da una alegría enorme padre Emilio.

—Me alegro por ustedes. Los trámites no serán complicados. Conozco a una persona en la oficina de Extranjería. Él nos ayudará y hablará con la Policía de Investigación, que será quien haga un informe tras entrevistarse con usted. Y, perdone que pregunte, ¿a qué quieren dedicarse?

—Pues mi marido es economista... piensa ofrecer sus servicios a empresas y negocios de la zona. Y yo, soy profesora de dibujo y pintura. Me gustaría dar clases y pintar. Hace años que no pinto. Quizás abra una academia y tal vez una pequeña galería de arte. Esa es la idea, en principio, al menos.

—¡Es magnífica! Cuenten conmigo para lo que necesiten. Sería estupendo que se incorporaran a nuestra comunidad (...) ¡Mire! Allí está la presidenta de la junta vecinal. Voy a presentársela... ¿la conoce? (...) ¿no?, venga, venga conmigo. Estará encantada de conocer sus planes, es una persona muy concienciada con las necesidades del barrio y unos vecinos como ustedes serán muy bien acogidos por todos. Por cierto, su marido es francés, ¿verdad?, bueno, pues lo único que tendrá que hacer es solicitar una visa temporal por unión civil y un permiso especial de trabajo... pero eso no es lo importante ahora. Lo primero es que conozca a Juanita Pacheco, ella le puede ayudar mejor que yo en la búsqueda de una vivienda.

—¡El asado está a punto! —gritó Carlos Alberto a los presentes, y todos, poco a poco, se fueron acercando al extremo del patio en el que un cordero entero, abierto en canal, se tostaba atado con alambres a una estructura metálica con forma de cruz, que se inclinaba sobre unas brasas.

El fuego estaba hecho sobre la misma tierra, rodeado de piedras para impedir su propagación, en un lugar que, a juzgar por su imagen, había servido de asador innumerables veces.

Odette llevaba en su mano una copa con vino tinto. Le habían ofrecido el popular jote, pero lo rechazó. Le pareció una barbaridad mezclar aquel buen caldo de la tierra con una Coca-Cola. Cuando le explicaron que el nombre provenía de una curiosa asociación de ideas con un ave carroñera local llamada así, no lo entendió, hasta que le dijeron que el ave era de plumaje negro y tenía la cabeza roja, como la mezcla de Coca-Cola y vino tinto. Entonces rio con la ocurrencia.

En la mesa en la que estaban las bebidas también había vino blanco con durazno macerado; clery, una especie de sangría española pero con vino blanco; Chicha, jugo de uva cocido y poco fermentado; y el pisco peruano que los chilenos han adaptado a sus costumbres añadiéndole la inevitable Coca-Cola.

Ese domingo aprendió que sus antepasados eran abiertos y generosos, dispuestos siempre a compartir un pedazo de carne y un caldo de la tierra con la familia y amigos, en un acto que supera con mucho un ejemplo de vida social, y que entronca con sus raíces en un gesto de patriotismo incomprensible en otras latitudes.

Los platos con trozos del cordero y ensalada, otros con papas asadas, y los cuencos de barro con pebre, circularon de un lado a otro de forma incesante, mucho más allá de lo que cualquier estómago francés soportaría y, sin embargo, aquellas gentes los disfrutaron con deleite en medio de conversaciones cruzadas en las que la alegría de vivir fue protagonista.

En solo unos pocos días, Odette había descubierto que, en el fin del mundo, lejos de todo, en una ciudad de calles sin escaparates, con comercios pequeños y antiguos, pero bien pertrechados, con apenas semáforos, sin centros comerciales, sin prisas, sin estrés... era muy fácil vivir.

Recostada en una silla de plástico, contemplando divertida el desorden natural de aquel patio en el que se mezclaban viejos trastos con una pequeña huerta; y el asador, y la leña para el invierno; y herramientas, unas en uso y otras inservibles por el óxido; y vecinos, familiares y amigos, supo que, quizás, solo quizás, había encontrado un nuevo hogar al que le faltaba una pieza clave: Colin, su pareja.

En él estaba pensando, en dónde estaría en ese momento, en cuánto tiempo tardaría en volver a verle, cuando el padre Emilio pidió que se juntaran unos cuantos para que cupiesen en la foto que iba a hacer.

—Mañana tiramos la Hojilla Parroquial y no tenía una buena foto para ilustrar la primera página —explicó— pero creo que esta imagen de buena vecindad refleja el espíritu de San Miguel, de nuestro barrio, ¿verdad Juanita? —añadió dirigiéndose a la presidenta de la Junta Vecinal, para que se sumara al grupo.

27

El padre Bernardino Trabalzini llegó temprano a su despacho oficial, situado en uno de los edificios de los Museos Vaticanos, cuyos ventanales daban al Cortile della Pigna. Tenía correspondencia atrasada. Un problema con la seguridad en el próximo sínodo, previsto para dentro de unos días, había copado toda su atención durante las últimas setenta y dos horas.

Por eso, cuando abrió su correo electrónico se sorprendió al ver un mensaje del padre Jesús Yajures, cuyo asunto rezaba “Noticias de Punta Arena”. Durante unos instantes, absorto con el otro tema, se preguntó qué relación tenía aquello con el problema de seguridad detectado. 

Un momento después, resoplando, se dio cuenta de que se había olvidado por completo del caso Byrne durante tres días.

Sin dilación, abrió el mensaje.

Buenos días Bernardino, adjunto te envío una copia de la portada de la Hoja Informativa de la parroquia de San Miguel Arcángel, de la ciudad chilena de Punta Arenas, que creo que puede ser de tu interés.

Si necesitas aclarar algo o concretar lo del viaje del que hablamos el otro día, llámame.

Queda con Dios nuestro Señor

El padre Bernardino se extrañó. 

¿Qué interés podía tener él en la portadilla de esa hojilla parroquial?

El documento adjunto se abrió antes de que tuviera tiempo de imaginar alguna respuesta, mostrándole una gran foto y un titular que hablaba de convivencia de los vecinos del barrio, ejemplo de fraternidad. La foto y el titular no despejaron sus dudas, de modo que comenzó a leer el texto, lamentando el lenguaje críptico del padre Yajures.

«Con lo sencillo que hubiera sido decirme: en la portada se habla de tal o cual cosa» pensó.

A poco de empezar a leer los ojos se le fueron directamente unas líneas más abajo. Su cerebro había sido rápido, más rápido que su comprensión, dirigiéndole hacia un grupo de palabras escritas una al lado de otra: Odette Ferrière y Dafnèe Byrne.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —repitió en voz alta— De modo que la señora Byrne está ya perfectamente localizada. ¡En setenta y dos horas! ¡Qué rapidez! ¡Tengo que felicitar a Yajures ahora mismo!  —dijo para sí.

Y sin seguir leyendo, ¡qué importaba el resto!, telefoneó a su amigo.

—¿Cómo lo habéis logrado tan pronto? —le soltó de sopetón, sin siquiera desearle buenos días. 

—Suerte, amigo Bernardino. Suerte, que la sabemos buscar.

—¿Puedo enviar a mis hombres allí entonces?

—No has leído el artículo, ¿verdad?

—No. Te he llamado primero para felicitarte por la rapidez. Nunca tuve dudas de la eficacia de La Orden, pero sí me ha sorprendido lo pronto que habéis resuelto el problema.

—Bueno, como te he dicho antes ha habido mucha suerte. A un hermano en Cristo, y amigo también, le envié la idea de hacer el estudio que me propusiste, para que me diera su opinión sobre la viabilidad del mismo, y me preguntó qué motivo tenía para algo así. Como es de confianza absoluta, le di alguna idea, sin concretar demasiado y lo pilló al vuelo       —Dime el nombre de la persona que te interesa— me dijo. Y se lo di...

—Pero eso no explica la rapidez —le interrumpió Bernardino.

—Espera, espera, no seas impaciente. Efectivamente, eso no lo explica. Pero sí que mi amigo sea el responsable de la pequeña imprenta de La Orden en la que algunas comunidades cristianas imprimen sus boletines, revistas y cosas por el estilo.

—¡Qué coincidencia!

—¡Tú lo has dicho! Y dado que ya estaba sobre el asunto, aunque no sabe nada del motivo por el que me interesa esta persona, se ha ofrecido a hacerme un par de gestiones para averiguar su domicilio y cualquier otra cosa que necesite. De modo que estoy a tu disposición. Pide y gustoso transmitiré esas necesidades...

El padre Bernardino Trabalzini colgó el teléfono minutos después, tras haber planteado a Yajures todas las «necesidades» que se le ocurrieron relacionadas con el asunto Punta Arenas.

Después, meditó unos instantes, tras los cuales se levantó del sillón y se dirigió a un pequeño reclinatorio que tenía en un extremo del despacho, bajo un Cristo Crucificado, reproducción del Cristo español, obra de Pedro de Mena, destruida en 1931, durante las revueltas previas a la Guerra Civil española.

Allí, arrodillado, rezó.

Quiero mi Dios cuando expire

en tus brazos descansar

y que en ellos al cielo me lleves

de tu amor a tu luz a gozar.

Sé que mis culpas son muchas

pero es mucha tu bondad,

tú eres la Vida Infinita,

el Camino, la gran Verdad.

Perdón Señor, perdón

por tanta ingratitud,

toma mi corazón

y llévalo a tu cruz.

Después, tras pedir perdón por el pecado que iba a cometer y permanecer unos instantes en silencio, volvió a su mesa de despacho y descolgó de nuevo el teléfono.

—Buenos días eminencia. Tengo novedades de Punta Arenas. Ya hemos localizado a la mujer que buscábamos sin necesidad de estudio alguno. Le llamo solo para pedirle su autorización para enviar allí a una persona que resuelva este asunto. Como comprenderá, este trabajo debe realizarse de manera simultánea al otro, y dado que, de momento, es imposible saber cuándo se podrá proceder en el otro caso, os pido que autoricéis la presencia en aquellas tierras de uno de mis hombres el tiempo que sea necesario.

Tras colgar, volvió a efectuar una llamada.

—Querido Jesús. Estoy autorizado a llevar a cabo el plan previsto, de modo que puedes hacer las gestiones que necesites para conseguir ese avión. Te hablé de varias personas, pero he decidido que sea solo una. Di a nuestros amigos ingleses que será un enviado especial de su eminencia Luigi Facchetti. Luego te mando sus datos personales, por si los necesitan para lo que sea. (...) Sí, sí, el vuelo ha de salir de Ciampino, aquí pasará desapercibido un vuelo así, son varios los que se hacen cada mes. La policía casi ni les presta atención. (...) No, de Fiumicino no. Podría haber problemas de horarios e incluso estacionamiento si hubiera congestión de tráfico comercial. Mejor Ciampino.

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas ‘La conspiración de los cocodrilos’ de Germán Fonteseca

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