37.900 personas disfrutaron de la programación del Festival de Jerez en su vigésimo aniversario, con una ocupación de espectáculos de casi el 90%, 176 actividades en cartel y 69 zonas diferentes de la ciudad con representaciones de danza española y flamenco, con los mejores artistas del panorama y algunas colaboraciones ex profeso que pasaron a la historia —verbigracia, Rocío Molina y Fernando de la Morena en la bodega La Concha—. En 2016, en la salida de la recesión económica, Jerez asistió probablemente a la mayor movilización y agitación cultural que haya disfrutado la ciudad en menos tiempo.
Aquellos 16 días inolvidables, diseñados desde la dirección de la muestra —entonces en manos de Isamay Benavente— celebraban una efemérides casi como si conmemoraran un acto heroico de resistencia: 20 años de un festival levantado a pulmón, con apoyos gubernamentales y privados de lo más exiguos, con recursos siempre en el alambre, pero con una capacidad de ilusión y contagio que hacían que todo el que tenía interés en el arte flamenco y la danza quisiera venir a la meca que significaba Jerez.
El Festival de tus sueños..., sonaba el jingle que daba la bienvenida a los espectadores, a la prensa internacional especializada, programadores de festivales nacionales e internacionales, a las legiones de cursillistas de más de 30 países del mundo que aterrizaron en la ciudad hasta cuando la amenaza del covid se cernía sobre el patio de butacas.
Una década después, el Festival de Jerez está en la recta final de la celebración de sus 30 años, ahora bajo la dirección gerencia de Carlos Granados, y son muchas las voces que han vivido la muestra desde sus inicios que observan un alarmante declive, una bajada de público —20.100 espectadores en 38 espectáculos el pasado 29 Festival— y una programación descuidada, un tanto desnortada y escasísima de criterio.
No entran estas voces ni tan siquiera en que esta edición haya arrancado con un negativo de 120.000 euros en el presupuesto —el año pasado no se tramitaron a tiempo las ayudas que llevaba décadas concediendo el Ministerio de Cultura—, o que se hayan perdido por primera vez en 30 años espacios como la Bodega de Los Apóstoles en González Byass —uno de los escenarios más mágicos del certamen— y la sede del Consejo Regulador, lugar de convivencia y encuentro por antonomasia de estos 16 día de maratón jonda. En su lugar, un centro social a las afueras del centro neurálgico de la muestra y un tabanco donde no hay prácticamente espacio para unas ruedas de prensa a las que antes los artistas hacían de todo por llegar.
Competencia a sí mismo: pérdida de internacionalización
La preocupación se desata por lo "descuidado" en lo interno, por lo caótico de una programación, que incluso —como reseñaba hace unos días en sus redes el presidente de la Cátedra de Flamencología, el especialista y crítico durante años en el Festival, Fran Pereira— llega a hacerse competencia a sí misma con programación externa a nivel privado (Fundación Cajasol el viernes pasado con un recital de Rosario La Tremendita, sin ir más lejos, a la misma hora que el Festival tenía programada oficialmente a Lela Soto), o que anuncia el Museo del Belén como atractivo diario para quienes llegan a la muestra (solo porque estas instalaciones dependen de Fundarte, fundación que gestiona y explota Villamarta). Ejemplos anecdóticos, si se quiere, pero que dejan ver que algo no marcha demasiado bien en la organización.
Tres de las personas que han asistido a todas las ediciones desde la fundación del Festival de Jerez hacen un diagnóstico de toda esta deriva. Apoya el encuentro otro especialista, David Montes, que además de colaborar en lavozdelsur.es es un clásico en muchos festivales de flamenco del mundo, de Pamplona a Nîmes.
En primer lugar, el director de escena y gestor cultural Francisco López, padre de la criatura, inventor en 1996 del proyecto cultural —fue director de la Fundación Teatro Villamarta desde esa fecha hasta 2014 — que ha contribuido a poner, más si cabe, a la ciudad en el mapa. En segundo lugar, José Manuel Gamboa y Kyoko Shikaze, especialistas que bajo diferentes responsabilidades, y también por el placer de disfrutar del encuentro flamenco en Jerez, han venido año tras año a la ciudad por estas fechas.
Los tres son de fuera, López cordobés de El Carpio; Gamboa, madrileño, escritor, crítico flamencólico e inspector de la SGAE; y Shikaze, japonesa, delegada en España de la revista flamenca nipona El Paseo, y una mujer que dejó su país por amor al flamenco para instalarse progresivamente en Sevilla desde finales de los 80. Los tres son voces más que autorizadas para valorar el estado de salud que presenta un Festival que aman con fervor, pero que temen que se diluya en la nadería más absoluta o, directamente, se pierda.
Los tres representan a esa mirada externa que siempre promovió un Festival que, paulatinamente, se ha ido haciendo por mor de diferentes intereses más local, con menos visión global. "Hasta las propuestas son parecidas, he visto cuatro seguidas de introspección del artista, que sale a la luz, ¿no hay nada más que contar?", se queja López, sobre el criterio artístico de un cartel que ha perdido "el discurso". Un hilo conductor que ofrezca diversidad y variedad de temáticas y propuestas, con acento internacional "porque esto siempre se pensó para atraer gente de fuera". "Conozco cursillistas que no vienen porque no se les puede engañar con una pérdida tan brutal de maestros en el claustro de los cursos, o con propuestas muy flojas. La danza contemporánea ya se ve de primer nivel en Ámsterdam, aquí no vienen para ver eso y encima que sea de mala calidad", apunta Montes.
Fortaleza "absoluta" como marca, pero "eso se va vaciando poco a poco"
"El Festival de Jerez, como marca, tiene una fortaleza absoluta, pero eso se puede ir vaciando poco a poco; y ese es el peligro. ¿Cuál es la solución? Volver a las esencias del Festival, a su sentido y al alma. Por supuesto, puesto al día, no a 1997, pero hay que volver al alma, no a una sucesión de espectáculos y actividades sin ton ni son y que el argumento sea que da igual porque viene mucha gente", subraya el encargado de la programación de la muestra entre 1996 y 2008, cuando cedió el testigo a Isamay Benavente, que se mantuvo en el cargo hasta su salida rumbo a la dirección del madrileño Teatro de la Zarzuela hace ahora tres años.
"El Festival está viviendo de las rentas, pero de eso se vive hasta que se agotan", mantiene Gamboa, que recuerda que "aquí no solo veías estrenos, veías cosas que ya habías visto en otros escenarios, pero porque eran excepcionales. Pero ahora no veo una cabeza pensante aquí que realmente seleccione propuestas con lo mejor de la danza española y flamenca, y con los nuevos talentos de todas partes". "Yo creo —apunta Shikaze— que todo malo, malo no es; pero vale que no hay criterio en la programación y que mucha gente de Madrid o especializados ya no viene".
Y luego, al margen de la oferta artística, está lo que Francisco López entiende como "falta de cuidado interno". "Insisto mucho en esa idea del Festival por dentro, porque entiendo que ahí está su fortaleza real, y este año por ejemplo no he dado crédito en lo que ha sido la gala de entrega de premios, con apenas dos personas que estábamos como asistentes, ajenos digamos a la organización o a los premiados; o al hecho, sin ir más lejos, de que hayan desaparecido las votaciones para el Premio del Público. ¿Ya no hay, se ha perdido, cuándo se ha anunciado? Se presentó el 30 Festival de Jerez una semana antes en Madrid... cosas que como para cubrir el expediente y que van dejando la casa cada vez más vacía".
"Aparte de ser un proyecto evidentemente de cara a la ciudad, de cara a que esta ciudad fuese una ciudad homologable a otras capitales de provincia o a capitales de provincias similares, y a llenar un vacío que era total desde el punto de vista de la difusión de las artes escénicas, y todos los aspectos formativos y de relación con la educación, la otra cuestión es que había que apostar por unos proyectos de trascendencia más allá de la propia ciudad: por un lado fue el Festival de Jerez y por otro, el Centro Lírico del Sur", rememora el ex director del Villamarta.
"Por más que el cante fuese el gran producto de la ciudad, la necesidad estaba cubierta con el verano flamenco y las peñas, pero aquí hablábamos de algo fuera del verano y que contribuyese a la economía de la ciudad con gente de fuera". Y se consiguió.
Un millar de cursillistas empezaron a venir cada año, entre febrero y marzo, fuera de la temporada alta de los grandes eventos, a la ciudad. "Una de las cosas que más echo en falta hoy en día es que no tenga la misma entidad un programa formativo con el de actividades complementarias. Era un sitio no solo de exhibición, sino de convivencia del flamenco y en relación con las demás artes".
"Muchos artistas han hecho grandes esfuerzos —en cachés, en formas de pago...— porque sabían que tenían que estar en Jerez sí o sí"
"Eran los vértices de un mismo triángulo —profundiza López— y solo hay que ver las programaciones de aquellos años. No solo daba cursos el maestro José Granero es que luego estaba en el patio de butacas junto a otros maestros viendo los espectáculos", recalca, no sin añadir que, a su juicio, "el Festival tiene que generar toda una dinámica de todo el año en torno al flamenco y luego, se organizaban los contenidos sin sorpresas, siempre sabiendo qué tipo de espectáculos te ibas a encontrar, y con un discurso hasta en el área formativa, con nombres rotundos, y con un certamen coreográfico. Echo de menos, y esa es una de las amenazas, es que, más allá del éxito cuantitativo, es la pérdida del sentido del Festival y del cuidado interno del Festival, que siempre ha sido un sitio de encuentro".
Sobre la descentralización del Festival a zonas como las del Blas Infante, perdiendo ese hecho diferencial de la cercanía a todos los sitios, no por ejemplo como ocurre en Sevilla y su Bienal, Kyoko es rotunda: "Ese sitio no es". Después de imponer los trasnoches del Festival, con aquella emblemática peña de los jartibles, Gamboa y Kyoko también apuestan por recuperar la esencia que movía un festival que estaba entre los más prestigiosos del mundo y que, en su especialización, se convirtió en el escaparate donde todos tenían que estar.
"Aquí se han vivido muchas épocas muy malas económicas, y muchos artistas han hecho grandes esfuerzos —en cachés, en formas de pago...— porque sabían que tenían que estar en Jerez sí o sí", remarca el escritor y crítico flamenco al hilo de su diagnóstico sobre el estado de plenitud y madurez de una marca que, 30 años después de ver la luz, resiste pese a todo.
