Camino de cumplir 90 años, este histórico edificio sigue siendo uno de los puntos de encuentro tanto del foráneo como del jerezano de a pie.

No hay turista que venga a Jerez y no se haga una foto con el Gallo Azul de fondo. Este edificio es un icono emblemático para la ciudad, siendo uno de los imprescindibles en postales y folletos turísticos. Atribuido a Aníbal González, al que también se suele vincular pero parece que de forma errónea con la estación ferroviaria, fue un regalo de la familia Domecq a la ciudad de Jerez. Proyectado en 1927 y concluido en 1929, su estratégica situación, en pleno centro de la vida urbana, y su belleza estética hacen de él un edificio notable y singular.

Llámenlo regionalista o historicista, como se suelen denominar muchas de las obras del arquitecto sevillano Aníbal González. En este caso, según afirma el doctor en Historia del Arte Fernando Aroca Vicenti, el Gallo Azul tira hacia algo más clasicista, como denotan su porte y sus columnas de mármol blanco del primer cuerpo y las pilastras de los balcones de los pisos segundo y tercero. Lo cierto es que el parecido estético del Gallo Azul con otras obras de Anibal González es evidente y pensando en ello, me vienen al recuerdo algunas de sus casas sevillanas, como la de la calle Pureza del barrio de Triana.

Ladrillo visto y un solo pero gran azulejo con la firma de Pedro Domecq. El Gallo Azul fue construido por la familia Domecq pero donado a la ciudad a causa precisamente de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Con su construcción, Jerez no solo ganó un edificio singular sino una configuración urbana más moderna, acorde a la época, y previa a los ensanches de mediados de siglo. Desde su construcción, su uso ha estado vinculado con el sector de la hostelería, siendo utilizado como bar, restaurante, heladería o café, pasando por diferentes propietarios y concesiones.

Sobre el paso del tiempo nos podría hablar mejor el león que bebe una botella de brandy rota, emblema de la marca Fundador, que lleva enfrentado, literalmente, al Gallo Azul desde 1934, cuando se construyó el reloj que preside el centro de esta plaza. En otro tiempo, un luminoso de González-Byass, también enfrente, competía con el del fino La Ina, ayer de Domecq y hoy de la marca Lustau, que preside el Gallo Azul.

Camino de cumplir 90 años, este histórico edificio sigue siendo uno de los puntos de encuentro tanto del foráneo como del jerezano de a pie. Y es que el Gallo Azul hace de Larga lo que Metrópolis de Gran Vía. O al menos, eso es lo que me parece. Tal vez deberíamos potenciarlo.

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