Dos caras de la música eslava del siglo XIX

La crítica de Villamarta. Dvořák y Tchaikovsky centran el recital de la Orquesta Filarmónica de Málaga en Jerez

orquesta_sinfonica-2.jpg
orquesta_sinfonica-2.jpg

En la primera parte de la velada se interpretó el Concierto para violín en la menor, Op. 53 (B. 108), de Antonín Dvořák (1841-1904), compuesto en 1879, pero que no sería estrenado hasta el 13 de octubre de 1883, en Praga, por František Ondříček, que también realizó las primeras interpretaciones públicas en Viena y Londres. Dvořák encontró la inspiración para su creación tras una reunión con el compositor, director de orquesta y violinista Joseph Joachim en 1878. Escribió la obra con el propósito de dedicársela. Sin embargo, cuando al año siguiente finalizó la pieza, Joachim se mostró escéptico debido a los rígidos conceptos clasicistas que chocaban con soluciones como la abrupta ruptura del tutti orquestal del primer movimiento o la breve recapitulación que llevaba directamente al segundo movimiento lento.

Tampoco fue de su agrado la persistente repetición contenida en el tercer movimiento. No obstante, Joachim nunca manifestó su opinión de modo abierto y su pretexto para no interpretar la obra fue que se encontraba editando la parte solista, algo que nunca hizo ya que no llegó a tocar la pieza en público. A pesar de estos obstáculos, la composición terminaría consagrándose como una de las más importantes del repertorio, a través de intérpretes tan destacados como Bronislaw Huberman, Peter Zazofsky, Itzhak Perlmam, Anne-Sophie Mutter, Salvatore Accardo o Gil Shaham.

La violinista eslovaca Andrea Sestakova, concertino de la Orquesta Filarmónica de Málaga, se enfrentó al difícil cometido solista con solvencia, fraseando con cuidado cuando procedía, controlando el legato y atendiendo a los múltiples cambios dinámicos que exige la partitura. La precisa dirección de Manuel Hernández Silva fue el soporte necesario para que la prestación de Sestakova se resolviera adecuadamente.

La segunda parte del concierto estuvo ocupada por la Sinfonía nº 6 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893), escrita entre febrero y finales de agosto de 1893, e interpretada por primera vez en público en San Petersburgo el 28 de octubre de ese año, bajo la dirección del propio compositor justo nueve días antes de su muerte. La segunda ocasión en que fue ejecutada, conducida por Eduard Nápravník, sería veinte días más tarde, durante un concierto en memoria del músico. Se ha convertido, justamente, en una de las piezas fundamentales en el repertorio sinfónico. Así lo acredita la larga lista de prestigiosas orquestas que han prestado atención y esfuerzos a esta obra: las filarmónicas de Viena, Berlín, Londres o Nueva York; las sinfónicas de Chicago y Los Ángeles; o el Concertgebouw de Amsterdam. Asimismo, directores tan importantes como Leonard Bernstein, Herbert von Karajan, Sergiu Celibidache, Eugene Ormandy, Carlo Maria Giulini, Claudio Abbado, Georg Solti, John Barbirolli, Mstislav Rostropovich, Ferenc Fricsay, Rafael Kubelik, Bernard Haitink, Daniel Barenboim, Riccardo Muti, Lorin Maazel, Yuri Temirkanov, Seiji Ozawa, Antonio Pappano o Valery Gergiev.El adjetivo de Patética que recibe la sinfonía no se debe a Tchaikovsky, sino que sería sugerido por su hermano menor, Modest, que empleó el término ruso de patetícheskaya, es decir, “apasionada” o “emotiva”, una traducción mucho más acorde con el contenido muy sentimental de la partitura, no necesariamente sombrío. No obstante, denominarla “patética” se ha abierto camino por razones extramusicales derivadas del suicidio del compositor algo más de una semana después del estreno de la sinfonía. La interpretación más insistente observa la pieza como una retrospectiva autobiográfica del compositor que desemboca en un “réquiem” para sí mismo, como resultado de su próximo fin.

La excelente dirección Manuel Hernández Silva se enfocó más hacia el carácter que señala el significado ruso más literal. En otras palabras, lo “emotivo” prevaleció sobre lo “patético”. Su gestualidad fue poco convencional, a veces mínima, pero efectiva a juzgar por el muy óptimo resultado. En el primer movimiento subrayó la vertiente melancólica ya desde los primeros compases y el fagot presentó el tema inicial con el adecuado tono sombrío y trémulo. Por otra parte, la meticulosidad que Tchaikovsky exige en las dinámicas fue resuelta con suficiente rigor por director y orquesta. Asimismo, cuando la cuerda entona una frase ascendente, en adagio, que lleva al andante, en el cual se expone el segundo tema del allegro, el enfoque fue equilibrado, respondiendo a los múltiples contrastes con una solvente articulación. La sobresaliente inspiración melódica de Tchaikovsky y su talento planificador son un vehículo para que los intérpretes, sin responden adecuadamente a las demandas de la partitura, pongan de relieve sus cualidades, como fue el caso en términos generales.

El segundo movimiento es estructuralmente el menos complejo. Tiene forma ternaria, con una primera sección A, un trío o sección B, repetición de la sección A y una coda o resumen; y está escrito en el inusual compás de 5/4. La interpretación cuidó la exposición clara de todo ello.

El tercer movimiento es un scherzo en forma de marcha, aunque tenga sus  peculiaridades como tal. Aquí orquesta y director expusieron el perpetuum mobile, es decir, el tema que se repite recurrentemente, matizando las oportunas variaciones armónicas y melódicas. Fue vibrante, extrovertido y expansivo; tanto que a su término parte del público aplaudió a destiempo.

En el cuarto movimiento el material melódico es sencillo pero de gran intensidad emocional. La exposición de los temas por parte de los intérpretes fue elocuente y permitió que el oyente percibiera la singularidad compositiva establecida por Tchaikovsky. El tema inicial (o grupos de temas) consiste en una idea descendente de orquestación muy original, ya que está tocado por los violines primeros y segundos, pero, en lugar de asignar a los violines primeros la melodía y a los segundos el acompañamiento, el compositor entrecruza las voces. Aunque el resultado final es la melodía completa, los violines la tocan de modo trenzado. Es decir, que por separado ambas voces no tienen sentido, pero cuando se tocan a la vez sí la oímos en su verdadero sentido. El coral de la coda, encomendado a trompas, trombones y tubas, fue tocado en el rango p a ppppp de modo apropiadamente suave. Los contrabajos susurraron una nota pedal, la tónica. Finalmente, entraron los violines con una progresiva disminución del sonido hasta dejar sólo a los contrabajos con su nota si hasta que se cedió paso al silencio total.

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga. Sábado 18 de noviembre de 2017. Teatro Villamarta de Jerez. Andrea Sestakova, violín. Manuel Hernández Silva, dirección musical. Dvořák: Concierto en La menor, Op 53 para violín y orquesta. Tchaikovsky: Sinfonía nº6 en Si menor Op 74 Patética.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído