Creo que, cuando uno va a ver una nueva versión de un clásico —sobre todo cuando viene de un autor de altura—, espera encontrar algo que conoce y algo que lo sorprenda. Si no hay sorpresa, no hay riesgo. Y si no hay riesgo, no es una versión nueva, sino una versión repetida, que cumple su función de buen eco para que un clásico se perpetúe.
El sábado 31 de octubre, en Jerez, en la Sala Compañía, estuvieron varios viejos conocidos durante poco más de una hora: un comendador, una chica llamada Inés y un tal Tenorio —creo que el nombre de pila era Juan—. Vinieron, gracias al apoyo de la ACdP y la Universidad CEU Fernando III, de la mano de José Mateos (autor del texto) y Emilio Rosales (único actor), miembros de Producciones El Dramaturgo.
El subtítulo de Don Juan Tenorio era Ensayo dramático. José Mateos, como un Juan de Mairena, fue sacándoles juego y jugo, con discursos, a las diferentes partes que componen la historia. Y entre discurso y discurso, metió con hilo fino unos monólogos en octosílabos, con los que cada personaje se describe y se descubre, según expresa lo que siente y piensa. Y ya se sabe, cuando se quiere dejar el hilo, hay que clavar la aguja. Y algún verso queda así, como clavado en la memoria, a base de repeticiones acertadas: "Pero el perdón puede más".
Emilio Rosales fue el único actor, pero parafraseando a Walt Whitman, albergó multitudes. Fue un profesor de una master class cuando hizo de narrador; un chulo deleznable en un primer don Juan; una afable doña Inés, con sus manitas giradas de ternura; un don Juan redimido por el amor y un don Juan que repite en la piedra; además de un comendador temible, de ultratumba, con la luz incidiendo desde debajo en medio de la niebla.
No había show. Ni disfraces. O sí, pero de atrezo. Solo un hombre; un hombre que se transfiguró y que, con su cambio, fue capaz de cambiarnos al resto, es decir: la catarsis del arte que tiene verdad dentro.

- Público en la Sala Compañía.
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Porque todos conocemos a quien vive obsesionado con el placer, en ese estadio estético. Quizás seamos nosotros mismos. También conocemos a quienes viven en el estadio ético, en el de la moral estable que no le pone el cuello al yugo del capricho. Pero qué difícil es llegar al estadio en el que José Mateos posa a doña Inés, que es capaz de mirar con los ojos de un dios, con los ojos del más misericordioso de los dioses y decirle que vea, en en el asesino de su padre, en un golfo, lo bueno que ella sabe que existe en su corazón. Ella sabe que Dios lo ha visto; y sabe que le debe la obediencia que le juró a quien todo lo puede; por eso, después de pedir le dice —no recuerdo con qué palabras en concreto—: "Hágase tu voluntad, Señor".
El amor salva al hombre que ha cruzado un infierno —el segundo círculo según Dante— y doña Inés, es una especie de Beatriz que guía hacia la salvación a un don Juan arrepentido. Don Juan quería el más grande de los retos, la novia más inalcanzable: la Amada del Amado. Pero el amado lo hace amante con una mano tierna, con una mano que ora.
La justicia poética del canalla que muere queda sobrepasada por la piedad, por el amor, por el perdón, que es un don que, verdaderamente, nos da una vida nueva dentro de la misma vida. "Pero el perdón puede más…".
La 'trompada'
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