cultura

Reseña de 'El mar interior y otras singladuras', de Antonio Sánchez Villar

Ilustraciones de Kim Aubert, Colección A la ya te veré, N. 3, Ediciones Pandora, Sevilla, 2026

  • Reseña de 'El mar interior y otras singladuras', de Antonio Sánchez Villar.

El volumen 3 de la colección reúne un poker de ases, pues el editor Pedro Tabernero muestra sus cartas, un prólogo exacto, sensible y literario que firma el escritor Ángel Olgoso, unas ilustraciones determinantes, precisas y vitalistas del artista, legendario creador de historietas en una publicación única como El Jueves, y la desbordante fantasía, prosa de alta y esmerada altura del joven escritor Antonio Sancho Villar. En definitiva, una publicación magistral que discurre entre míticos horizontes, sueños profundos y hasta la revelación de un cierto canibalismo universal, todo bajo una perspectiva no exenta de ironía. Con mayor precisión nos lo describe Ángel Olgoso en su prólogo: “la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico”. Cumpliendo con las premisas de la colección, es decir, recoger un ecleticismo literario e inteligente que da rienda suelta a relatos de imaginación, haikus, textos fantasiosos y, por supuesto, una nómina de ilustradores que nos hacen ver el necesario y solidario compromiso de distintas artes, proponiendo unas lecturas paralelas, complementarias, otra mirada desde la simbiosis, el volumen El mar interior se compone de nueve relatos, “El capitán”, “El hombre continuo”, “El sabor de un dedo”, “El fantasma que fuma”, “El fantasma que ladra”, “El mar interior”, “Ocultismo ocular”, “Un relato sin título” y “Amigos, después de todo”. En gran medida, es el día a día sobrenaturalizado, fantasmas atraídos por pantominas, atrapados en lo material por tener asuntos pendientes, incluso como objetivo vital y llegar a ser un fantasma feliz,una escritura que permite no discernir entre dormirse y desmayarse, reafirmando la fantasía como territorio sin límites de la literatura. De hecho, en un relato excepcional que lleva el título del libro, “El mar interior”, Antonio Sancho reivindica esa tradición literaria que ondula por esperpentos, mágicos surrealismos, lo imaginativo empoderado, tirando de Galdós: “Entregábase el hombre a una solitaria labor de vida imaginada, trajín muy propio de mareantes, apartados del mundo en largas travesías”. Un mar interior que conforma entrañas, estructura oleajes evolutivos, vertiginosos remolinos y el torbellino indispensable de la escritura, prendiendo la mecha del milagro, errancia titulada de inefables aventuras y fantasmas polifacéticos, pues “El mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”.

Todo ese mundo puede igualmente representarse con el dibujo preciso y simbólico de Kim Aubert, referencia indiscutible de historietas en revistas satíricas, musicales o de otro corte como Ajo blanco, Penthouse, Play boy. Hoy, por interés y seguridad nacional, rescatamos aquella magnífica serie de “Martínez el facha”. Su trabajo y el reconocimiento unánime, como por ejemplo el Premio Nacional de Cómic, lo fijan como emoción viva del arte del dibujo, o si se prefiere, como narrador visual que se deja seducir por insólitas historias, que visualizan realidades evidentes así como sus fabulosas percepciones. Autor y dibujante se unen en la consigna de elaborar crónicas de extrañeza, indisolubles páginas de belleza y ternura. Desde la portada, con un barquero en una balsa, trajeado y dirigiéndose hacia la otra orilla, donde esperan la esperanza humana y, tal vez, la confusión entre una arquitectura distópica, una metáfora de cadenas y pinzas o el esqueleto de un enorme pez (cierto que en el primer relato, ya aparece un tiburón disecado, también aparecerá en otro relato, un pez en una bañera), una imagen impactante por presentar lo inesperado que se refuerza con el color  negro  que define las líneas, el amarillo presente en tonalidades claras, verdosas y grisáceos. Algunas ilustraciones en blanco y negro, parecen grabados con cierta estética de grafismo contemporánea, jugando un papel clave el relieve. Por ejemplo, en el relato “El capitán”, la escena alude a una taberna marinera “Neptuno”, con el tiburón disecado que mencionamos anteriormente, arpones, botellas, bitácoras, caracolas. En otras ocasiones, además del negro, blanco, el amarillo pálido se encargará de sombras y luces, el marrón ocre será el tono principal, como en el relato “El fantasma ladra” que presenta al personaje durmiendo junto al perro llamado Café que fallece y que humanizado tomará forma de fantasma. En “Ocultismo ocular”, las líneas detalladas para temas cuando menos transgresores, abrir una consulta de ocultismo entre una cerería y un sex-shop, buscan el estilo underground, del que Kim Aubert es pionero fundamental. Al ocultista se le confunde con el oculista, el malentendido detonará todo tipo de situaciones exuberantes que terminarán con el ocultista huyendo junto a su secretaria zombie, para montar una consulta de taumaturgo, evitando así los agobios que le produjeron la confusión lingüística. Bien es verdad, que muchos clientes entraban buscando un traumatólogo. De igual modo, El mar interior encierra elementos de un bestiario. Hemos visto peces, pero surgen aves con un estilo evocando al surrealismo a las estampas góticas, tonos sepia como en “Un relato sin título” donde la joven protagonista embarazada aparece de la mano de un esqueleto. En otras ocasiones, serán ilustraciones nostálgicas, con cierto romanticismo y ternura, sin desmerecer el toque de atención denunciador, pues la estampa es una pareja de ancianos viviendo un momento relajado; eso sí, el hombre en un sillón, la mujer en una silla.

El mar interior y otras singladuras es puro placer visual, lectura de natural asombro, porque el día a día se va transformando ante nuestros ojos. Páginas que nos recuerdan que lo bueno de los milagros es que a veces se producen mediante licores y ron, otras vidas bajo la tierra, atmósferas talladas por encima de la tierra, y las grandes preocupaciones humanas, el amor, el deseo, la muerte, el temor,  que deliran crean metamorfosis sin parangón. Por más que lo horrible deambule ante nuestra puerta, la facultad de ver de otro modo nos sobresaltará y aprenderemos a atrapar lo imprevisible, lo letal,   porque “cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

El volumen 3 de la colección reúne un poker de ases, pues el editor Pedro Tabernero muestra sus cartas, un prólogo exacto, sensible y literario que firma el escritor Ángel Olgoso, unas ilustraciones determinantes, precisas y vitalistas del artista, legendario creador de historietas en una publicación única como El Jueves, y la desbordante fantasía, prosa de alta y esmerada altura del joven escritor Antonio Sancho Villar. En definitiva, una publicación magistral que discurre entre míticos horizontes, sueños profundos y hasta la revelación de un cierto canibalismo universal, todo bajo una perspectiva no exenta de ironía. Con mayor precisión nos lo describe Ángel Olgoso en su prólogo: “la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico”. Cumpliendo con las premisas de la colección, es decir, recoger un ecleticismo literario e inteligente que da rienda suelta a relatos de imaginación, haikus, textos fantasiosos y, por supuesto, una nómina de ilustradores que nos hacen ver el necesario y solidario compromiso de distintas artes, proponiendo unas lecturas paralelas, complementarias, otra mirada desde la simbiosis, el volumen El mar interior se compone de nueve relatos, “El capitán”, “El hombre continuo”, “El sabor de un dedo”, “El fantasma que fuma”, “El fantasma que ladra”, “El mar interior”, “Ocultismo ocular”, “Un relato sin título” y “Amigos, después de todo”. En gran medida, es el día a día sobrenaturalizado, fantasmas atraídos por pantominas, atrapados en lo material por tener asuntos pendientes, incluso como objetivo vital y llegar a ser un fantasma feliz,una escritura que permite no discernir entre dormirse y desmayarse, reafirmando la fantasía como territorio sin límites de la literatura. De hecho, en un relato excepcional que lleva el título del libro, “El mar interior”, Antonio Sancho reivindica esa tradición literaria que ondula por esperpentos, mágicos surrealismos, lo imaginativo empoderado, tirando de Galdós: “Entregábase el hombre a una solitaria labor de vida imaginada, trajín muy propio de mareantes, apartados del mundo en largas travesías”. Un mar interior que conforma entrañas, estructura oleajes evolutivos, vertiginosos remolinos y el torbellino indispensable de la escritura, prendiendo la mecha del milagro, errancia titulada de inefables aventuras y fantasmas polifacéticos, pues “El mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”.

Todo ese mundo puede igualmente representarse con el dibujo preciso y simbólico de Kim Aubert, referencia indiscutible de historietas en revistas satíricas, musicales o de otro corte como Ajo blanco, Penthouse, Play boy. Hoy, por interés y seguridad nacional, rescatamos aquella magnífica serie de “Martínez el facha”. Su trabajo y el reconocimiento unánime, como por ejemplo el Premio Nacional de Cómic, lo fijan como emoción viva del arte del dibujo, o si se prefiere, como narrador visual que se deja seducir por insólitas historias, que visualizan realidades evidentes así como sus fabulosas percepciones. Autor y dibujante se unen en la consigna de elaborar crónicas de extrañeza, indisolubles páginas de belleza y ternura. Desde la portada, con un barquero en una balsa, trajeado y dirigiéndose hacia la otra orilla, donde esperan la esperanza humana y, tal vez, la confusión entre una arquitectura distópica, una metáfora de cadenas y pinzas o el esqueleto de un enorme pez (cierto que en el primer relato, ya aparece un tiburón disecado, también aparecerá en otro relato, un pez en una bañera), una imagen impactante por presentar lo inesperado que se refuerza con el color  negro  que define las líneas, el amarillo presente en tonalidades claras, verdosas y grisáceos. Algunas ilustraciones en blanco y negro, parecen grabados con cierta estética de grafismo contemporánea, jugando un papel clave el relieve. Por ejemplo, en el relato “El capitán”, la escena alude a una taberna marinera “Neptuno”, con el tiburón disecado que mencionamos anteriormente, arpones, botellas, bitácoras, caracolas. En otras ocasiones, además del negro, blanco, el amarillo pálido se encargará de sombras y luces, el marrón ocre será el tono principal, como en el relato “El fantasma ladra” que presenta al personaje durmiendo junto al perro llamado Café que fallece y que humanizado tomará forma de fantasma. En “Ocultismo ocular”, las líneas detalladas para temas cuando menos transgresores, abrir una consulta de ocultismo entre una cerería y un sex-shop, buscan el estilo underground, del que Kim Aubert es pionero fundamental. Al ocultista se le confunde con el oculista, el malentendido detonará todo tipo de situaciones exuberantes que terminarán con el ocultista huyendo junto a su secretaria zombie, para montar una consulta de taumaturgo, evitando así los agobios que le produjeron la confusión lingüística. Bien es verdad, que muchos clientes entraban buscando un traumatólogo. De igual modo, El mar interior encierra elementos de un bestiario. Hemos visto peces, pero surgen aves con un estilo evocando al surrealismo a las estampas góticas, tonos sepia como en “Un relato sin título” donde la joven protagonista embarazada aparece de la mano de un esqueleto. En otras ocasiones, serán ilustraciones nostálgicas, con cierto romanticismo y ternura, sin desmerecer el toque de atención denunciador, pues la estampa es una pareja de ancianos viviendo un momento relajado; eso sí, el hombre en un sillón, la mujer en una silla.

El mar interior y otras singladuras es puro placer visual, lectura de natural asombro, porque el día a día se va transformando ante nuestros ojos. Páginas que nos recuerdan que lo bueno de los milagros es que a veces se producen mediante licores y ron, otras vidas bajo la tierra, atmósferas talladas por encima de la tierra, y las grandes preocupaciones humanas, el amor, el deseo, la muerte, el temor,  que deliran crean metamorfosis sin parangón. Por más que lo horrible deambule ante nuestra puerta, la facultad de ver de otro modo nos sobresaltará y aprenderemos a atrapar lo imprevisible, lo letal,   porque “cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

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