foto_del_interior_del_libro
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El miércoles, 7 de septiembre, acudí al Jardín de La Luna Nueva para asistir a la presentación de una obra sobre los escritos de Sor Virtudes, un diario de cocina y de convento. Me habían dicho que el libro era el resultado de un juego de ficción en Facebook, una travesura interactiva en la que colaboran los amigos. Ya saben. Me habían dicho que a raíz de un texto que Natividad Montaño publicó en la red brotaron comentarios de los seguidores, enviaron fotos y cartas que generaron más textos… Pensé que todo era ficción, pero me equivoqué. Nada es ficción. Ya con el libro en las manos, veo que, efectivamente, está firmado por Sor Virtudes, que la monja existe, como también existen el carnicero, el Convento de Texas y el arroz con leche.

Carlos C. Laínez, el editor junto con Carmen Guerrero, lo aclaró todo al principio de la presentación. Lo de facebook no es verdad. Nati recibió el cuaderno de cocina de Sor Virtudes, una especie de diario, lleno de profundas dudas culinarias y teológicas. Al verlo, La Gata Editorial consideró que había material de sobra para elaborar un libro. Así que se pusieron manos a la obra. Especializados en libros ilustrados, estos editores realizan todo el proceso de forma artesanal. Ellos los imprimen, los cosen y encuadernan. Del cuaderno original sólo tuvieron que cambiar las imágenes. Se divirtieron mucho haciendo las fotografías de las monjas, en el jardín, con mucho calor. Luego hubo un trabajo duro de composición. Pero ha quedado tan bien, dice Carlos C. Laínez, que no parece un libro artesanal.

Nati nos leyó un bello texto en el que recordaba la relación de su familia con la lectura. Y se acordó de su tía Nati, memoria viva de la familia, que tenía noventa años, que contaba cuentos de miedo mientras vigilaba la comida. Recordó a su abuela, que leía las esquelas de la prensa todos los días y pasaba lista, comentarios sobre la vida y la obra del difunto. Para ella todos los periódicos se llamaban El Ayer y todas las difuntas eran niñas… El abuelo Antonio con una arrugada novela del oeste en las manos y unas canciones de carnavales antiguos que repetía en diferentes tonos según las circunstancias, si estaba enfadado… Soldado pobre en la guerra de África, trajo una medalla, mucho silencio, y este anillo… El abuelo Evaristo, preocupado siempre por su propia muerte, para adornar su angustia le colocó un apellido, tenía una “Angustia Sánchez”. Aficionado a los tratados de medicina natural, poseía una colección de libros de medicina donde Nati pudo comprobar que los baños de asiento son buenísimos para todo… Su madre, que leía novelas a la hora del desayuno. Su padre, que curaba nuestros males con bombones y libros, novela negra. Recordó a la bisabuela, propietaria de una carbonería, que hacía cartuchos de pisto y picón con las hojas de un tratado de medicina del siglo XVIII. “En todas las familias hay sombras y luces, pero a todos les doy las gracias, porque nos transmitieron el gusto por la palabra, nos contaron historias, nos cantaron canciones, nos regalaron la lectura como hecho cotidiano, y nos hicieron unos niños raros, raros, raros…”.

También se acordó del trabajo literario de los escritores caseros: “Quiero hacer un homenaje a todos esos escritores domésticos, humildes, discretos, celosos de su secreto… Escriben cuando tienen tiempo o se les ocurre algo. Nunca recibirán premios ni tendrán un público aburrido escuchando sus obras. Procuran divertirse y arrancar una sonrisa a sus amigos. Protestones y díscolos, pero sin perder las formas. Los escritores domésticos se reservan el derecho de rimar la lista del la compra y escribir rectas con florituras poéticas. Escriben en la cocina, en la sala de estar, con el ruido de fondo de los familiares hablando o la olla a presión. Su cerebro se divide en dos partes que funcionan de manera autónoma…”.

Hubo pruebas más que suficientes para demostrar que todo es real, que todas las monjas son reales y que los hechos narrados ocurrieron tal y como aparecen en el diario. La misma Sor Virtudes, atravesada por la ardiente espada del Arcángel Miguel, estuvo presente a través de un vídeo. Habló de su retiro en un convento a pie de playa, azotada por todos los vientos. Nos recomendó su cuaderno de cocina, donde encontraremos recetas y remedios para algunas dolencias  del cuerpo, consuelo para las penas del amor, formas de llegar a la experiencia mística… Suena el teléfono. El carnicero aparece por videoconferencia. Rememora y echa de menos las habilidades de Sor Virtudes. También acudieron unas cuantas monjas y leyeron algunas entradas del diario. Sin el hábito era difícil reconocerlas, pero eran ellas, no hay duda, las de las fotos. Por último, el hermano Evaristo, que le ha dado por las sardinas, leyó un brillante romance dedicado a Nati.

Me imagino que las altas esferas del clero han hecho correr por Facebook que todo es ficción, que todo es un invento de gente ociosa y atea pegada al ordenador y que nada de lo que se cuenta en el diario puede ocurrir en sus santas instituciones. Les dejo una muestra del Cuaderno de cocina de una monja confundida, un ejemplo de edición artesanal y de ingenio narrativo. Las gentes del clero dan mucho juego en la literatura. En las páginas de este divertido libro puede ocurrir de todo, como en las cocinas y en los conventos.    

1 de julio de 2013

San Esparquio

¡San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, líbrame de Sor Frasquita Rosa, que se me aparece por los pasillos, se esconde detrás de la cortina de la ducha y dentro del cajón del pan y me asusta… Dice Sor Orígenes que sigue buscando niñas para enseñarles el catecismo y tirarles pellizcos, que por lo visto murió en pecado mortal de un empacho de mazapán y polvorones de limón después de robar la reliquia del frenillo de San Ramón Nonato y en sus últimos años vagaba por los pasillos lamentándose de no haber conocido varón. Cuentan que gritaba las noches de luna lamentándose de no tener hombre, dicen que Dios la castigó a vagar eternamente por estas galerías del que fue antaño su convento hasta completar el álbum de las estampitas de las santas vírgenes y mártires de pecho seccionado, sin saber que la última es una virgen imposible. Ella tiene la culpa de que se me corte la mayonesa, de que no me suba el soufflé y de que se pierdan las cartas que manda el carnicero para explicarme cómo cocinar su carne…Y la carne me sale poco sazonada y con firmeza escasa, que no alcanzo a darle el punto al Solomillo Wellington que hace cantar a dúo al padre Jaime Javier y a mi Obispo, que no me sale jugoso el Ossobucco con quingombó que le levanta el ánimo a Sor Orígenes cuando echa de menos a las hermanas texanas. Y me abre el libro de recetas por la parte que dice: “Todos los corazones se pueden rellenar… El corazón es magro y necesita una cocción lenta, lo mejor es guisarlo o brasearlo. Un corazón relleno es para dos personas, excepto el de buey que es para cuatro”. Entonces me entran las ganitas de llorar y preparo trampas para ratones que llevan como cebo los restos de las fotografías del calendario de Bomberos Solidarios, pero Sor Frasquita no cae y me vuelve a asustar cuando destapo el bote de la vainilla y me sopla en la cara y me hace estornudar hasta quedar exhausta con una pena grande y dulce. ¡Ay, Virgencita, Virgencita!

Sobre el autor:

Juan Carlos González

Filósofo. 

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