Tribulaciones de una chica con talento: 'Gambito de dama'

Como otras historias sobre la épica del deporte, el atleta, en este caso más cerebral y psicológico que físico, debe aprender a desplegar sus dotes naturales siendo consciente a la vez de sus propias debilidades

Gambito de dama
Gambito de dama

Con el gambito de dama se sacrifica aparentemente un peón con el objetivo de aclarar el terreno central del tablero de ajedrez y así obtener una posición de dominio. Esta apertura convencional puede interpretarse como declaración de intenciones por parte del jugador con blancas de que su juego será agresivo. Podríamos entender el título de esta miniserie de Netflix como una proyección de la personalidad de su protagonista, la brillante y  atribulada ajedrecista Beth Harmon (Anya Taylor-Joy).

Gambito de dama es una serie sobre el milenario juego supuestamente inventado en Persia en el III a.C. y popularizado por los árabes en la Edad Media. Gran parte del argumento gira alrededor de los movimientos de las piezas sobre el tablero, de las estrategias de los jugadores para contrarrestar el juego del oponente y de la vida poco convencional y un tanto friki de los ajedrecistas profesionales. Esto no debe disuadir al espectador profano en el deporte cerebral por excelencia. La serie es sobre todo un bildungsroman, un relato de maduración, el que recorre Beth para saber quién es realmente y cuál es su relación con el mundo. Lo que resulta interesante en Gambito de dama, especialmente si no eres fan de Kaspárov (asesor técnico de los guionistas), es el proceso de autoafirmación de la protagonista, su aprendizaje de estrategias sociales y el pulso que mantiene contra sus adicciones.   

A finales de los años cincuenta en los Estados Unidos, la pequeña Beth (Isla Johnston) es testigo del suicidio de su madre, maltratada y abandonada por su marido. Permanece internada en el orfanato Methuen para niñas desde los nueve a los dieciséis años y en ese tiempo encuentra consuelo y afecto en las partidas de ajedrez a escondidas con el bedel, el Sr. Shaibel (Bill Camp), una figura paterna, con tendencia a empinar el codo, que descubre pronto el prodigioso talento de la pequeña.

Como otras historias sobre la épica del deporte, el atleta, en este caso más cerebral y psicológico que físico, debe aprender a desplegar sus dotes naturales siendo consciente a la vez de sus propias debilidades. Beth es una atleta de las 64 casillas. El ajedrez, como la pelota para el Pelusa, es para ella una primera guía en el mundo exterior de los adultos, su forma de comunicarse con los demás, de dejar atrás una infancia y adolescencia marcadas por su orfandad. Frente al tablero Beth toma conciencia de su poder sobre los demás, del efecto que produce en sus adversarios, mezcla de admiración y respeto. Sin embargo, la exposición pública en el circuito ajedrecista, especialmente dominado por varones, la lleva de manera sutil, sin gestos dramáticos, a recurrir al alcohol y los tranquilizantes.

La trama se desarrolla sobre el telón de fondo de la guerra fría entre las dos grandes superpotencias de la postguerra.  Esa rivalidad entre los Estados Unidos y la Unión Soviética se ve reflejada narrativamente en el gran duelo entre la joven jugadora americana y Vassily Borgov (Marcin Dorocinski), el campeón mundial ruso -tan hermético como ella, pero más frío y con cara de póker todo el tiempo-, a quien teme y admira a la vez. 

Los norteamericanos podrían ir por delante en la carrera espacial o en el desarrollo de armamento nuclear, por contra los soviéticos dominaban incuestionablemente en el ajedrez y utilizaban este dominio para hacer propaganda de las bondades del socialismo. Al mismo tiempo la sociedad americana se dejaba acunar por la televisión, que llevaba las imágenes del deporte y el entretenimiento a las granjas de Kentucky y a los apartamentos del Bronx por igual.  Los telespectadores seguían entusiasmados el ascenso meteórico del joven de Chicago Bobby Fischer, genio precoz, extravagante y algo autista del ajedrez (quizá inspiración para el personaje de Beth), quien acabaría destronando al campeón mundial, el ruso Boris Spasski en el “match del siglo” en 1972.

Son muchas las cualidades que hacen de Gambito de dama una serie muy interesante, entre ellas la sofisticada puesta en escena de Scott Frank, una dirección artística muy elegante en la recreación de época de interiores, en el vestuario o la combinación de la música original para la serie con melodías populares del momento. Se sortea hábilmente el melodrama, para crear un ambiente de ligereza dramática e ironía hasta en los momentos más tensos. El sobresaliente trabajo de su intérprete principal, Anya Taylor-Joy, domina siempre el plano, sea corto o medio, con una mezcla de frescura adolescente, contención expresiva y el mínimo de palabras. Su mirada realmente hipnótica le sirve de escudo emocional y la cámara, como nuestra mirada, se queda enganchada a ella.

Gambito de dama es una serie con la dosis justa de análisis psicológico, de épica del deporte, de feminismo conciliador y de sofisticación en la puesta en escena, para hacerla muy interesante sin recurrir a la violencia, la sordidez o un lenguaje explícitamente soez. Muy recomendable.

Ficha técnica

Gambito de dama (Queen´s Gambit) (USA, 2020) Miniserie (7 episodios). Creadores: Scott Frank y Alan Scott. Dirección: Scott Frank.  Guion: Scott Frank (basado en una novela de Water Tevis). Fotografía:  Steven Meizler. Música: Carlos Rafael Civera. Productora y distribución: Netflix.  Intérpretes: Anya Taylor-Joy, Thomas Brodier-Sangster, Isla Johnston, Marcin Dorocinski, Bill Camp, Marielle Heller …

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Comentarios (1)

Shamir Hace 7 meses
Una reseña tan certera y equilibrada como la serie.
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