"No hemos venido a ocupar el lugar de los hombres, hemos venido a cambiar las reglas"

La abogada sevillana Pastora Filigrana, durante su intervención en la presentación de 'La Común', en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.
La abogada sevillana Pastora Filigrana, durante su intervención en la presentación de 'La Común', en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

Pastora Filigrana (Sevilla, 1981) representa gran parte de lo que el "sistema mundo" —como ella llama al establishment— repudia: es mujer, libertaria y gitana. Además de ser una activista feminista, sindicalista y abogada de la cooperativa Jarsia Abogados, la cual fundó en 2011 junto a dos compañeros. Filigrana, natural del barrio trianero El Turruñuelo, fue la primera de su familia en licenciarse, a pesar de no tener vocación por la abogacía. Lo suyo, lo que le nacía era luchar por los demás y combatir las injusticias sociales. Y al final es a lo que emplea cada uno de sus días.

La abogada sevillana visitó Jerez para participar en la presentación de la escuela de verano municipalista 'La Común', organizada por Ganemos Jerez, Ganemos Córdoba y Ahora Málaga, e intervenir en el balance del ciclo institucional desde el punto de vista de los movimientos sociales. Pastora Filigrana, más allá de tratar el tema de los feminismos y los derechos humanos, es también conocida por su incansable lucha contra el antigitanismo, un movimiento que "el orden vigente" estimula, ya que cada año, el barómetro del CIS repite un mismo dato: el 40% de la población española reconoce que le molestaría mucho o bastante que sus vecinos fueran gitanos.

En una época marcada por la crisis de identidad… ¿Cómo se identifica Pastora Filigrana?

Todas las personas estamos atravesadas por identidades diversas, según el lugar que ocupamos en relación al resto de la sociedad y del sistema mundo. Y bueno, las identidades que más me atraviesan son la de mujer, me identifico como mujer, la identidad gitana también me acompaña, tengo mucha conciencia histórica de la situación DE la que viene la mitad de mi familia..., también me identifico con el territorio en el que vivo, en el que he nacido, con Andalucía. He nacido en la capital, no en el medio rural, y eso también marca mi identidad, y he nacido en un barrio muy humilde de Sevilla. Y creo que mi identidad está bastante construida ahí. Y después las identidades que nos atraviesan como trabajadora, clase trabajadora, por supuesto que comparto con mucha gente que tenemos que vender nuestro esfuerzo de trabajo a cambio de los bienes básicos para la vida. Eso es lo que es la identidad de clase trabajadora.

¿Qué es ser gitano?

Yo creo que el gitano es una categoría política y no cultural. Nos han vendido que lo que diferencia a los gitanos del resto de sociedad paya es una cuestión cultural, de una forma de ser y de estar en el mundo. Que si bien es cierto que es un pueblo con una identidad cultural propia, la situación que juegan en el sistema socioeconómico es política. No es una cuestión voluntaria propia de la cultura, sino que esa cultura se infravalora, se pone en un segundo nivel, se hace subcultura, se subalterniza con la intención de justificar una situación material, real, histórica. Por eso decimos que es una categoría política y no cultural, y que la respuesta a la situación de la desigualdad y discriminación que sufre el pueblo gitano no debe abordarse desde políticas culturales, sino desde políticas materiales.

Yo siempre digo que si los gitanos no existieran habría que inventarlos porque el sistema económico necesita siempre de un grupo excluido que alimente estas bolsas de pobreza, esta exclusión, que sirve de prestación a la clase trabajadora, ¿no? Siempre que haya gente excluida va a haber gente dispuesta a trabajar en peores circunstancias que un trabajador que se encuentre en una situación de mayor ventaja de inclusión social. Por eso esos grupos subalternizados que son necesarios para el propio sistema económico siempre van a existir, en este lugar, en este territorio que habitamos en estos momentos, la población gitana es uno de estos grupos. Y si no fuera la población gitana sería sustituida por cualquier otro grupo.

Filigrana durante la presentación de 'La Común'. FOTO: MANU GARCÍA.

¿Qué valores aprendió en casa, los que mamó desde pequeña?

Siempre he considerado que mi pensamiento de izquierdas, comunista o libertario tiene que ver mucho con valores que yo he experimentado y he vivido. Yo siempre destaco dos que lo he visto a mi alrededor, a lo largo de mi vida y que lo llevo a la práctica, y que creo, además, que son valores emancipadores y que si todo el mundo lo ejerciera esta sociedad caminaría hacia la justicia social; y son: la colectividad, lo colectivo, el no pensarnos como individuos, sino pensarnos como parte de una comunidad que además se organiza desde el apoyo mutuo, las comunidades extensas, esa identidad de grupo que tiene el pueblo gitano creo que es un valor antisistema ante el modelo social y económico y lo llevo por bandera.

Y después otro de los valores es la respuesta antiautoritaria, el antiautoritarismo que caracteriza al pueblo gitano que de alguna manera u otra me han transmitido, eso de "antes rota que doblá", lo llevo en mi inconsciente colectivo. Y esa necesidad de buscar soluciones, autogestionar los conflictos y de no esperar que nuestros conflictos sean resueltos por una autoridad. El no acatar las órdenes de las que tú no participas. No acatar un poder que tú no has constituido, del que no has participado. Eso es lo que se llama antiautoritarismo, y creo que es una de las claves importantes de destacar en las formas de vida del pueblo gitano históricamente y también creo que es una de las estrategias de lucha sobre la que tenemos que construir la disidencia política actualmente.

¿Cómo celebraron en casa que usted se licenciara en Derecho?

Yo iba a ser la abogada de los gitanos desde los 9 años. Era una niña que estudiaba con facilidad, se me daba bien el cole, y bueno, la familia de obreros pobres, pues o son médicos o abogados. A mí me tocaba de abogada y parece que me convencieron y terminé siendo la abogada de los gitanos al mes siguiente de licenciarme. En mi casa se vive con orgullo, soy la primera licenciada de la familia, tanto por la parte paya como por la parte gitana, y ellos lo conciben como un orgullo y como una forma de desarrollo social. Yo soy un poco más crítica con lo que son la titulitis y las licenciaturas, pero también entiendo que son herramientas válidas para luchar por un mundo más justo. Por eso lo ejerzo.

Si los gitanos no existieran habría que inventarlos porque el sistema económico necesita siempre de un grupo excluido que alimente estas bolsas de pobreza

¿Sufrió discriminación en la Universidad?

Las discriminaciones que he sufrido en mi vida han sido varias, pero en la Universidad precisamente no he sufrido discriminación como gitana, pero sí de clase. Una niña de barrio, con estética de barrio, en una Universidad de Derecho en el centro de Sevilla, que el perfil era otro... Recuerdo que en el primer día de universidad, cuando entré en el servicio, había un escrito a boli en la pared que empezaba: "Vosotras anarcas, comunistas de mierda...". Y que por más que tuviéramos acceso a la educación pública, no llegaríamos nunca a hacer nada, porque eso nos estaba vetado. Y en la Universidad de Derecho en Sevilla, esa discriminación de clase, eso de no ser pija, ¿no? la verdad es que lo viví hasta el último año.

¿Recuerda el momento (a lo largo de su vida) en que se sintió más discriminada por ser mujer? ¿Y por ser andaluza? ¿Y por ser gitana?

En la discriminación por ser mujer, es algo que nos atraviesa a todas las mujeres, y creo que todas tendremos mil historias. Es algo que tenemos tan integrado, que forma parte de nuestra vida, que sean cuestiones tan sutiles como que no se nos tome en cuenta y tengamos que hablar más fuerte para que se nos escuche igual.

Por ser andaluza normalmente se siente cuando se sale de Andalucía y yo he tenido la suerte de no tener que vivir fuera de Andalucía, pero sí por mi trabajo como abogada he salido de Andalucía a ejercer... Y bueno, en un tribunal en Madrid, el hecho de ser mujer y ser andaluza, pues hace que tengas que poner el doble de productividad, de legitimidad en el discurso y en la forma de hacer para que te escuchen. Porque cuando empiezan a escuchar a una andaluza, sin querer, en el inconsciente colectivo, está escuchando a una limpiadora o un chiste. No parece que sea una abogada defensora. Y hasta que no llevas unos minutos hablando no empiezas a sentir que así lo es, ¿no?

Y por ser gitana sí, sí que tengo algunas situaciones, en el cole sobre todo, y después no porque he seguido un camino no muy gitano. Fui a la universidad y tengo una profesión que no es gitana, que es ser abogada. Sin embargo, los chistes, las coñas, las bromas, las culpabilizaciones, estos debates siguen desafortunadamente durante toda mi vida. Y seguirán existiendo.

¿Cuál ha sido la situación o frase machista que más le ha dolido?

Ahora no recuerdo una situación machista que sea la principal, pero sí que me ha dado coraje siempre que en una reunión, profesional o política, que un cliente esté más atento de lo que dice un compañero mío abogado hombre, que yo. Después se subvierte porque, bueno, tengo que reconocer que soy buena comunicadora y que utilizo formas de comunicación que está más identificado con lo masculino, lamentablemente es un método de supervivencia, y las conversaciones las suelo terminar reclamando mi espacio de atención. Pero siempre hay un obstáculo que me cuesta salvar porque al principio, simplemente por el hecho de ser mujer, el cliente hace la pregunta y espera siempre la respuesta de algún compañero que tengo sentado al lado y no de mí. Eso lo he vivido muchas veces.

Cuando empiezan a escuchar a una andaluza, sin querer, en el inconsciente colectivo, está escuchando a una limpiadora o un chiste

En una entrevista dijo: “No creo que haya que empoderarse para ocupar el lugar del hombre en la sociedad. Hay que desmontar la opresión y el privilegio”. ¿Cómo? 

Lo creo así. Hay un feminismo, un feminismo liberal, capitalista, que se nos ha vendido para solo una parte de la sociedad, para una clase de mujer, que es la mujer occidental que tiene acceso a estudios superiores. La igualdad se consigue por un esfuerzo personal de las mujeres, de llegar a tener la misma importancia política y pública de un hombre. Este es el feminismo que aboga por la inclusión de las mujeres en los puestos directivos, en las políticas... Es el feminismo que dice que las listas electorales tienen que ser cremallera y que las mujeres ocupen el mismo lugar de importancia que el hombre. Pero esto es una falacia, porque este modelo hay que desmontarlo entero.

No se trata de que exista una élite de representación, sino que exista una horizontalidad en el acceso tanto a la información como a los recursos, a la representación. A esto me refiero porque además es una falacia porque esto de que las mujeres estemos a la altura de los hombres y compitamos para estar en sus espacios solo lo puede alcanzar una parte de las mujeres, la inmensa mayoría de las mujeres se van a quedar fuera, como posiblemente la mayoría de los hombres que no son blancos y europeos, ¿no? Este tipo de lógica del feminismo es el que yo digo que hay que desmontarlo, no hemos venido a ocupar el lugar de los hombres, hemos venido a cambiar las reglas, a cambiarlo todo.

¿Cuál ha sido el caso más injusto al que se ha enfrentado?

He visto muchos. Pero los que más duelen, los que más te dan el pellizco son los de represión política. Son personas que se ven sentadas en un banquillo, no por algo que hayan hecho, sino por lo que son, por defender unas ideas que van en contra de este sistema mundo, este orden vigente que beneficia nada más a unos cuantos.

Sin embargo, lo que de verdad siento como una injusticia, que me quita el sueño y a lo que dedico gran parte de mi vida, es a la impunidad policial y a la tortura. A la impunidad de muchas violencias. Lo más frustrante cuando hay una persona que relata que ha sufrido agresiones y torturas por parte de los cuerpos del Estado, que esto va a un tribunal y ni siquiera te admiten la denuncia por falta de pruebas. El 99% casos de tortura son de este tipo y desde luego esta es la mayor lacra social que tenemos y es de las cosas que más me duelen en la barriga.

“Hola, llevo más de 400 mensajes de insultos, amenazas e incluso batidas de payos para buscarme y pegarme una paliza. No es una broma. Todo por escribir el artículo en eldiario.es. Pero no saldrá en ningún medio. Soy mujer y gitana”, dijo Silvia Agüero en un tuit. ¿Cómo sufrió usted el monólogo de Robert Bodegas?

Se sufre desde muchas vertientes. En la vertiente más visceral, la más humana, sientes mucha rabia, mucho dolor cuando ocurre un chiste de estos. Siempre, aunque te lo hagan en un bar, desde chica una aprende a sentir ese pellizco y valora. Lo de Robert Bodegas, con la repercusión mediática que ha tenido y toda la ola de antigitanismo que ha traído, pues se vive muy mal a nivel emocional porque te das cuenta lo frágil que es. Que te llevas una vida luchando por la representación y que eso se puede borrar de un plumazo, un montón de trabajo de sensibilización en los coles con los profesores, en los medios de comunicación, determinadas campañas... Con un medio de comunicación en tu contra, el antigitanismo que has tardado cuatro años en combatir, vuelve a ti en un día. Esto se vive con mucha impotencia y mucha rabia.

A nivel político yo tengo mi propia explicación de por qué ocurren estas cosas y sí creo que es político, no creo que el humor sea inocuo. Y cuando se hablan estas cosas y se hacen estos chistes, se está apuntalando determinadas discriminaciones que después se traducen en desigualdades materiales. A nivel profesional no soy partidaria de la persecución de los delitos de opinión, soy defensora por los derechos fundamentales. Aunque también creo que no voy a juzgar a nadie que utilice el derecho penal contra esto porque cuando en una situación histórica de exclusión, de persecución y opresión del pueblo gitano, lo que haya hecho el pueblo gitano y las organizaciones, no seré yo quien lo juzgue. En mi opinión yo no lo haría.

La abogada sevillana Pastora Filigrana, en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

Saray Borja, una gitana bilbaína feminista e independentista, dijo en un reportaje en El Mundo: “No hay una sola manera de ser mujer, ni gitana, ni de ser feminista”. ¿Qué opina?

Estoy muy de acuerdo con mi prima Saray Borja. No hay una sola manera de ser mujer, ni gitana, ni de ser feminista, por supuesto que no. Cada persona es según la identidad que le ha tocado, no se elige, es decir, el lugar en el mundo que le toca vivir. Lo que sí creo es que hay un enemigo común. Aunque somos diferentes sí hay un común, un enemigo en común que es muy grande, un monstruo, que hace que las mujeres, las mujeres trabajadoras, las mujeres gitanas estemos por debajo de lo que se considera lo humano, ese icono del varón blanco, burgués, occidental. Y este sistema mundo, organizado bajo esta premisa, nos une. Y cada una desde nuestra posición que nos ha tocado vivir, nos tocará hilar nuestras identidades, nuestra lucha para dar una alternativa.

Ella misma también dice: “Cuando las payas estaban en casa cuidando de sus hijos, la mujer gitana ya trabajaba fuera”. ¿Existe una estrecha vinculación (similitud) entre la mujer gitana y la andaluza pobre? 

Claro, lo que queda fuera de este paradigma, de lo blanco, lo burgués, lo heterosexual, lo varón, lo occidental, son aquellas formas de vida que por su propia forma de estar y ser en el mundo, pone en peligro el orden vigente. El orden vigente se basa en el individualismo y la competitividad, cualquier forma de vida que esté en contra del individualismo y la competitividad, que se articule desde lo colectivo y desde la cooperación, supone una amenaza al orden vigente, por eso, en mi hipótesis se ha reprimido históricamente al pueblo gitano, por eso las mujeres andaluzas con su forma de vida tradicional, o en los medios rurales, andaluces o no solo andaluces, pues han sido borrados del mapa porque no casaban con esta idea economicista de la sociedad. No son buenos productores y consumidores, y por eso son perseguidos. Por eso debemos hilar lo que nos une para articular los discursos y las estrategias de lucha.

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