La gripe española: la última gran pandemia que los médicos ‘curaban’ con café, tabaco, ajo y coñac

La “enfermedad de moda” mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo, tuvo un fuerte impacto en algunas provincias de Andalucía y se evitó en Canarias por una dura cuarentena que hoy aplicamos para evitar el contagio del Covid-19

Policías en Washington durante la pandemia de gripe española de 1918.
Policías en Washington durante la pandemia de gripe española de 1918.

“Una situación sin precedentes”. Una frase que se repite hasta la saciedad en estos extraños días, marcados por el confinamiento en países como Italia, España o Francia a causa del coronavirus Covid-19. Y para hacer frente a ella se propone como principal remedio restringir al máximo el contacto entre la ciudadanía, con una cuarentena que en China ha durado más de un mes, y que en España o Italia parece que va a extenderse más de los quince días inicialmente  previstos.

El aislamiento supone uno de los métodos más antiguos para prevenir el contagio de una enfermedad, siendo citado en la Biblia o aplicado por el califa omeya, Al-Walid, cuando hizo el primer hospital islámico en Damasco que separaba a los pacientes con lepra. Sin embargo, parece que fue en la Edad Media cuando el término “cuarentena” se estableció como modelo para prevenir de los contagios de enfermedades como la peste.

Unos espacios de tiempo centrados todos ellos en el “40” que encontramos en épocas posteriores: de la cuaresma cristiana al puerperio, ese plazo de 40 días que supuestamente también tardan las embarazadas en recuperarse, pasando por la cuarentena. Una “cuarentena” que hace referencia a los 40 días que Jesús ayunó en el desierto, a los 40 días que Moisés permaneció en el Monte Sinaí antes de bajar con las tablas de los Diez mandamientos e incluso también a los 40 días que esperó la Virgen María tras dar luz a Jesús para presentarlo a los sacerdotes del Templo de Jerusalén —hoy Fiesta de la Candelaria—.

Sea por las citas en el Antiguo Testamento, por algún tipo de saber antropológico que rodea a los cuarenta días como concepto, la cuarentena moderna deriva del italiano quaranta giorni, acuñada en las ciudades de la Italia renacentista, azotada por estas plagas. Sin aplicarse, salvo casos concretos, en países enteros desde hace años, la cuarentena se torna hoy como la solución a la crisis sanitaria global que afecta al mundo desde comienzos de año y que ahora tiene a Europa como centro: la amenaza del coronavirus de Wuhan. Una epidemia global que inevitablemente y salvando las grandes distancias que la separan, recuerdan a la Gripe Española de 1918 y 1919.

La última gran epidemia: 50 millones de muertos en todo el mundo

A poco de terminar la I Guerra Mundial y con los periódicos de las grandes potencias internacionales entre la censura y la propia información bélica, los medios españoles alertaban de “la enfermedad de moda” o “la fiebre de los tres días”, como también se le llegó a llamar en El Sol. También fue apodada como El Soldado de Nápoles por contagiosa y pegadiza, tal y como el coro de la serenata. En la prensa extranjera, la sobreinformación de esta epidemia en los periódicos de España le hizo ganar el sobrenombre de “gripe española” o “dama española” —The Spanish Lady—. Sin embargo, su origen no parece ser español.

Enfermos hacinados por la gripe española.

A excepción de un estudio reciente que cree que una de las cepas letales pudo desarrollarse en España, la tesis más extendida sobre el origen de la epidemia la sitúa en Estados Unidos en marzo de 1918. El cocinero del campamento militar Camp Funston de Kansas, Gilbert Mitchell, pudo haber sido el paciente cero. La nueva influenza al principio causó problemas respiratorios leves, no muy alejados de la gripe común que el mundo entero tiene registrada como enfermedad estacional desde la Baja Edad Media. Poco después se convirtió en la mayor epidemia del siglo XX, diezmando la población sin distinguir entre clases sociales ni orígenes étnicos.

Uno de los motivos, dicen los investigadores, pudo haber sido la falta de higiene en las trincheras o el hacinamiento, mientras que su rápida extensión se debe a la propia movilidad del desarrollo bélico, cuya participación norteamericana de marzo a abril de 1918 pasó de 85.000 a 1.200.000 soldados. Hasta un militar, tal y como sostiene José Luis Beltrán Moya, de la Universidad Autónoma de Barcelona, el general Erich Ludendorff llegó a manifestar que la derrota alemana "no se debió tanto al impacto militar de las tropas de refresco estadounidenses como a los efectos demoledores del virus que estas transportaron desde su país". Cierta o no, el virus fue en principio ocultado por las potencias que participaron en la Gran Guerra, y la proliferación de casos en Madrid en mayo del mismo año hizo de España el blanco perfecto.

Una circunstancia que para Antón Erkorera, director del Museo Vasco de Historia de la Medicina, uno de los especialistas sobre la gripe española, está justificada. Si el mayor y primer brote de esta parece haber tenido lugar en la capital española, ¿por qué no llamarla así? Otra teoría sugiere que este pudiera haber sido una mutación más letal de la propia influenza importada de Estados Unidos. Cefalea, dolor en las articulaciones musculares, fiebre alta, tos y secreción nasal e incluso tonalidad azulada en el rostro facial por la falta de oxígeno. Son los principales síntomas de aquella gripe, según Beatriz Echeverri, otra de las investigadoras sobre la epidemia y autora de La gripe española. La pandemia de 1918-1919.

Una de las imágenes de la pandemia que mató a más de 40 millones de personas.

En este estudio, Echeverri desgrana las tres fases de una gripe española: la de la primavera de 1918, la de otoño del mismo año y la del invierno del año siguiente. Todas ellas quitaron la vida a 260.000 españoles según sus datos y contagió a la mitad de la población española y a personalidades como el propio rey Alfonso XIII. En el resto del mundo, la cepa del H1N1 causó más de 50 millones de muertos. A diferencia de la gripe común, que normalmente se ceba con niños y mayores, afectó más a los adultos entre 20 y 40 años, si bien su tasa de mortalidad entre la población general fue de entre un 10% y un 20%.

Andalucía, entre las regiones con más muertos

En Andalucía la gripe española se hizo notar con gran incidencia, y fue una de las regiones más afectadas junto a la meseta sur, Extremadura y la actual Castilla La Mancha. Así, la primera y la segunda ola epidémica afectó fundamentalmente a las provincias de Cáceres, Badajoz, Córdoba y Cuenca. La tercera, por su parte, hizo lo propio con Segovia, Guadalajara, Toledo, Cuenca y Málaga, una de las zonas que más la sufrió. Huelva, Granada y Almería, tampoco se mantuvieron al margen, con índices bastante elevados.

Además de los chascarrillos y chistes sobre los primeros casos de la gripe española, en Madrid circularon todo tipo de rumores sobre el origen de la enfermedad, desde que era debida al origen de las obras para el metro, de las harinas llegadas desde América o de la aspirina de Bayer, "un invento diabólico de los alemanes para envenenar a la humanidad". Tal y como sostiene el historiador, "los médicos no ayudaron mucho". "Se prescribieron purgantes, quinina, café, ajos, fumar, cerveza, yodo y, sobre todo, mucho ron o coñac".

Uno de los motivos de la alta propagación del virus fue el poco caso que los pueblos y localidades hicieron a las recomendaciones del gobierno de aplazar festejos populares. Es lo que describe el investigador José Luis Beltrán Moya sobre las aglomeraciones en las fiestas patronales en la segunda fase de la epidemia. La celebración de un festejo en Becedas (Ávila) el primero de septiembre con asistencia de gente de Béjar (Salamanca), donde la epidemia ya causaba numerosos muertos, hizo que 800 casos aparecieran en el pueblo. Estos atribuyeron el contagio a "la creencia de que habían sido envenenados con la carne del toro sacrificado en la lidia de la fiesta".

https://www.youtube.com/watch?v=si6IkKSLYZE

El reclutamiento de los militares españoles y sus condiciones higiénicas o la vendimia francesa fueron otros de los motivos de gran propagación de la pandemia en el país. En el caso de la vendimia, medio millón de españoles volvieron de Francia a finales de agosto en ferrocarril. Seguramente entre ellos la nueva cepa del virus de la gripe los acompañaba.

La cuarentena y el clima que salvó a las Canarias de la última gran epidemia

Las duras medidas del Ejecutivo español para restringir la movilidad están sobradamente justificadas y, en principio, se espera que vean resultados a final de mes. Es el 26 de marzo cuando se prevé que la curva de contagios y de fallecidos por el Covid-19 por fin caiga en picado. Está demostrado que las cuarentenas funcionan, pero siempre que se apliquen con inmediatez y rigor. Son más eficaces en aquellos lugares que, por condiciones sociales, políticas o geográficas, puedan aislarse mejor.

Es posible que uno de los casos fuera el de las Islas Canarias. La gripe española de 1918, que llegó a alcanzar una tasa de mortalidad de más de 120 muertos por cada 10.000 habitantes en algunas provincias españolas, no pasó de 5 en las Islas Canarias, por lo que se mantuvo al margen de todas las oleadas de esta influenza. El tráfico marítimo en las islas fue restringido, y las condiciones climáticas contribuyeron además en una menor incidencia. Una circunstancia que se vio facilitada por la reducción de los flujos marítimos y el cierre de los mercados europeos ante la amenaza de los submarinos alemanes según un artículo reciente del periódico tinerfeño El Día.

Sin embargo, la gripe poco tiene que ver en ese aspecto con el coronavirus de Wuhan. No está demostrado que el aumento de las temperaturas vaya a frenar la epidemia del coronavirus como días atrás ha dejado caer el presidente estadounidense Donald Trump, ni que dejar que se desarrollen anticuerpos y ser indiferentes al contagio sea una solución, como casi da a entender el primer ministro británico Boris Johnson. Por el camino, además, se llevaría la vida de millones de personas, dada la tasa de letalidad (2%) que caracteriza al nuevo virus. La epidemia, de dimensión global, debe recordarnos que hay precedentes y que las actuaciones no pueden ser sino firmes y colectivas. Ninguna enfermedad entiende de fronteras.

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