Joanna y Jony: una Navidad a 6.000 kilómetros de su hogar en busca de una vida mejor para sus hijos

Dos jóvenes venezolanos con dos niños de ocho años y de escasos días están a la espera de que se resuelva su solicitud de asilo. Ella llegó primero, embarazada de cinco meses

Joanna y Jony posan con sus dos hijos, en el piso en el que residen. FOTO: MANU GARCÍA
Joanna y Jony posan con sus dos hijos, en el piso en el que residen. FOTO: MANU GARCÍA

Joanna y Jony crecieron en el mismo barrio del municipio de Puerto Ordaz, perteneciente al Estado de Bolívar de Venezuela. Ella tenía catorce años; él, 16, cuando se conocieron. “Chocamos en varias oportunidades y en una fiesta la enamoré”, dice Jony. “Me crió y yo la crié, los padres no terminaron el trabajo”, continúa, bromeando. Desde entonces, apenas se han separado más que unos días. El periodo más largo que han estado el uno sin el otro ocurrió recientemente, cuando ella estaba en Madrid y él, en Brasil, esperando para viajar junto al hijo de ocho años que tienen en común. Los motivos de su separación hay que buscarlos en la situación que vive su país de origen, del que salieron hace tres años.

Joanna estaba embarazada de cinco meses cuando se montó en un avión sola, en Brasil, con destino a España, en busca de una mejor vida para sus hijos, el mayor y el que estaba en camino. “No teníamos dinero para los pasajes de los tres y decidimos que yo viajaría primero”, cuenta. Unos 1.500 euros les costó el billete, una cantidad para la que estuvieron trabajando en el país carioca, ya que en Venezuela “el dinero no alcanza más que para comer”, cuenta. “No quería tener el bebé allí, está todo tan colapsado que muchas mujeres paren en pasillos de los hospitales”, señala Joanna, mientras Jony sostiene en brazos al pequeño de la familia, nacido el 6 de diciembre.

La joven, de 27 años, estuvo viviendo en una habitación alquilada por una conocida en Madrid, donde esperó que su marido y su hijo pudieran reunirse con ella. “Llamamos al Samur Social —un servicio de atención a emergencias sociales del Ayuntamiento de Madrid— y nos mandaron para Jerez”, explica Joanna, quien relata que no querían “un lugar tan frío para vivir” y que en el municipio jerezano están encantados. Llegaron el 5 de diciembre y al día siguiente se puso de parto de su segundo hijo.

Jony, con su hijo recién nacido en brazos, durante la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

Ahora, Joanna y Jony viven con sus dos hijos en un piso del área de atención humanitaria de CEAin, ONG que apoya al colectivo migrante desde hace más de 25 años en Jerez, que también los asesora jurídicamente. Los jóvenes están esperando respuesta de la solicitud de asilo cursada por la entidad. Ellos son dos de los más de 100.000 solicitantes que registra el país en 2019, según datos de la Oficina Europea de Apoyo al Asilo, una protección que se otorga a una de cada cuatro personas que la piden.

“Ha sido un alivio grandísimo encontrar a CEAin”, cuenta Jony, “porque el dinero que traía de allá al cambio eran poco más de 100 euros, y eso no da para alquilar nada”. Además, hasta que no le concedan el asilo y el permiso de trabajo no puede buscar un empleo. “Si pudiera yo trabajaba, de lo que sea, porque no puedo estar parado, pero si hay que respetar alguna ley lo hago, siempre me ha gustado este país por eso, porque escuchaba que aquí las leyes funcionan”, dice el joven, que llevaba años soñando con venir a España.

Él es barbero de profesión. Desde que terminó el bachillerato se dedica a esta profesión, de la que ha vivido, con dificultad, en su Venezuela natal y también en Brasil. “El dinero no alcanza allá, en Venezuela hay comida, hay de todo, pero el sueldo mínimo te alcanza como para comprarte medio kilo de queso al mes”, explica. “En Brasil se puede reunir un poco más, es un país bueno, pero también es difícil vivir allí”, señala. Por un momento, cuenta este joven matrimonio, pensaron en desistir de su idea de viajar a Europa, porque “era super caro y está bien lejos, en el otro lado del mundo”, pero al final se atrevieron. “Era mi sueño y nos vinimos, gracias a Dios”, añade Jony.

Joanna dice que es manicurista, un oficio en el que tiene más de doce años de experiencia, aunque antes estudió un semestre de “contaduría pública” en una universidad privada de Venezuela, pero el alto coste que pagaba por la matrícula y el transporte le hizo dejar los estudios. Por aquella época ya estaba trabajando, vivía lejos de la facultad y “todo se complicaba”. Desde que llegaron a España, han encontrado una ayuda que se les niega en su país. “Aquí la gente es humanitaria”, dice Joanna. La Navidad la pasarán en su nuevo hogar, un piso en el que comparten estancia con otras familias con problemas de residencia.

Joanna, en un momento de la entrevista con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

“Da como nostalgia estar tan lejos de la familia”, señala Jony, que le pide al año 2020 que le llegue “un trabajo lo más rápido posible” para sacar adelante a su familia. “Nos despegamos de nuestros papás y nuestras mamás, pero nosotros también somos una familia y nos complementamos”, añade Joanna, quien cuenta que lo pasó peor durante el periodo que estuvo sola, embarazada, esperando en Madrid a su marido y a su hijo, con los que pasará unas fiestas en las que solía reunirse con sus familiares para degustar, “cuando se podía”, platos típicos venezolanos, como la hallaca —una masa de harina de maíz sazonada con caldo de gallina o de pollo y rellena con un guiso de carne—, el pan de jamón o la ensalada de gallina.

“Soy venezolano y nunca había pensado en emigrar. Antes, la gente iba para allá. En mi calle había peruanos, colombianos, chilenos, argentinos… Era un país donde vivir tranquilo hasta 2013, cuando murió Hugo Chávez y comenzó la crisis, que ya estaría encima pero no se veía, la moneda valía y no había esa emigración”, relata Jony. “Nadie aguanta trabajar un mes para comprar un cartón de huevos. ¿Quién va a aguantar eso?”, se pregunta. “Para sobrevivir tienes que hacer una trampa a un vecino, comprar algo barato y vendérselo caro para poder tapar tu necesidad”, expresa el joven. “Es un sistema que uno se come al otro, yo no sirvo para vivir así”, añade.

Durante 2019, casi 40.000 venezolanos han recibido un permiso para residir y trabajar legalmente en España por razones humanitarias durante un plazo de un año, prorrogable cuando se cumplan los primeros doce meses. Los venezolanos suponen casi el 35% de los 110.000 solicitantes de asilo llegados al país durante este año, según datos de la Oficina de Asilo y Refugio del Ministerio del Interior, que acumula cerca de 120.000 expedientes sin resolver, una cuarta parte de los casos pendientes en toda la Unión Europea, según datos de la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (EASO por sus siglas en inglés).

La Oficina de Asilo y Refugio, aun así, ha resuelto más de 62.600 solicitudes en 2019, cinco veces más que el año anterior. Joanna y Jony seguirán esperando que se resuelva su caso para iniciar una nueva vida en España. “Si Dios quiere y me va bien yo me quedaría aquí, me gusta. Uno de los motivos por los que vinimos era para que los niños crecieran aquí”, dice Jony. El mayor de los hijos empieza las clases en unas semanas. ¿Qué les deparará el futuro? El joven responde: “El que manda es Dios”.

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