La pizza: la comida que se convierte en plan

Capítulo VI de 'Constelación gastronómica'

Unos pizzeros en Rota, en una imagen de archivo. Autor: Manu García
Unos pizzeros en Rota, en una imagen de archivo. Autor: Manu García

Seguiré este viaje por la comida internacional por el más internacional de los platos: la pizza. Aunque me gusta muchísimo y pocos planes son equiparables a la “noche de pizza”, aquí no tengo tanta experiencia propia, ya que casi siempre la como en restaurantes. La masa de la pasta la he elaborado varias veces, pero con la pizza nunca me he animado. Aunque ahora esté más de moda y casi cualquiera se atreve a intentarlo, obviamente no es una comida típica de Jerez, por lo que mi abuela puede que nunca llegara a probarla, y en mi casa nunca se hizo de manera casera. Además, ha estado erróneamente asociada a “comida rápida”, y pocos restaurantes había en mi infancia que la ofrecieran con garantías de ser algo parecido realmente a las pizzas italianas, más bien ofrecían una masa de dudosa calidad con una amalgama de ingredientes suculentos.

Es por esto, que mis primeras experiencias con la pizza empezaron como las de la mayoría de mi generación: en el “Pizza Hut” (o en el “Telepizza”). Debo reconocer que uno de los recuerdos más preciados que tengo es el de la Sicilian Pizza del “Pizza Hut”, una masa rectangular elaborada con orégano, ajo, albahaca y aceite de oliva. Las otras pizzas que me encantaban eran las del “Marruzella de Jerez” (estas ya más caseras), que servían en unos platitos de barro y cortadas a trozos rectangulares. Casi siempre he sido fan de las pizzas de atún (sigue siendo mi preferida), y en general con pocos ingredientes.

Un hecho muy curioso relacionado con la pizza, es que siendo Rota uno de los pueblos principales de la Bahía de Cádiz y cuna de la urta a la roteña, se ha convertido también en cuna de la pizza. La Base Naval de Rota empezó desde los años 50 a llenar de americanos la localidad gaditana, y entre todas las costumbres y modas que empezaron a asentarse, por supuesto también lo hizo la gastronomía, especialmente la pizza. Hoy en día Rota es una de las ciudades con más pizzerías por habitante, y aquí los locales no están vinculados a la estética italiana, sino más bien a las hamburgueserías de Estados Unidos. En 2019 pasé un día en su “Festival de la Pizza”, un encuentro con todas las pizzerías de la ciudad en el que vuelan las porciones y las cervezas a un euro.

A pesar de que es una comida que habré catado en cientos de ocasiones, no tengo tantos recuerdos claros de veces que haya caído rendida. Tengo que irme ya a mi paso por Perugia, cuando visité a Amalia en su Erasmus, que me llevó a una pequeña pizzería con horno de leña. Los únicos ingredientes fueron salsa de tomate, rúcula y parmesano. La masa era fina pero estaba llena de “agujeros de aire”, no era nada densa: simplemente la horneaban y al sacarla le ponían salsa de tomate, la rúcula fresca y algo de queso. Desde la mesa donde estábamos se veía todo el proceso y me pasé una hora embobada viendo cómo las hacían. De nuevo, la exquisitez de la sencillez en un plato. También en esta época, y debido a que íbamos mucho al Parque de los Toruños, donde mi hermano organizaba y realizaba un proyecto de cuentacuentos, fuimos en varias ocasiones a la “Pizzería Horno de Leña”, un lugar con un jardincito básico pero la mar de agradable al mismo tiempo, donde ponen unas pizzas muy ricas, aunque sobre todo diría que es la experiencia de pasar una noche de verano allí lo que cuenta.

Hablando de experiencias, creo que lo que más me gusta de la pizza es el plan de “cenar pizza”. Más allá de que esté deliciosa o de que hagas en el microondas y sartén una de Casa Tarradellas, lo que más me gusta es que suele ser un plan compartido y que rara vez una noche de pizza sale mal. Recuerdo los días de Telepizza en Barcelona (no nos andábamos con tonterías, una pizza para cada una); los domingos de pizza en Jerez con Bertín o las noches en Sevilla con Juan (siempre acompañada de aceitunas, cerveza y ensalada de lechuga y cebolla).

Y tras estos recuerdos de plan casero y pizza, del descubrimiento de la pizza con rúcula en Perugia o de las pizzas con atún del Horno de Leña o el Marruzella, me tengo que transportar unos cuantos de miles de kilómetros para hablar de la mejor experiencia gastronómica que he tenido con esta comida: fue en el “Café Zorba” de Medellín. En un viaje a Colombia con Juan en el verano de 2018, probamos algunas cosas muy ricas, pero una absolutamente asombrosa fue la pizza de queso azul de este coqueto restaurante de la zona de “El Poblado”. Fuimos por recomendación de la guía Lonely Planet, y la verdad es que cuando vi la carta no me llamó la atención ninguna en especial. Al final, pedimos la de queso azul (sin ser yo muy receptiva a este tipo), pero la verdad es que fue todo un acierto, aun hoy me acuerdo mucho de la buenísima masa y mejor aun mezcla de quesos que llevaba la pizza. Nada que ver con la típica imagen de quesos de diferentes tipos superpuestos y gratinados, no, era una especie de salsa consistente y con algunos trozos, que a medida que ibas comiendo podías ir saboreando diferentes matices, y que solo puntualmente y de manera suave encontrabas algún sabor más punzante del queso azul. Era como una comida encima de otra comida, y ambas, tantos los ingredientes como la masa, consiguieron que este rinconcito colombiano me regalara uno de los mejores trozos de Italia.

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