Más de 74 años en el bar Dorado, un clásico de Puerto Real que sobrevive intacto con “las tapas a un euro”

El histórico establecimiento fundado por hermanos montañeses en el siglo pasado sigue llevando por bandera el pescado y el marisco de la Bahía frente a la Plaza sin perder su personalidad

José Ramón Fernández con una tapa de pijota en el bar Dorado en Puerto Real.
José Ramón Fernández con una tapa de pijota en el bar Dorado en Puerto Real. MANU GARCÍA

El trasiego de vecinos invade un local que se sitúa frente al mercado de abastos de Puerto Real. Gentío, saludos calurosos, conversaciones a viva voz y panzas hambrientas se reúnen en el bar Dorado, un clásico de la gastronomía puertorrealeña donde el revuelo, controlado por las medidas de seguridad, demuestra la vida que sigue conservando.

Este rincón histórico, punto de encuentro de comerciantes, proveedores y familias, es uno de esos establecimientos con solera que cumple más de 74 años en el centro. Se respira ambiente popular. Los camareros salen y entran con agilidad mientras varias personas esperan encontrar una mesa libre.

“Nos han dado un segundo premio de Tripadvisor. Yo no estoy apuntado en ningún sitio, la gente con el boca a boca, tenemos muchas reseñas”, cuenta José Ramón Fernández, de 55 años, actual propietario del bar. No es de extrañar. Muchos tienen cariño a este establecimiento que comenzó su andadura antes de 1947, año que obtuvo la licencia de apertura, de la mano de los hermanos Dorado, muy conocidos en el pueblo.

Terraza frente al mercado de abastos.
Terraza frente al mercado de abastos.  MANU GARCÍA

Cuatro hombres y dos mujeres, montañeses, se mudaron al sur -como otros muchos hosteleros veteranos de la provincia- en busca de una vida mejor. “Vinieron de Santander y cada uno cogió un bar”, señala Ramón esbozando la historia que aguardan las paredes de su alrededor. Mané se quedó con la Primera, Dani con el bar Arca, Indalecio con Las Golondrinas y Alfredo con el Dorado, que debe su nombre a su apellido. Estos tres últimos en el entorno de la Plaza.

En poco tiempo, montaron un imperio y se asentaron en el imaginario colectivo de la localidad. “Antes se dedicaban a dar café por las mañanas. Las Golondrinas era el que abría más temprano. Dicen los mayores que allí no había puertas y los pescadores y mariscadores jugaban a las cartas”, relata.

José Ramón llegó al número 18 de la calle Nueva hace 23 años, a finales de los 90, y desde entonces no ha salido de allí. El puertorrealeño se dedicaba a la inspección de soldadura, era radiólogo industrial, pero su empresa tuvo problemas con Hacienda y se quedó en paro. Por aquel entonces, “vivía aquí arriba y me enteré de que hacía falta un chaval”. De la industria dio un salto a la hostelería para buscarse las papas, y cuando Alfredo se jubiló tomó las riendas del bar. “Sus hijos no quisieron continuar y yo seguí y seguí”, dice sentado en uno de los tres amplios salones del establecimiento.

José Ramón durante la entrevista con lavozdelsur.es.
José Ramón durante la entrevista con lavozdelsur.es. MANU GARCÍA

Cuenta con orgullo que el bar sigue exactamente igual. No ha cambiado nada. Una reforma supondría perder la esencia del sitio que mantiene su mobiliario antiguo a mucha honra. “Antes había una parra y el suelo era de tierra”. Es lo único que ya no está. Lo que sí perdura en el tiempo son sus especialidades, esos cachitos de la Bahía listos para su degustación.

“Aquí vienen a desayunar mujeres de 90 años"

El pescado frito y los mariscos cocidos están muy presentes. Corvina, doradas, robalos, langostinos, quisquillas o camarones de porreo. “Filetitos, cazoncito, chocos, salmonetitos y las cachuelas de los conejos, que es la asadura del conejo de campo a la plancha con dos pedacitos de pan, está muy bueno”, comenta mientras salen platos cada dos por tres. Pero lo que más reclama su público es a su estrella, las almejas, que el cocinero Salvador Cáceres llevó a la fama gracias a un truco: un toque de manzanilla de Sanlúcar y otro de amontillado de Jerez.

Pescado frito en el bar Dorado.
Pescado frito en el bar Dorado.  MANU GARCÍA
Cachuelas de conejo.
Cachuelas de conejo. MANU GARCÍA

La terraza y los salones se empiezan a llenar desde primera hora de la mañana de clientes fijos, esos que no se despegan de su bar de siempre por mucho que pasen los años. Según José Ramón, “aquí vienen a desayunar mujeres de 90 años y hasta que no vienen a recogerlas a las 11.00 no se van”. Una de ellas es Rafaela, que se acomoda en la segunda mesa. “Aquí los sitios se respetan siempre”, dice.

En el Dorado confluyen varias generaciones y, en verano, los jóvenes de 25 también frecuentan el local, “y se enfadan cuando cerramos en vacaciones”.  Hijos, nietos, padres, abuelas o tías han comido frente a las peculiares maquetas de barcos que adornan los recovecos.

“Tenemos poquillas ganancias, pero nos mantenemos"

Pero no se conoce en Puerto Real como el “bar de los barquitos” por su decoración sino porque en su interior se practica el arte de mojar trozos de pan en la salsa hasta que haya que rescatarlos para que no se hundan. Todo ello por un precio escandaloso que sorprende a cualquiera.

El propietario actual en uno de los salones del bar Dorado.
El propietario actual en uno de los salones del bar Dorado. MANU GARCÍA

“Aquí seguimos con las tapas a un euro, tengo clientes que me dicen que tengo que subir”, comenta el dueño. Una lista de productos de 2008 enmarcada junto a la barra que tanto se añora en tiempos pandémicos revela que los precios siguen intactos. A euro la tapa y un poquito más las medias raciones y las enteras.

Resulta toda una proeza que el bar haya sobrevivido tantísimos años con esta dinámica. “Tenemos poquillas ganancias, pero nos mantenemos, cuando la cosa se arregle un poquito nos tenemos que plantear subir porque trabajamos con un margen muy cortito”, explica. El hostelero se refiere a la pandemia, esa que “se ha vivido” y que “se ha notado un montón”.

José Ramón con algunas de las especialidades del bar.
José Ramón con algunas de las especialidades del bar. MANU GARCÍA

Aún así, al Dorado no hay nada que lo tumbe. “Ponme una cervecita y una tapita. Dos euros”, se escucha desde la barra. Con un 60% menos de clientela, Ramón se muestra agradecido por el apoyo que recibe a diario. “Gracias a Dios nos podemos dar con un canto en los dientes porque vamos tirando”.

Este negocio que ha recibido distinciones municipales es un emblema al que la gente vuelve. Ramón cuenta que “anécdotas hay para escribir un libro grande”, pero la última de la colección ha sido protagonizada por un simpático argentino afincado en Jerez. “Viene y me dice: - Señor, señor, cóbrese dos copas que hace 4 años que estuvimos y nos tuvimos que ir porque había mucha gente. He visto oportuno pagarle lo que le debía”. Curiosa cortesía la de este hombre que ahora “viene todos los días, es raro que no esté aquí”.

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