La bodega El Castillito de Chipiona, a aferrarse a la tradición tras la trágica muerte de Manuel Torices

Su hijo Damián se ha hecho cargo demasiado pronto de un negocio señero en la localidad. "El moscatel se disfruta más si no tienes que trabajar al día siguiente"

Damián Torices, en el interior de El Castillito, con una prensa histórica en su interior. FOTO: MANU GARCÍA
Damián Torices, en el interior de El Castillito, con una prensa histórica en su interior. FOTO: MANU GARCÍA

El moscatel es uno de esos vinos especiales que arrastran la sensación de no estar suficientemente valorados. El de Chipiona es una de sus cumbres. Porque el moscatel no es tan fácil de encontrar como merece en bares, restaurantes y estanterías del mundo. Eso va en detrimento de la marca moscatel, pero engrandece la marca de Chipiona. El moscatel se bebe, entonces, como acto social, rodeado de gente, rodeado de tapas. Y uno de esos sitios en que mejor se vive es en la Bodega El Castillito, un establecimiento junto a la fortificación de la localidad, en pleno centro.

Damián Torices es actualmente la persona de referencia, el rostro en el día a día de la familia propietaria. Es hijo de Manuel, fallecido trágicamente durante el confinamiento de un ataque al corazón, en el mes de abril. Ahora, Damián, a sus 30 años, está al cargo de las llamadas, proveedores, y atiende sonriente a lavozdelsur.es, aún con el hondo pesar de los momentos duros.

"Es una reapertura agria", reconoce. Tiene una hermana, dedicada profesionalmente a otros asuntos, por lo que él es la persona que se ha criado y llamada a suceder a su padre, algo que ha hecho, por desgracia, demasiado pronto. "Yo nunca llegaré a ser como mi padre, un relaciones públicas, una persona que sabía darle a todo el mundo su sitio. Él era una persona muy querida, muy conocida aquí en Chipiona. Ahora ha llegado una mujer de Sevilla que era amiga de él y ha estado llorando en la barra".

Damián Torices, durante la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

El tiempo que se abre tras la muerte de Manuel es de aferrarse a lo de siempre. "Yo no pido más, me conformo con que siga siendo lo que ha sido hasta ahora", dice Damián sobre el futuro de El Castillito. De legado, un saber hacer desde la tradición que además tiene que reinventarse en parte por la crisis del coronavirus. Este local es uno de esos en los que apenas se podía entrar, "con la gente bebiendo con la copa encima de una moto aparcada", dice señalando a una puerta contigua. De esas calles de risas, tapas, buen ambiente y despreocupación.

El año comenzó bien. "Hizo buen tiempo en carnaval. Hablaba con gente de otros negocios y estaba contenta. Ahora estamos al 50% de plantilla. Se echa de menos al sevillano. Ha sido extraño. Este invierno será duro para Chipiona". De lo que más ha aprendido Damián a disfrutar es de ver "muchas caras nuevas. Son los turistas de todos los años". Su negocio es de tercera generación ya, pero los turistas que llegan, los visitantes de segunda vivienda, también son nietos, hijos, abuelos.

"El tema del vino empezó con mi abuelo y sirviendo tapitas de mojama". Dentro del local, una prensa de vino. "Es la cuna de esto, aquí venían los mulos cargados de uva". Hoy, un lugar que ha recibido el pésame por la muerte de Manuel desde "Bélgica, Filipinas, de gente que nos llama de toda Europa". Es la esencia. "Trabajar aquí es como trabajar en la calle, ves a mucha gente. Aquí viene desde un multimillonario suizo que da la vuelta al mundo en su barco hasta el mochilero. Esto es como una feria".

Es parte de la esencia del negocio, que se basa en gran parte en mantener precios populares. "Yo prefiero ganar menos vendiendo jamón pero servir una pata de 300 euros a uno de 150 y ganare 200. Pero prefiero tener 100 personas en el negocio y que vengan porque lo que les ofrezco es de calidad. Hay mojamas de 40 euros y otra de 10. Si ofreces la de 40, va a venir a buscarte la gente a la que le gusta la mojama".

Por eso, rechaza entrar en cierto bucle de sofisticación para satisfacer al visitante, principalmente extranjero, más impresionable, algo que va de la mano del turismo masivo. "Con otra presentación, sé que podría vender por 10 euros un plato que pongo por tres, pero no es lo que buscamos. El moscatel es para disfrutarlo con amigos, con gente, y esto tiene la presentación de tasca. El moscatel se disfruta cuando no tienes nada que hacer al día siguiente, para poder cogerte una borrachera", indica.

Por esa esencia, durante el confinamiento ha recibido peticiones de botellas desde diversos puntos del país, "sobre todo de Madrid y del País Vasco". Porque esta bodega es calidad, dice, pero es también experiencia que se pueden servir embotelladas. Eso si, entonces se cerró y reconoce Damián que lo que viene será difícil para un negocio acostumbrado al cariño, al bullangueo. "Muchas cosas van a cambiar. Los gaditanos somos muy de abrazarnos, eso, hasta que no haya una vacuna, va a ser diferente. Y después también". La pena es que "es de las primeras cosas que se quita la gente" eso de salir de bares y tascas.

El menú que propone es sencillo. Algo de marisco, chacinas, moscatel para empezar, pulpo de Chipiona... "Te puedes dar un homenaje por siete u ocho euros por persona". Lo que promete Torices es que, seguro, mantendrán la esencia del moscatel, y de saber disfrutarlo. Como él lo aprendió de su padre.

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