Nuevos tiempos, nuevas tecnologías, mundos paralelos, otros modos de amar.
Te estaba viendo venir, y aún así, me quedé observando a la espera de acontecimientos.
El trabajo, la vida, y la desgana, me habían alejado de todo aquello que antes conocíamos como “tener vida social”.
No es que no me guste salir, pero estaba hastiada de tanta historia fallida, de tanto amor de saldo, en oferta de una noche y con etiqueta: “caduca al salir el sol”.
Así que decidí quedarme quieta, estudiando tu novedosa táctica de acercamiento.
Poco a poco, tras los likes silenciosos y esporádicos, empezaron a nacer tímidos y escuetos comentarios, abiertamente provocativos a medida que ganabas confianza, y caí en la Red entrando sin armadura en tu perfil.
Había fotos de tus hijos, con amigos, de trabajo…, años de vida, y ninguna Señora. Hice un estudio virtual del terreno y encontré un nexo: las motos.
Salías habitualmente de ruta con tus amigos, cada Domingo. Rutas cercanas, muy cercanas a mí.
La vieja Jarley de Papá seguía en mi garaje, olvidada y abandonada a su suerte. Desde que decidió acompañar a Mamá por caminos más celestiales, no había sido capaz de montarla, y ahora, rugía tras la puerta del garaje, reclamando su sitio en mi vida.
Consecuencia de muchos años viendo a Papá ponerla a punto con mimo, supe hacerlo casi de un modo mecánico, como si no hubiese hecho otra cosa durante toda mi vida. Me vestí para la ocasión, con casco y mono de cuero, subí a su grupa y dimos un corto paseo hasta el taller de un amigo. Tampoco era cuestión de matarme confiando en mi buenas artes con la mecánica casera.
Y allí estabas. Te reconocí enseguida por las manos, llenas de grasa, cambiando algo de tu viejo corcel, aunque oficialmente no nos conocíamos , no en persona.
Tu pareciste no reconocerme, a pesar de no apartar ni un segundo tus ojos de mi cuerpo, hasta hacerme sentir incómoda. Desde luego no esperaba encontrarte allí y tú no te decidiste a salir del anonimato de las redes sociales, así que, tras un diagnóstico positivo sobre la salud de mi vieja máquina, dimos juntas un paseo hasta Cádiz. Sentir su motor rugir entre mis piernas mientras el aire me acaricia el pelo siempre me había puesto las pilas.
No tardaste mucho en adelantarme, y así, sin mediar palabra, estaba instalada en tu vida, con el corazón desnudo y tus manos en mi cuerpo, sintiéndote rugir entre mis piernas.
Isabel Jiménez
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