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El banquero engominado por excelencia está viendo confirmarse en sus carnes el devenir cíclico existencial. Si es que… no se puede pretender engañar a la propia naturaleza.

No se puede escapar de las garras de lo inevitable. Desde que el ser humano desarrolla conciencia de sí mismo y de la parte del juego que no controla en esto del vivir, comienza a temer lo que está por llegar. Lo tememos por desconocido pero desde luego también por ineludible. Muchos lo llaman destino y creen que el devenir está fijado. Quizás así eliminen la culpa de sus ajetreadas cabecitas. Otros, más impetuosos —y generalmente, norteamericanos—, se sienten capaces de construir su propio mañana. Los que restan, suelen dejar reposar en el azar el papel protagónico. Pero todos coincidimos en lo atinado de la sentencia de Talleyrand: “Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Así se siente con frecuencia cualquier hijo de vecino, superado por la avalancha de los acontecimientos insoslayables que escapan a su control. Así se siente quien no puede evitar ceder a su natural tendencia, al maremoto que lo arrastra en una convulsa dirección. Así debe sentirse Mario Conde.

El banquero engominado por excelencia está viendo confirmarse en sus carnes el devenir cíclico existencial. Si es que… no se puede pretender engañar a la propia naturaleza. El que ha nacido víctima de una pseudología fantástica —el que inventa una vida paralela y dice vivirla, esto es, la única profesión conocida del aprendiz Francisco Nicolás— lo tiene muy difícil para no abandonarse a su genuina inclinación. Así le sucede también al cleptómano, al mitómano, al trastornado. De igual modo le ocurre al enfermo de riqueza, al psicópata cegado por la ambición, al tiburón neoliberal. Así le ocurre a Mario Conde. Quien fuera aclamado por las calles, laureado por las elites académicas, cotizado en las camas de alta alcurnia, reconocido por los gerifaltes políticos, uña y carne de la realeza, ha vuelto a la esfera pública tras el ocaso. Bien sabe el lector que Conde, convertido en el centro del mayor escándalo financiero de los noventa, entró en prisión y no cumplió ni la mitad de su condena. Tal era su poderío que incluso se llegó a cesar al director de la cárcel donde estaba recluido por haberle dispensado a este un más que flagrante trato de favor. De aquello han pasado ya una docena de años en los que al yupi más cañí le ha dado tiempo de conceder entrevistas, de mantener intacta su altivez, de escribir unos cuantos libros y hasta de presidir un partido político. Además, por lo visto, ha encontrado hueco también para levantar un entramado de empresas destinado a repatriar y blanquear el dinero que robó de Banesto décadas atrás. Lo inevitable se impone de nuevo. Luchar contra ello es infructuoso. La Audiencia Nacional ha dictado ahora para el dandi del blazer prisión incondicional sin fianza. Una vez más, se confirma lo imposible de vencer la tendencia natural de cada quien. Quien roba sigue robando, el rey del mambo sigue reinando y hasta publicando libros con el aval de periodistas de referencia y políticos de pretendido nuevo cuño.

Las fuerzas que hacen inevitable lo inevitable son en su mayoría desconocidas, pero a veces es posible ponerles nombres y apellidos. Algo así ocurre frecuentemente con los medios de comunicación y su capacidad para hacernos creer que hemos hallado el sentido de la vida. El 11 de octubre de 2012 se estrenó en España la película ‘Lo imposible’, producida por Telecinco Cinema. Semanas antes, las siete cadenas de Berlusconi habían estado martilleando a su público con insistencia a través de un sinfín de adjetivos laudatorios acerca del producto: “experiencia inolvidable”, “imprescindible”, “única”, etc. Resultaba inviable escapar de la grandiosidad de la última cinta de Juan Antonio Bayona. Era entonces literalmente imposible eludir ‘Lo imposible’. De un modo parecido, uno de los reyes del mundo no puede evitar lo que no puede ser, lo que además es imposible. No puede evitar ser quien es, vivir como procede a su estatus, haber enseñado a su progenie el bello arte de delinquir con cuello blanco y haciendas de olivos gourmet. El corrupto entre los corruptos, el alumno modelo de la Deusto, el compadre de Ciudadanos, ocupa ahora tantas pantallas como el filme sobre catástrofes naturales de Mediaset. Al igual que el tsunami asiático, tampoco la corruptela parece encontrar un freno posible a su fuerza destructora. Y ya se sabe, lo que no puede ser, no puede ser.

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