Vivir sin ayer

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Una imagen del volcán de Cumbre Vieja.
Una imagen del volcán de Cumbre Vieja.

Álbumes de fotos, ropa y juguetes. Esa es la combinación predominante en los maleteros de muchos de los coches que huyen de Todoque, tratando de escapar de la destrucción feroz en La Palma. Se les ha permitido, solo a los residentes, volver a acceder a sus casas para rescatar aquello que puedan, antes de que la lava lo sepulte todo bajo las rocas. Sepultará el salón de casa, la cocina donde hace apenas una semana se exprimía el zumo de naranja y las aguas de la piscina en la que jugaban los niños tras venir del colegio.

La ceniza es hoy parte del paisaje y la colada negra avanza destrozándolo todo a su paso, enterrando para siempre todo lo que tenían ayer. No podemos ni imaginar la sensación de angustia, impotencia y desesperación que deben sentir hoy los habitantes de la isla bonita. Los pescadores que ya no pueden salir a faenar, los agricultores de plátanos, aguacates y uvas que han perdido sus tierras, los dueños de las casas que jamás volverán a ver sus hogares. Aproximarnos a su realidad no es posible por más que lo intentemos, porque nada puede compararse a perderlo todo. Nada.

La naturaleza es caprichosa, indomable y salvaje. Siempre se abre camino porque ese es su papel y no entiende de límites ni de barricadas. Nada puede hacerse para frenar su efecto y nada puede contener su empuje. Por eso la desesperación es mayor, porque ni siquiera hay a quién culpar. La cosa es más fácil cuando hay un empresario sin escrúpulos que monta un parque temático en una isla y resucita a los dinosaurios para mayor regocijo de los turistas potentados; y la cosa se sale de madre.

Es más sencillo cuando un político, también con déficit de pudor y neuronas, minimiza el impacto del chapapote en las costas gallegas y habla de hilillos sin importancia. Resulta menos complicado cuando se puede bramar contra líderes de cortas entendederas que cuestionan la existencia del cambio climático. Incluso, la rabia dirigida hacia el malnacido que incendia a propósito la serranía malagueña sabe un poco mejor, porque hay contra quién dirigirla. Pero ahora no. Podemos maldecir al volcán, pero él seguirá desempeñando tan solo su papel, seguirá explotando y rugiendo con fuerza sin poder plantearse nada, demostrándonos, eso sí, lo insignificantes que somos en este planeta. 

Poner a salvo a los conejos, a los pájaros domésticos, a los cachorros… ese fue el primer impulso, tras asegurar a cubierto las vidas humanas. Y luego vino, para aquellos con algo más de “fortuna”, el momento de rescatar unos pocos recuerdos. El momento de abrazar el peluche que acompañó los sueños infantiles, de apresar la carpeta que contiene las escrituras de la casa, los certificados académicos, las fotos de la boda, la pulsera identificativa que le pusieron al bebé cuando nació, la cajita con el primer diente de leche. Cómo saber qué es lo esencial, cómo escoger qué dejar atrás, cómo decidir qué momentos tienen menos valor que otros… y cómo hacerlo encima a contrarreloj. Cómo seguir viviendo si no hay ayer, cómo permanecer cuando solo hay ceniza. La Palma resurgirá, pero tendrá que hacerlo tras sobrevivir a su trágico entierro

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