'Violétame'

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

Marilyn
Marilyn

Una fría mañana de finales de noviembre, me despierto y pienso en Newton. En los destellos que se cuelan ya por la rendija de la persiana —y que han interrumpido mi duermevela— viaja el motivo de la ensoñación con el físico británico. Un color había acaparado mis pensamientos y la luz lo trae de nuevo hacia mí: el violeta. Y es que según la teoría newtoniana sobre la luz, la gama de colores se compone de rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta. De esta manera, se demostró que la tonalidad de cada objeto depende de la iluminación y de la capacidad de absorber la luz que tiene cada color. Así supimos que la luz blanca está formada por fragmentos de luz de esos seis colores, y que cuando la luz choca con algún cuerpo, este absorbe uno de dichos fragmentos y refleja otros. Los colores reflejados son los que vemos, como el violeta. De manera que el color de algo no es más que una sensación que percibimos gracias a la existencia de la luz y no una propiedad en sí de los objetos. Sería pues algo más simbólico que fáctico.

Por desgracia, toda esta palabrería científica que acompaña hoy el bostezo matutino iba a servirme de poco en la ardua aunque aparentemente simple tarea que me toca. Más allá de que el color exista o no por sí solo, lo que no podemos obviar es su capacidad de transmisión. Los colores se reflejan y sus haces de luz nos hablan. Nos dicen muchas cosas y están por todas partes. El amarillo infunde temor; el verde, esperanza… y luego están los que abanderan causas sociales: el negro —o la ausencia de color— para el duelo en Occidente, el rojo para el sida, el rosa contra el cáncer de mama, o el violeta contra la violencia de género. Y es hoy precisamente el violeta, que forma parte del espectro visible de colores, el motivo de mi obsesión: debo salir a la calle y adquirir un pañuelo violeta. En principio, no se antoja complicado. Además, cualquier tonalidad serviría: tanto el morado, como las particularidades de lavanda, malva, púrpura u orquídea —entienda aquí el lector que estas nomenclaturas no son producto de mi acervo personal, sino de la amabilidad cromática de dependientes y dependientas que me recitarán las nutridas y variopintas posibilidades a mi alcance y que, según me alertan, debo manejar con cuidado dependiendo del color de mis ojos—.

Yo prosigo en mi lucha. El 25 de noviembre quiero salir a la calle luciendo un complemento violeta. Mostrar así mi repulsa a la violencia contra las mujeres no es que sea muy original pero puede que ayude en algo a reflejar la sombra de una lacra maldita. Mientras me ducho, enciendo el pequeño transistor que aún resiste espartano en la repisa del baño y resuenan en él los ecos de las manifestaciones que se preparan para la tarde, concentraciones contra el maltrato a la mujer. El informativo matutino se interrumpe para dejar paso a una cuña publicitaria, en la que una conocida marca cosmética anuncia con regocijo que ha perfeccionado más aún su ya increíble crema anticelulítica. Y vuelta a la cincuentena de mujeres asesinadas, que el locutor cataloga en cambio como “muertas”. Curioso el titular en pasiva. Luego, aunque desconectado musicalmente de lo anterior, un breve sobre las pocas féminas directivas que hay.

Me enfundo en la vestimenta de un miércoles cualquiera y me dispongo a desayunar. Mientras deleito el gaznate con mi pan con aceite, la televisión me recuerda que no tengo por qué renunciar al placer, ya que la marca de lácteos más famosa ha pensado en mí y ha inventado unos cremosos yogures con menos calorías que mantienen el sabor. Suertuda yo, qué duda cabe. Ahora, si pongo un gramo con el postre ya es entera, premeditada y alevosamente culpa mía. Está bien saberlo. Antes de ponerme en marcha, repaso las opciones (numerosas) de calzado en mi armario y voy descartando las de tacón alto, ya que me dispongo a caminar y caminar a la búsqueda de mi objetivo. Pierdo unos minutos más con el maquillaje de rigor, ya que el solecito acumulado en verano ha pasado a mejor vida y no me siento osada aún para el autobronceador. Ya en la calle, me encamino hacia la primera tienda con la mente puesta en violeta. Nada más poner mis pies sobre la acera me topo con una de esas marquesinas gigantescas donde una modelo que no debe sobrepasar la veintena anuncia una crema antiarrugas que no necesita pero que parece hacerla feliz a juzgar por la pose imposible que agarrota sus enclenques piernecitas. Cruzo la calle y paso junto a un bar concurrido, unos caballeros que juegan a las cartas me dedican unas miradas nada sutiles acompañadas de comentarios aún más reveladores. Parece que la existencia de mi útero ha sido demasiado provocadora. Nota mental: la próxima vez, dejarlo en casa.

Contra todos esos dictados, contra toda esa arquetípica y rígida visión del género, contra todo lo que es violencia: ¿Para cuándo un destello de luz que elimine el negro de una sociedad en sombra?

Al cruzar la esquina de la tienda, una amable repartidora me entrega un folleto publicitario (curiosamente morado) de una clínica de depilación láser que, al parecer, me va a librar de todas las preocupaciones. La misma promesa que me había hecho la noche anterior una astróloga casposa al otro lado del plasma. Parece que hoy es mi día. Acabo de darme cuenta cuando el Facebook me propone hacer el test “Descubre cómo de femenina eres”. Y yo con estos pelos. Cuando por fin me sitúo frente al escaparate, me doy cuenta de que quizá el maniquí y yo habitemos planos diferentes de la realidad, al menos planos con sistemas métricos diferentes, teniendo en cuenta el tamaño de su cabeza en relación con sus pechos. Menos mal que la dependienta está ahí para resolver cualquier contrariedad y tras una incansable demostración de sapiencia textil, da con el fular que más combina, al parecer, con mi tono de piel. Por un momento zozobré, pero al fin he triunfado.

Ahora estoy ataviada para luchar contra el machismo. Hacerme violeta curiosamente sería una forma de combatir la violencia, de mostrar el rechazo a la vileza. Sin embargo, me pregunto si mañana, cuando ya no sea el día internacional para hacerlo, las radios seguirán poniendo anuncios que reafirmen mis piernas, la tele seguirá mostrándome cómo puedo comer poco y ser feliz, la marquesina me animará a que no me rinda y los machos me recordarán que aún es pronto. No sé si mañana me acercaré más al maniquí o él a mí, ni tampoco sé qué es mejor, pero lo que sí sé es que prefiero violetarme a sentirme violenta. Contra todos esos dictados, contra toda esa arquetípica y rígida visión del género, contra todo lo que es violencia: ¿Para cuándo un destello de luz que elimine el negro de una sociedad en sombra? ¿Para cuándo ni violetarse ni violentarse?

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