Un momento de una manifestación contra el Gobierno. FOTO: MANU GARCÍA
Un momento de una manifestación contra el Gobierno. FOTO: MANU GARCÍA

A lo largo de esta semana, a la vez que transcurren las distintas manifestaciones de la ultraderecha, se ha podido ver confrontamiento con distintas facciones de la izquierda. La mayoría de las veces no pasa de la violencia verbal, las señoras mayores gritándose delante de las cámaras de televisión. Otras veces hay escenas cómicas como el que pasaba en bicicleta con una bandera del POUM. Ya, a lo último, quien acaba con la cabeza abierta o quien atestigua haber presenciado lanzamiento de objetos a la caravana de coches del sábado.

Es inevitable pensar que en este país había mucha gente con ganas acumuladas de pegarse. Y como se dice en Amanecer Rojo (1984), solo era cuestión de tiempo que los niños más conflictivos del patio acabaran pegándose. La ultraderecha ha conseguido algo que llevaba mucho tiempo queriendo, un sitio de enfrentamiento que le sea incluso ventajoso y la ampliación del arco de la violencia a los no tan ultras.

La situación me hace recordar mi cómica experiencia con el antifascismo y la lucha callejera. La primera vez que tuve contacto con esto fue a los 15 años. Un chaval del parque, de nuestro círculo cercano, unos años mayor que nosotros, y un poco maoísta-stalinista; me reclutó a mí y a unos amigos para montar una coordinadora antifascista. La idea era meterse palos y navajazos con neonazis. Gracias a lo que fuera, aquello no salió adelante. De haberlo hecho tampoco hubiera pasado nada porque en Jerez en aquellos entonces tampoco había nadie con quien pegarse.

Reflexionando años después sobre ese primer acercamiento, me doy cuenta de que el discurso era paralelo al que utilizó en su tiempo Charles Manson. Existe una guerra incipiente que trasciende sobre el resto de cuestiones, y que ya estaba en marcha. Las motivaciones personales de la gente eras variadas, pero por lo general había más idealismo de tripas que otra cosa.

Un par de meses más tarde me afilié a la UJCE. Como es obvio, una de las posturas oficiales de la organización era el antifascismo. Pero realmente, aquello se decía de boquilla, algo de lo que sigue pecando la izquierda alternativa. Mientras yo estuve, la organización nunca llego a participar en nada serio. Recuerdo que en un congreso andaluz se llegó a decir que la organización se postuló en contra de la creación de una coordinadora antifascista en Sevilla, porque según la dirección, los fascistas estaban esperando justo a eso para pegarse. Algo un poco contradictorio. ¿Para qué otra cosa te sirve una coordinadora antifascista? ¿Para el postureo?

Aun así, en confianza y en círculos aislados se escuchaban pequeñas batallas individuales, como la de un chaval que junto a las Brigadas Amarillas asaltó una casa okupa fascista en Valladolid. Como siempre, el futbol acaba de tapadera para estos asuntos turbios. Aun así, no se puede olvidar el papel de grupos coordinados de ultraderecha como Hogar Social, o de extrema izquierda como el M41, que al final acaba provocando una espiral de violencia inútil al margen de la política real.

Años más tarde y una vez que pasé página, a las puertas de un taller sobre desmontar al fascismo en un campamento de verano de las Juventudes Socialistas de Europa, le conté todo esto a una compañera de Madrid. Allí estos temas son mucho más serios y me contó que un amigo suyo de la infancia se dejó llevar en el mundillo y acabó muerto de una puñalada. Pero no hay mártires. Solo carne de cañón anónima cuyo sacrificio no llegó a cambiar nada.

Radicales y no tan radicales han encontrado en las movilizaciones un nuevo espacio seguro para enfrentarse y darle salida a su carga personal de odio. Pero el idealismo ciega y se infravalora la situación. La violencia solo trae más violencia y peor. Al final es contraproducente, los provocadores obtienen más visibilidad en los medios y tú quedas como loco violento. Lo que buscan es tendernos una trampa, provocarnos, para que vayamos a por ellos, que quedemos de malos y así tener ellos una justificación. Y después de todo, parece que tienen cierto éxito.

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