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El caldo se está calentando y tiene todos los ingredientes indeseables. 

No me gusta ser agorero y menos aún jugar a ser Nostradamus. De hecho, considero que la cábala, la nigromancia y la adivinación no deben ser tomados como dogma de fe, mucho menos cuando basta con analizar una serie de circunstancias basadas en la experiencia y en acontecimientos del pasado de la Humanidad, para entender que existen motivos para la preocupación.

Hoy los veinte años de la trágica desaparición de Diana Spencer copará portadas y rotativos. Lo que muchos olvidan es que mañana se cumplirán 78 años del comienzo de la invasión de Polonia a cargo de tropas nazis, lo que daría lugar a la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta y cruel, y la que supuso el inicio de la Era Nuclear en la que aún estamos.

Y si analizamos el aquel entonces con la época actual, podemos encontrar inquietantes similitudes que erizan el vello a cualquiera. Ambas confrontaciones se iniciaron a golpe de egolatría de líderes de puño de hierro, empujados por una sed de venganza a la que les condujo el aislamiento político. En un caso, el Tercer Reich, y actualmente el régimen norcoreano.

La geopolítica, en ambos casos, planteaba un campo de batalla (a medio-largo plazo) que abarcaría no solamente una zona del globo terráqueo, sino la práctica totalidad del planeta. Nos equivocamos si pensamos que un hipotético conflicto con Corea del Norte se circunscribiría a Asia, y más teniendo en cuenta las “ganas” que Trump le tiene a Venezuela, a Cuba, o a Irán, por poner ejemplos. Además, la confrontación sería entre grandes potencias militares. No pensemos que Corea del Norte será como Irak, o Afganistán. Mientras que en los dos casos anteriores EEUU contaba con un importante apoyo de insurrectos iraquíes y afganos, en el caso de Corea los ciudadanos mantienen una fidelidad férrea y cuasi enfermiza al régimen, lo que los convierte en potenciales soldados fanáticos, peligrosos y dispuestos a dar su vida o llevarse lo que puedan por delante con tal de satisfacer a su líder.

Y para colmo de los paralelismos, España fue campo de pruebas en la previa de aquella guerra; es curioso comprobar cómo nuestro país vuelve a experimentar en los últimos tiempos un repunte de los extremismos de derecha e izquierda, dispuestos a retomar su pelea donde la dejaron ocho décadas antes. La única diferencia es que ahora, al conflicto ideológico, se suma una nueva incógnita en la ecuación de tintes territoriales (Cataluña) que puede ser incluso un catalizador más beligerante, si cabe.

El caldo se está calentando y tiene todos los ingredientes indeseables. Basta que a un loco (y los hay en todos los bandos implicados, nacionales e internacionales) le dé por cometer la primera atrocidad, y que al majara de enfrente no se le ocurra otra que responder de la misma manera.

Ojalá me equivoque… pero esto no pinta bien.

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