Nunca he olvidado el pueblo de Adamuz porque fue la primera entrada de municipios cordobeses que redacté para aquellas Enciclopedias provinciales que dirigió el gran periodista Antonio Ramos Espejo después de haber publicado la Enciclopedia General de Andalucía.
En aquel barco al que yo me subí cuando ya había zarpado, escribió lo mejor del periodismo andaluz de la primera década de este siglo, y se me quedó grabado Adamuz no solo porque fuera el primer pueblo de los 77 que habíamos de compilar en aquel diccionario cordobés que elaborábamos con precisión de relojeros Jesús Chacón, Javier Vidal Vega, Pepe Romero Portillo, Antonio Reina y un servidor en una época en la que no podíamos agarrarnos a la IA sino a la llamada telefónica en tiempo real, sino porque otro compañero de la Facultad, Rafael, se apellidaba precisamente Adamuz y ganó cierta celebridad por redactar una crónica como becario en el corazón del Tireless, aquel submarino nuclear británico que se llevó más tiempo del que ningún andaluz hubiera deseado mientras lo reparaban en aguas de Gibraltar.
Rafa Adamuz, que llegó a Sevilla con la copia de un disco de La Argentinita interpretando letras de Lorca porque él era muy de Granada, acabó de director de Canal Sur Radio en Huelva y allí terminó construyendo su vida entre una afición desmedida por los Carnavales y un compromiso imperecedero por publicar injusticias como las que ventiló en un libro que sigue dando que hablar: La memoria varada, sobre los sucesos de La Pañoleta al comienzo de la guerra civil, con prólogo de Baltasar Garzón.
El caso es que la palabra Adamuz, por una razón o por otra, no se me ha borrado de la memoria en este último cuarto de siglo y me estalló en la cabeza como un amasijo de hierros memoriosos pero retorcidos cuando se conoció la noticia de que dos trenes que describían parábolas inversas entre Andalucía y Madrid habían impactado y descarrilado a la altura de ese pueblo llamado también como el apellido de mi colega.
Adamuz, en todo caso, lo he relacionado siempre con aquellas amistades puras propiciadas por esta profesión periodística antes de que el periodismo se convirtiera también en otras cosas, porque Adamuz, por el nombre de aquel primer pueblo enciclopédico, por sus olivares centenarios, por el apellido de Rafa y por el magisterio de Ramos, siempre pareció significar para mí el origen de muchas cosas, o el punto de partida para cosas vitales que, hoy, tantos años después, se me agolpan en el recuerdo mientras no cesa este conteo de víctimas hospitalarias y víctimas mortales y mientras los familiares se rebuscan el consuelo en lo más hondo de sí mismos.
A mí me consuela, de entrada, que no hayan surgido polémicas e intereses rastreros entre el presidente de la Junta de Andalucía y el presidente del Gobierno español, pese a ser de colores políticos distintos y pese a los palos en candela que no paran de arrojar los del periodismo sucio que lagartean y buitrean por todas partes. Es para quitarse el sombrero por los dos, pero especialmente por un Juanma Moreno que ha sabido estar con las víctimas y no hacerse él el víctima, como estamos tan acostumbrados a que ocurra en esa generalizada política de aprovechar cualquier tragedia para echarles los muertos al adversario.
De muertos ya va bien la cosa. Ojalá no haya más y la palabra Adamuz sume en mi recuerdo otro motivo más para la esperanza de que cualquier tiempo pasado nos siga sirviendo mañana.
