En una sociedad, la española de hasta antier, acostumbrada a sonreírle las gracietas de pichabravas incluso al rey, nos cuesta deglutir que ya no tengan gracia, aunque el precio gordo lo tuviera que pagar Rubiales, y sin anestesia. Alguno tuvo que ser, porque la esfera pública estaba llena de candidatos, aunque luego cada cual fuera dando el cante en el registro que se manejara.
El caso es que ahora que la denuncia por agresiones sexuales al cantante Julio Iglesias ha inundado la agenda pública hasta desbordarla, en todas partes nos rasgamos las vestiduras con la otra tromba de vídeos en los que se ve al artista besuqueando y forzando a mujeres de todas las edades y condiciones en todo tipo de contextos, pero todos públicos y grabados. Por eso los podemos contemplar ahora.
¿Cómo estábamos tan ciegos como para no ver?, nos preguntamos ahora, cuando constatamos que todos esos programas, actuaciones o galas en las que se ve a Iglesias besando en la boca a cualquier chica porque le da gana, abrazándola más allá de lo que permite la cortesía o forzándola a abrazarlo no son vídeos de la Edad Media ni del siglo XIX ni de la época franquista y ni siquiera del siglo XX, sino de hace muy poco, de cuando ya el feminismo se había instalado en todos los círculos de poder pero seguía habiendo excepciones. Las cosas de Julio, supongo que se diría.
Viendo la decrepitud del anciano Iglesias estos días de condena de telediario me he acordado de aquellos versos de Gil de Biedma contra sí mismo: “Podría recordarte que ya no tienes gracia. / Que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos / cuando se tienen más de treinta años, / y que tu encantadora / sonrisa de muchacho soñoliento / -seguro de gustar- es un resto penoso, / un intento patético…”.
Pero también he pensado en que esas gracias –como dones- se conceden o no injustamente y a destiempo, y que, más allá de dejar actuar a la justicia para que dictamine después de una rigurosa investigación si Iglesias es culpable o no de lo que se le acusa, reflexionemos sobre nuestro nulo sentido crítico cuando las injusticias están sucediendo a la vista de todos. Es insoportablemente hipócrita que nos lancemos a ejercer de convencidos jueces a la mínima denuncia de alguien que tendrá que probar su acusación mientras que las injusticias flagrantes no las detectamos ni en horario de máxima audiencia porque nos encanta relamernos con Tomasito pensando que es Don Tomás.



