Como pensó Juan José Arreola cuando se enteró de la muerte de Juan Rulfo aquel 7 de enero de 1986, la obra de este mexicano con aire de funcionario europeo pero padre de la literatura más telúrica de la hispanidad era tan difícil de continuar que ni él mismo se atrevió a hacerlo. Después de publicar el libro de relatos El llano en llamas (1953) y la novela de apenas cien páginas Pedro Páramo (1955), apenas si escribió otra novela más, El gallo de oro, que no llegó a editar sino en el otoño de su vida porque un cineasta se la simplificó pensando en un guion.
Ahí termina la bibliografía –poco más de 250 páginas- del padre de todo aquel boom latinoamericano del que por entonces solo serían conscientes su paisano Carlos Fuentes y el sabio argentino Jorge Luis Borges pero que más tarde sería valorada como la piedra angular de la novelística de todo un continente por autores bien distintos que lo expresaron abierta o cerradamente como Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier y que, a la larga, se consideró efectivamente el fundador de todo aquel realismo mágico al que se adscribieron, sin pensarlo demasiado pero sintiéndolo muchísimo, nombres tan fundamentales hoy como Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Álvaro Mutis.
García Márquez recordaría para siempre aquella tarde remota en que precisamente Mutis le llevó la gran novela de Rulfo y cómo él no pegó ojo en toda la noche porque sintió la necesidad de releerla gustoso por segunda vez a altas horas de la madrugada para cerciorarse de su maravilla. A mí, particularmente, me sobrecogió su natural lenguaje de muertos y vivos aquel segundo año de la carrera en que el tipómetro y las guerras políticas de fin de siglo me traían sin cuidado y, sin embargo, continuamos aquellos estudios periodísticos en Puerta Osario porque en las asignaturas sobre literatura teníamos la oportunidad de leer a gigantes recién descubiertos como a Rulfo.
Tanto tiempo después, reparo en la magia de que tanto García Márquez como un servidor aterrizáramos en la escritura literaria desde las prisas prosaicas de la redacción en aquella época en la que existían aún las rotativas y que ambos, con la extraordinaria distancia que nos separa, alucinásemos igualmente con aquella historia del México profundo en que un tal Juan Preciado llega a Comala en busca de su padre.
Recuerdo el escalofrío que me recorrió al terminar el primer capítulo, cuando el protagonista, sin saber que ha muerto aún, se sorprende de que el arriero con el que camina le diga que él también es hijo de Pedro Páramo, que allá en Comala no vive nadie y que el tal Pedro Páramo murió hacía muchos años. A partir de esa página, la novela ya te ha atrapado irremisiblemente, en un regreso en el tiempo que se parece tanto a los sueños, en esa duda existencial de si anda uno despierto o soñando, vivo o muerto, que es exactamente lo que le ocurre a un protagonista que convive ya con los muertos sin saberlo y con las profundas voces que cuentan solas el drama de su padre con Susana San Juan y el odio de ese padre de tantos muertos de Comala hasta que toda la tragedia de la narración se concentra en el mismísimo Páramo silencioso, cayendo “con un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.
Fue después de este monumento literario cuando leí los relatos de El llano en llamas, y coincidió que los oí en la propia voz de Rulfo gracias una grabación que nunca supe cómo había conseguido la chilena en cuya casa de Suecia me quedé a vivir durante un intercambio el último año del pasado siglo. El contraste entre el frío polar que yo mismo toreaba cenando dos veces y las tremendas estampas que su autor me contaba de viva voz en cuentos como los titulados Es que somos muy pobres, Luvina o ¡Diles que no me maten! me terminó de despertar el sentido de la auténtica globalización humana.
De regreso a España, supe que, gracias a Rulfo y al boom sobrevenido una década después, sobre todo con la aparición de Cien años de soledad de Gabo, era la primera vez que los escritores de la madre España se dejaban influir por los literatos de allende el Atlántico, pues histórica y lógicamente había sucedido al revés. También hasta entonces no supe que Rulfo había dejado una inmensa obra fotográfica, más abundante desde luego que la literaria, y que abandonó la escritura, según testimonio propio, por la muerte de su tío Celerino, que era quien “le platicaba todo”. El tío Celerino existió, efectivamente, y Rulfo había recorrido muchos pueblos de Jalisco y alrededores con él, escuchando sus historias y reinterpretándolas como fantasiosas.
En rigor, el realismo mágico que nacía de todo aquello, en un continente acostumbrado a la crónica histórica y al exuberante relato que no cabía en las costuras de la novela, conectaba con aquel otro testimonio de García Márquez de que nada de lo que contaba en sus novelas era mentira sino que estaba basado en la realidad.
Si Rulfo escribió lo justo y dejó de escribir, sin ser consciente de convertirse en el padre de toda una era literaria a un lado y otro del Atlántico, fue porque en aquella época no tan lejana no se estilaba aún que una editorial con más poder que los creadores lo demostrara encargándoles qué, cómo y cuándo tenían que escribir a base de premios gestionados desde y para el mercado. Decía el tango que veinte años no es nada. Pero cuarenta sí.



