Picasso y Machado: poesía a todas horas en un colegio de Los Palacios

No es tan normal en la educación pública el milagro multiplicado de este colegio bautizado con el nombre del autor del 'Guernica' que ahora se vuelca con los símbolos imperecederos de Machado. Al menos con este nivel, este compromiso y esta entrega apasionada de sus docentes

19 de marzo de 2026 a las 16:23h
Alumnos de 4º de Primaria que trabajan y disfrutan a Antonio Machado en el colegio Picasso de Los Palacios y Villafranca.
Alumnos de 4º de Primaria que trabajan y disfrutan a Antonio Machado en el colegio Picasso de Los Palacios y Villafranca.

El año que nació en Málaga Pablo Ruiz Picasso, en 1881 –el mismo en que nació en Moguer Juan Ramón Jiménez, futuro Premio Nobel de Literatura -, el poeta que mejor iba a entendernos como país, Antonio Machado Ruiz, tenía solo 6 añitos, y su padre –Antonio Machado Álvarez, Demófilo- acababa de publicar un libro trascendente para el flamenco, una recopilación de letras para el cante que llevaban siglos diciéndose a compás pero que a nadie se le había ocurrido poner por escrito.

Realmente ocurrieron muchos milagros en aquellos últimos años del siglo XIX, sin que salieran en los periódicos ni mucho menos, pues tantos genios como estos que menciono –todos andaluces- eran solo chiquillos como los de este colegio de Los Palacios y Villafranca, mi pueblo, en el que he tenido el honor de participar estos días en torno a un proyecto sobre el autor de Campos de Castilla.

Resulta que el colegio lleva el nombre del pintor Picasso; que lleva años reivindicando los nombres propios que el flamenco ha dado en este pueblo con una de las peñas más antiguas del mundo –la de El Pozo de las Penas-, desde El Rerre a Itoly y desde Juanito El Distinguido a Anabel de Vico, pasando por bailaores como El Mistela o Amador Rojas o guitarristas como Manolo Carmona o El Niño del Fraile; y que ahora, al cumplirse 150 años del nacimiento de Antonio Machado, se ha dejado caer con un magno proyecto en torno a su vida y obra en el que han podido integrarse desde los pequeños de 3 años hasta todos esos muchachitos de 5º o 6º de Primaria que ya sueñan con ir al instituto sin ser conscientes de que eso supondrá, en clave poética, su salida del paraíso. Por cierto, hasta la jovencísima cantaora Reyes Carrasco pasó por este colegio picassiano.

Hablándoles a todos ellos de Machado, de sus abuelos, de su infancia en Sevilla, de su paso por París, Soria, Segovia, Barcelona y hasta Colliure, y de todos aquellos símbolos que él fue fraguando en su poesía, desde la tarde al camino y desde la fuente a ese catálogo de árboles que tanto significaron en sus poemas, uno ha tenido la enorme satisfacción de comprobar que los pequeños –de 8, 9 o 10 años- no solo se han aprendido de memoria –hasta para recitarlos o cantarlos- decenas de poemas del autor de Nuevas canciones, sino que, además, han creado muchísimos poemas propios al calor de tanta inspiración cercana. Dirán que esto es normal hoy en la educación pública. Pero uno, que lleva décadas por aquí, les dice que no es tan habitual. Al menos con este nivel, este compromiso y esta entrega apasionada de sus docentes.

Yo mismo he paseado por los pasillos del centro, por algunas de sus aulas y por los espacios comunes y he podido comprobar el milagro multiplicado. Los alumnos más pequeños, los que no saben todavía ni escribir, han pintado auténticos murales poéticos en los que sus tiernas imaginaciones han querido conceptualizar los naranjos de Sevilla, los caminos andaluces, los olivos de Jaén o a Leonor Izquierdo. Los que ya saben leer y escribir han contado los episodios más significativos de una vida jalonada de sufrimiento y también de esperanzas. Los mayores, no han dejado un metro libre en un centro público tan grande como este porque todo el espacio se ha aprovechado para contar y cantar a Machado a través de todas sus claves interpretativas, desde el azahar de Sevilla hasta su tumba más allá de los Pirineos, desde la lechuza de Baeza hasta los álamos del Duero, desde los campos de Soria hasta la bandera republicana en el Ayuntamiento de Segovia.

Los chicos saben ya tanto de Machado que lo único que les queda por aprender es que una cosa son los datos y otra, las reflexiones personales sobre todos ellos. Pero ya han empezado a practicar. Cuando he terminado la exposición sobre su figura, les he preguntado a todos si veían correcto que nuestro poeta siguiera enterrado en Colliure, y  ha habido sustentadas opiniones diversas, desde los que lo veían bien como un constante aldabonazo a nuestra memoria –los chicos son mucho más inteligentes de lo que pensamos- hasta los que lo veían mal porque –me han dicho-, “un poeta así merecería descansar en su tierra, que es Sevilla”. Pero las opiniones han seguido, y hasta ha habido algunos y algunas que han coincidido en señalar que donde Don Antonio debía descansar era en Soria, al lado de la mujer que tanto amó.

Uno va a dar una charla a un colegio para que los muchachos aprendan y sale de allí enseñado. Es lo que tiene la poesía, y el arte en general: que siempre son de ida y vuelta. Se me ha olvidado recordarles que el pintor que bautiza a su colegio también acabó fuera de nuestro país, en el París donde Machado había sido tan feliz con Leonor mucho antes de la tuberculosis de ella y mucho antes de los desastres bélicos que estaban por llegar, y después de haber pintado un poema en blanco y negro al que tituló Guernica como un grito contra el bombardeo de los fascistas en aquella localidad del País Vasco que quedó como símbolo de la barbarie de la que siempre deberíamos rehuir.

De símbolos sí hemos hablado, y mucho, porque el mayor símbolo que ellos mismos reclaman sigue siendo, a día de hoy, el de la paz que tanta falta hace en el mundo de los adultos. El de aquella paloma que le salía a Picasso de un solo trazo, el de aquella otra paloma equivocada de Alberti, la misma paloma que, en Machado, tenía forma de lechuza con una ramita de olivo porque, para el agradecimiento a Santa María, daba igual el ave que se focalizara y a los niños sigue sirviéndoles cualquier símbolo viviente de los que ven por la ventana.

Larga vida a este colegio picassiano que ya es también de Machado.

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