Catetos y racistas para manchar el fútbol español

En los clubes futbolísticos no mandan las banderas ni los colores ni las culturas ni los ombligos, sino el dinero universal. Cualquier equipo de los grandes ha sustentado su éxito en no hacerle ascos a las diferencias

Lamine Yamal Nasraoui Ebana, el dorsal número diecinueve de la selección española de fútbol.
02 de abril de 2026 a las 11:26h

Qué hartura de que el deporte rey, como llaman al fútbol en mi país, sea a la postre el tan bastardo, tan plebeyo y tan vulgar campo de experimentación de la peor condición humana, la que se hace bulto, masa e ignorancia cada vez que se tercia corear contra el diferente, como en los tiempos de la Inquisición pero con todas las sangres definitiva y afortunadamente mezcladas.

En el caso del fútbol, la triste paradoja es más doliente, porque se trata de un deporte que ha alcanzado una dimensión estratosférica precisamente por la grandeza de su heterodoxia radical. En los clubes futbolísticos no mandan las banderas ni los colores ni las culturas ni los ombligos, sino el dinero universal. Cualquier equipo de los grandes ha sustentado su éxito en no hacerle ascos a las diferencias. Más bien al contrario, el mercado ha olfateado el talento, previo pago, allá donde se encontrara y le ha dado igual la raza, el color y la religión de cada cual.

Por eso en partidos de selecciones nacionales, y máxime sin son amistosos, como el del martes entre España y Egipto, dan más vergüenza que nunca esos cánticos xenófobos y tan faltones contra el Islam en este caso, porque hasta los representantes del fútbol patrio, empezando por nuestro país, se han ido configurando sobre la conveniencia de nacionalizar a determinadas figuras que conviene tener a este lado de las fronteras, sobre todo mentales.

Precisamente en España, una nación tan multicultural que asienta su Historia en la grandeza de la mezcolanza interreligiosa y que hoy por hoy tiene a tantos futbolistas musulmanes en sus alineaciones, empezando por su Primera División, lo último que hubiéramos esperado es que, en plena Cuaresma de 2026, la voz de la masa ignorante hubiera ganado tantos adeptos en ese encuentro futbolístico amistoso entre España y Egipto en tierras catalanas, porque la doliente paradoja del burdo grito “Musulmán el que no bote” es que musulmanes han sido casi todos nuestros tatarabuelos; que el Islam basa su Ramadán en las mismas ideas que el Cristianismo basa su Cuaresma, es decir, en el ayuno, la generosidad y la necesaria reflexión espiritual; y que el Dios cristiano y el Alá musulmán constituyen las mismas espiritualidades históricas sobre las que, tantos siglos después de enfrentamientos inútiles, deberíamos haber aprendido nuestra afortunada civilización.

Hubo una vez, o varias, en que nuestro imperio empezó a caer en bancarrota porque determinados iluminados de la Corte decidieron expulsar a los otros, empezando por los judíos. La insoportable hipocresía de tantos siglos después es que, en el orgulloso fútbol patrio, a ninguno de esos papafritas que gritan lo que no entienden se les ocurre echar de nuestro fútbol tan cristiano a los jugadores musulmanes que obran tantos milagros sobre el terreno de juego. Eso no lo ha dicho todavía Lamine Yamal. Pero somos muchos los que lo hemos pensado.