Vivo en un pueblo en el que sus políticos se han hecho mayores sin aprender aún la deportividad de la dialéctica en la que deberían basarse sus mensajes. Supongo que no solo ocurrirá aquí, porque al fin y al cabo no seré yo quien pinte negativamente mi localidad cuando a diario me habla maravillas de ella mucha gente de fuera, pero precisamente por eso focalizo a sus profesionales de la cosa pública. Después de tantos años, son inaceptables su estilo de trazo grueso, sus críticas personales, sus modos tantas veces tabernarios de atacar al adversario.
La gente está harta de la política de medio pelo, del insulto para nada, de la gracieta sin gracia, de la ingeniosa frase sin futuro y de los ciegos incondicionales acá o allá. La gente, por lo general muy trabajadora, muy honesta y muy amable, prefiere propuestas, verdades y llamar a las cosas por sus nombres se esté en un despacho o en medio del manchón.
Se puede ser político cuando toque, pero se es vecino toda la vida. Y tiene que ser demasiado duro, demasiado absurdo y demasiado inútil ir perdiendo amistades acá o allá, en este bando, en este grupo o el de enfrente solo por convertir el sano debate de la cosa pública, que es a lo que debería dedicarse en exclusiva la política, en un estercolero de insultos, comentarios insidiosos, puyas malintencionadas, inoportunas referencias personales o familiares o ridiculizaciones que solo suelen ridiculizar a quienes las blanden. Tiene que ser duro, absurdo e inútil terminar una etapa política y no poder seguir paseando por tus calles, ya de paisano.
En política en general, y en la política local particularmente, prima aquello de que aquí nos conocemos todos. De hecho, cada vecino tiene un político dentro como puede tener un entrenador de fútbol o un capataz. Pero si no todos dan el paso de servir en un partido para servir a la sociedad puede ser por dos motivos diferentes: por falta de valentía o por exceso de pudor, pero hay un tercer motivo que me parece más grave, y es por el mal ejemplo que dan tantas veces quienes dieron el paso primero.
Desprestigiar a los políticos y a la política es desprestigiarnos a todos, porque en política democrática cualquiera puede dar el salto a preocuparse por la cosa de todos aunque si cada vez hay menos gente interesada en ocuparse de los demás para ocuparse de sí mismos o si los mismos políticos se olvidan de que están ahí para solucionar problemas y no para jugar a tirarse los trastos a la cabeza mientras los demás trabajamos en serio y en algo, el peligro tan real es que surjan como setas esos listos que siempre tienen una solución en un mágico tarrito de cristal para arreglarlo todo por las buenas o por las malas.
En mi pueblo, como en todos, se está perdiendo el léxico de nuestros mayores, y hay una palabra en desuso de la gente del campo que parece conminarnos a actuar: haz. Sí, parece el imperativo del verbo hacer, pero también es un sustantivo, sinónimo de gavilla, manojo, moraga o brazada. Un haz de paja, por ejemplo. En plural, haces. La palabra haces, gavillas o montones recogidos de yerba, es una metáfora perfecta, desde la tierra, de lo que podría hacerse en política: esa recogida de propuestas, ideas o trabajos culminados que podrían ir acumulando los políticos, simbólicamente, en la puerta del Ayuntamiento de todos. Es una palabra que remite al trabajo, a la entrega y a la eficiencia colaborativa de nuestros manchoneros, y aunque tanto se parezca, qué diferencia con esa otra palabra maloliente, rara e indeseable que son las heces. Pues sí: la política no debería generar heces, sino haces. Y más la política local, donde los políticos conocen tan bien la diferencia.


