Tejero, el 23F.
Tejero, el 23F.

Nadie escapa a la auténtica revolución. Nadie puede obviar lo que el mundo nos ha traído en los últimos años, y como una sibilina serpiente, va ziszagueando por todos los rincones de la vida, reptadora, retadora, venenosa, traicionera.

Cuando yo era niño, finales de los sesenta y primeros de los setenta, todo era más sencillo, item más, siempre era todo más sencillo en esas épocas para todos. La cosa estaba clara, por lo menos aquí, en España, y no digamos en el sur del sur: las cosas como dios manda...y mandaba mucho.

Al poco de yo nacer vinieron a España los Beatles, salieron del avión que les trajo con monteras de torero colocadas en sus cotizadas pelambreras; dieron dos conciertos donde se aconsejaba al personal que asistía no levantarse de sus asientos, que refrenaran sus frenesís alocados al escuchar y ver a esos modernos melenudos, que era como les llamaban en los medios oficiales de comunicación –que eran todos–. España era así: previsible, ordenada, antigua, hortera, ingenua y como he dicho antes, muy sencilla, claritas las cosas.

Recuerdo también, ya más mayor, los momentos cumbres de la transición de la dictadura a la democracia, recuerdo manifestaciones, en las que participé con el entusiasmo juvenil de hacer algo que tocara las narices de alguien. Era una España que iba cambiando esos adjetivos del párrafo anterior por otros más arriesgados y daba la impresión, a mi eso me parecía, que todo sería para mejor, que la deriva de mi país –que para mí era mi ciudad, mi barrio, mi colegio...–, era la deriva hacia un horizonte que yo  veía, con los ojos de un adolescentes, lleno de colorido. Un futuro de color, de modernidad, y eso ya era mucho para los jóvenes de entonces.

Hace unos días se conmemoró el fracaso del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Ha pasado mucho tiempo, cuarenta años, y sigue estando en el centro de la polémica el papel del rey, del CESID, de algunos políticos, que si la trama civil nunca descubierta y toda una serie de cuestiones que levantan pasiones. En lo que a mí respecta, el recuerdo de esa infausta jornada lo tengo bien vivo en mi memoria, mis recuerdos de las cosas que hice, con quién estuve, donde fuí ese 23 y donde estuve el 24 de ese febrero loco...Tranquilos, no os voy a dar la paliza –de momento– contándoos mis peripecias de ese día, aunque son interesantes ya os digo. Pero no, la cosa es que, efectivamente, ese intento de involución tuvo como consecuencia el resultado contrario a lo que pretendían sus promotores. Ya, ya sé que algunos de vosotros consideraréis que precisamente lo que pretendían los golpistas es lo que sucedió después: la consolidación del regimén del 78, la consolidación del espacio monárquico, el posibilitar un futuro gobierno de los socialista pero con políticas que no alteraran ese estatus quo establecido desde la muerte del dictador Franco. Ya sé que me diréis eso, lo que pasa es que yo no trato de pontificar nada, ni una cosa ni la otra; lo que es incuestionable, y decirlo parece que puede molestar, es que a partir de ese momento dió la impresión que la democracia se consolidaba, que la extrema derecha perdía esperanzas de reconquistar lo que consideraban suyo y, en definitva, avanzábamos hacia una etapa de progreso y modernidad indiscutible.

Los ochenta pueden ser analizados desde muchos puntos de vista: social, económico, político, cultural...y desde cualquier prisma que lo miremos, creo que podemos coincidir en que fue una etapa de importantes y necesarios cambios en el país. Para algunos, esos cambios fueron insuficientes, para otros fueron excesivos y para casi todos fueron necesarios. Con todas sus luces y sombras, claro está.

Hoy, todo es más complicado, es difícil hacer una recopilación o una lectura horizontal o mínimamente coherente del devenir de nuestra civilización y, además, como decía al principio, la revolución ha llegado. No me gustaría pasar por ser un nostálgico, no lo soy, y no me gustaría que se pudiera pensar que, como toda persona mayor de cincuenta años, mire el pasado de una forma idealizada, incluso en su cutrez, que la hubo, y mucho.

Pero hay cosas que me hacen pensar que cualquier revolución, y como cualquier revolución, puede traer siempre cosas muy buenas, avances interesantes en el campo que sea, y cosas negativas. No trato de pontificar, no quisiera pasar por un snob, pureta y conservador, pero esa revolución, LA REVOLUCIÓN DE LOS IMBÉCILES me trae a mal traer, y no puedo dejar de pensar que cualquiera –yo mismo– tiene a su mano un altavoz privilegiado en las redes sociales para decir cualquier idiotez y creerse un híbrido de Einstein y el tribunal supremo –por más que muchos de esos están en el tribunal supremo–. El imperio de los idiotas es la consecuencia. Y ahora ya pueden decirme que yo mismo soy parte de esos que se permiten decir tonterias en un papel. Asumido, pero por favor, que he tenido que escuchar estos días que lo de la maquinita esta que han enviado a Marte forma parte de una conspiración y que seguramente nos dirán que han encontrado un marciano, y que éste, también seguramente, tendrá toda la cara de Bill Gates.

Estamos rodeados.

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