El líder del PP, Pablo Casado, en una imagen reciente.
El líder del PP, Pablo Casado, en una imagen reciente.

La rapidez con la que engullimos las noticias. La facilidad con que cualquier información deja de ser interesante por su carácter efímero. Los periódicos de papel se han convertido en fetiches de viejunos irredentos. La aldea global también era eso: que cualquier suceso, cualquier acto, cualquier manifestación, cualquier político, artista, lo que sea, tiene una vigencia limitada a golpe de clic. Todo es superado por lo siguiente, y lo siguiente ha llegado ya.

Ésto, que es una obviedad, es algo que no necesita ni de defensa porque nuestro mundo es el mundo de la inmediatez, del consumo inmediato de cualquier cosa: comida, sexo, personajes, política, noticias... todo es un fast food continuo. Un devorar sin parar. De hecho cuando me pongo a escribir mi artículo para este medio, o los que tenga que abordar para otros, en ocasiones ―intento que sea las más veces posible― buscar en la actualidad el argumento para la columna o comentario no es fácil. No, porque la actualidad de poco espacio para la sorpresa o la reflexión, es simplemente que pegarse a la actualidad requiere que sea, valga la redundancia, rabiosa actualidad ―que era como se solía decir― y por tanto, con la rapidez con la que se agotan los merecimientos de una noticia, es muy probable que lo que un lunes era “lo que petaba”, el sábado siguiente pertenezca al campo santo de las noticias que fueron. Lo que escandaliza un martes, el jueves es deglutido por la dictadura de lo presente, y lo presente comienza a ser deglutido por lo que ya viene.

Esta cuestión sobre la que es difícil luchar, y que tiene como causa o elemento posibilitador, desde mi punto de vista, la revolución que ha supuesto Internet y todo aquello que ha supuesto que estemos online conociendo lo que ocurre en cualquier rincón del mundo, tiene algunas derivadas, muchas, que hacen que me rebele ―por encima de mis posibilidades― porque en las más de las ocasiones, este rápido engullir, este inmediato asimilar y arrumbar algunas noticias, solo sirve para que se blanqueen los verdaderos significados de esas informaciones. Estoy hablando concretamente de cómo, por ejemplo, en comunicación política, la consecuencia de todo esto es el que tenemos muchos políticos que se permiten el lujo de decir, o hacer, barbaridades, sabiendo como saben, que el debate que producen es mínimo en su recorrido en el tiempo y sin embargo, en algunas capas de la población cala como cala la fina lluvia de nubes pasajeras.

Somos poca cosa, y en mi caso un ciudadano que tiene el privilegio de poder, cada semana, escribir lo que le da la gana en un medio al que considero de lo mejorcito de la provincia, pero poca cosa y escaso poder de influencia y convicción a través de mis palabras. No obstante, como digo, me rebelo, no soporto la dictadura de la desinformación, la esclavitud ante la ignorancia, el poder de lo subliminal, el mensaje que se inserta en nuestra mentes como en las mejores películas de ciencia ficción. Me rebelo, y por eso, para que por lo menos dure un día más como noticiable, vuelvo a sacar a la luz una declaración política de esta semana que me ha escandalizado a la vez que reafirmado en lo que me temía: me refiero a la definición que ha realizado, sobre la guerra civil, Pablo Casado, presidente del Partido Popular. Para él, la Guerra Civil enfrentó a dos bandos porque uno quería una democracia sin ley, y otro la ley sin democracia. Eso dijo.

Yo no voy a desmentir lo que ya han hecho los historiadores y la gente decente de este país. Solamente voy a lamentar que la derecha política, necesaria como en todo régimen democrático, tenga tan poco aprecio por la verdad, tenga tan poco aprecio por sus propios ciudadanos. Es de una crueldad absoluta lo que ha dicho, y lo peor, creo que se lo cree, y aunque supongo que es una frase efectista que le ha puesto algún asesor ―de esos que cobrar por hacer discurso y frasecitas memorables― para pasar por ser ingenioso y ocurrente, creo que efectivamente, Casado simplemente no sabe que en España teníamos un régimen democrático, con una constitución democrática, que hubo un golpe de estado y una guerra ¡una guerra! que concluyó con la población diezmada en cunetas y fosas comunes o en el exilio. Niños, mujeres, hombres, todos peligrosamente demócratas pero que, según Casado, eran poco más o menos que unos endemoniados.

Lo ha dicho Casado, y creo que se lo cree. Será que aparte de que le regalaran sus estudios superiores, también le regalaron la estupidez. Un líder que no conoce la historia de su país. Aunque yo creo que si sabe lo repugnante de su proclama. Yo creo que no podemos olvidar.

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