Personas paseando por Jerez, un día de niebla.
Personas paseando por Jerez, un día de niebla. MANU GARCÍA

La neblina del agua es madrina, y estos pasados días, a esa madrina le ha caído en gracia nuestra tierra. Niebla, bruma, humedad, frío. Un fenómeno atmosférico, como una serie o película sobre la Edad Media, catástrofes aéreas —sí hombre, en mi imaginario particular siempre que hay un accidente importante de avión, las imágenes de televisión del siniestro son imágenes de niebla, de ambiente muy desagradable—. La niebla es también propicia para relatos terroríficos, lobos que aullaron con la Luna llena y asustan a los lugareños entre brumas nocturnas.

La niebla da a las ciudades un aspecto espectral. Un fantasma recorre Europa…y Cádiz, y Jerez, y tantos otros sitios. Es la niebla, claro, es la niebla; el otro fantasma, el que nos anunciaba Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, no lo veo yo recorriendo muchos metros, y más que fantasma como dios manda, está todavía en prototipo, como un futuro espíritu en estado de iniciación. El capitalismo, como la niebla, es pegajoso, frío, deprimente, es un fantasma que lleva recorriendo el mundo hace siglos, y me da a mí, que ni el comunismo —por supuesto nada que esperar del que se practicó como estalinismo—, ni los intentos de dulcificar sus efectos han dado ningún resultado. Es como si para combatir la niebla piensas que no te vas a empapar poniéndote un gorrito de lana, o lo llevas al extremo de enfundarte varios chubasqueros, una capa protectora o sin más, te quedas en casa. La niebla como el capitalismo es salvaje.

La niebla de estos días nos ha dado la versión más apocalíptica de la pandemia. Yo no sé cómo se habrán vivido las intensas nevadas por Madrid, Toledo, Teruel, supongo que mal, pero seguramente, y por lo visto en los informativos, también ha tenido su lado lúdico, con esas calles en pendiente, todo un lujo para practicar simulacros de esquí alpino, para delicia de niños y mayores. La niebla no. La niebla nos avisa de la Santa Compaña, del carrusel de coros menos carnavalesco que pueda existir, esa colección de desgracias que todas sumadas hacen de nuestra existencia un psycho thriller que ni John Verdón.

La niebla nos llega a la mente como el capitalismo nos llega al bolsillo. La niebla se puede combatir, si estás conduciendo –cosa esa totalmente inútil en estos días de cierres perimetrales–, activando las luces antiniebla, utilizando el limpiaparabrisas, pulsando la función de aire antivaho, en fin, unas cuantas cosas que te servirán para cumplir normas pero no para evitar el desasosiego que produce la fosca. La niebla mental, según psicólogos, es preciso afrontarla para limitar sus consecuencias y, por eso, nos animan a seguir los consejos de mantener la calma, realizar de memoria, hacer deporte, dieta, hablar del tema. Se trata de combatir el miedo, el aislamiento, la ansiedad… Sin embargo, el capitalismo, ¿Cómo se combate? Es difícil la pregunta, ¿verdad? Porque como hemos visto, la niebla llega a la mente y los psicólogos nos dan sus remedios, pero el capitalismo nos llega a los bolsillos —y más sitios claro— pero las fórmulas para combatirlo ni están claras, ni claros son sus resultados, si no que se lo digan a aquellos que vieron en la crisis de 2008 la agonía y muerte del capitalismo y el nacimiento de una cultura económica y social basada en el humanismo, en la cooperación, en la solidaridad y en el desarrollo sostenible.

Estos días de niebla y capitalismo, de miseria económica y humana, de dolores de huesos y gafas permanentemente empañadas, volvemos a la economía de casino, vacunas al mejor postor –escuché por la calle a una señora decirle por teléfono al interlocutor algo así como "no hay gente más mala que los de AstraZeneca"–, contrabando de jeringuillas, propicias para el culillo. Dando lo mejor de sí mismos aquellos que se han puesto la vacuna, sin corresponderles por protocolo, aduciendo una solidaridad de ventorrillo, "yo no me quería vacunar, lo he hecho por los demás", o elevando la justificación a cuestiones metafísicas, "lo ha dicho el papa", fiscales que se pasan la vida bostezando mientras inculpan a inocentes a la vez que se llevan debajo de la toga un puñado de viales para su grey.

Alcaldes que sacrifican su brazo con un todo para el pueblo y por el pueblo, que de no ser por la situación que generan, sería cómico. Guardias civiles y militares de las más altas graduaciones jugando a aquello de por mí, por todos mis compañeros y por mí primero, finalizando el juego con un corte de mangas muy patriótico. Eso es capitalismo también no solo el de las farmacéuticas, porque el fiero salvaje oeste está pensado para que no haya normas, ni siquiera morales, y así, lo que para nosotros no son más que sinvergüenzas y traidores, para ellos es algo natural, como las teorías del darwinismo social, aquí el más sinvergüenza, es el más espabilado.

La niebla se despejará, es posible que, cuando esto salga publicado, otro fenómeno meteorológico nos acompañe: viento, lluvia, anticiclón de las Azores, lo que sea. Como la energía, la niebla ni se destruye ni se crea, se transforma, pero es energía, clima… al revés que el capitalismo, que se crea, que te destruye, que se transforma… pero es capitalismo sin más.

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