Un hombre circulando en bicicleta.
Un hombre circulando en bicicleta. MANU GARCÍA

En estos días tan azules, en el supuesto inicio de la cuenta atrás para el comienzo del otoño, cuando las tardes deberían refrescar lo suficiente como para pertrecharse de alguna prenda extra que nos quite la sensación de frialdad de las noches al raso de septiembre, nada es lo que parece, ni siquiera el tiempo atmosférico, ni los hombres, ni las mujeres. Nada. En estos días esas cosas, esa turbidez de las nubes bajas, deberían pasar, aunque como vemos y sentimos, desgraciadamente, este cúmulo de extraordinarias sucesiones de catástrofes naturales llamadas genéricamente “cambio climático” y que no son otra cosa que el desgaste de nuestro suelo, de nuestro planeta, ante el empecinamiento humano en pensar que somos dioses, cada uno de nosotros o todos en unísona condición, damos por supuesto que tenemos la suficiente capacidad para que con nuestro pensamiento mágico, como los crios, estar convencidos de que estamos por encima de la biología, que estamos por encima de lo natural precisamente porque somos seres sobrenaturales ¿Quién no ha soñado, despierto o dormido, siendo niño o adulto, en que es inmortal? ¿Quién no ha pensado, consciente o inconscientemente, en tiempos remotos o contemporáneos, en que el futuro siempre será mejor por el simple hecho de que así debe ser, así queremos y estamos convencidos de nuestra capacidad para impedir lo que no queremos que suceda?

El hombre, en su mediocridad estadística, es decir, buscando esa mediocridad en la media de todos nosotros, juega a ser dios, como si dios existiera y se encarnara en cada uno de los humanos, sentimos que todo lo que percibimos por los sentidos, la realidad, puede ser manipulada por nosotros mismos, pero a la vez negamos que esa manipulación pueda ser tan perversa y negativa que termine por destruirnos. Hay quienes solucionan este mal dato con la fe, la creencia religiosa en el ser superior, aunque sinceramente ¿no es eso, hombre mediocre, jugar a dos barajas, creer en sí mismo como creador, hacedor, manipulador y a la vez, guardarse del fracaso, inevitable, poniendo la responsabilidad en alguien a quien ni puedes pedir cuentas, ni tan siquiera examinar su conducta?

El hombre mediocre se aísla en el colectivo, dispersa su responsabilidad en el conjunto, todo le apetece, nada intenta más allá de estar siempre atento a no ser comprometido, a desear que los demás deseen para de esta manera cumplir sus objetivos. El mediocre no es el tímido, no es el decente, ni siquiera es el torpe.

La mediocridad no es la vida gris que podamos llevar cada uno de nosotros. No es la brillantez lo contrario de la mediocridad, hay hombre brillantes en su trabajo. escritores, grandes oradores, estudiosos, científicos, que sin embargo no son capaces de situarse por encima de la mediocridad imperante y que ellos mismos protegen. Si tuviéramos que poner ejemplos seguro que por vuestras cabezas salen muchos nombres, personas anónimas o personas muy conocidas. El ámbito de la política es quizás el más reconocible de lo público: políticos que consiguen carreras brillantes, cargos de alta responsabilidad, como les gusta decir a ellos: cuotas de pantalla significativas, pero que, sin embargo, son mediocres que solo han conseguido esas notoriedades en base a lealtades perrunas, en la casualidad de estar en el momento apropiado en el sitio apropiado, en el no comprometerse personalmente, en quedar bien por encima de su escasa voluntad. Podemos ver esto mismo en otras facetas, posiblemente todos tengamos ejemplos de lo público, de personas como artistas, escritores, jefes de nuestras empresas, comunicadores…pero ¿y si miramos en nuestro contorno? ¿y si salimos a la calle a verificar cuánto de mediocridad hay? 

José Ingenieros fue un polifacético personaje de principios del siglo XX, argentino, médico, escritor, humanista. Una de sus obras más singulares se titula, precisamente “El hombre mediocre” y dice:

“El hombre mediocre es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente. 

El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra aprender a amar. En su vida acomodaticia se vuelve vil y escéptico, cobarde. Los mediocres no son genios, ni héroes, ni santos. Un hombre mediocre no acepta ideas distintas a las que ya ha recibido por tradición, sin darse cuenta de que justamente las creencias son relativas a quien las cree, pudiendo existir hombres con ideas totalmente contrarias al mismo tiempo”

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