En la imagen, turistas paseando bajo un sol de justicia en Jerez, en días pasados.
En la imagen, turistas paseando bajo un sol de justicia en Jerez, en días pasados. MANU GARCÍA

Recuerdo que hace años el verano, por estas tierras gaditanas, tenía un final más allá de lo que dictaba el calendario o la climatología. El verano terminaba el domingo que se jugaba la final del Trofeo, la cual solía disputarse en los últimos días del mes de agosto. Después tocaba pensar en el colegio. Incluso mi memoria, jugándome una mala pasada, me recuerda con imágenes nítidas, pero seguramente falsas, que ya los primeros días de clase había que cambiar la indumentaria propia de las fechas de estío por otras que se llamaban genéricamente “de entretiempo”, con lo que te asegurabas una rebeca o un Jersey finito.

Son recuerdos de infancia y adolescencia que se van desvaneciendo con el empuje de la realidad tozuda y cristalizada de este siglo XXI, en el que el final del verano apenas tiene alguna que otra señal muy subjetiva y preñada de historias personales. Hoy no hay trofeos, el futbol que antaño desaparecía durante unas cuantas semanas y que solo volvía a través de unos cuantos torneos de mediados de agosto, hasta el comienzo de la liga, es cosa del pasado. Hoy no, hoy son las televisiones las que mandan y ordenan tener fútbol todo el año.

En estos últimos años, quitando la insoportable realidad de la pandemia que todo ha trastocado, es, por lo menos aquí, la afluencia de turistas lo que distingue el verano de todo lo demás. Nos marcan y hacen la división entre la anormalidad de lo cotidiano,  de la vida de los nativos, nuestra vida.

Es impactante como en menos de un año, sin que haya quedado atrás el peligro a los contagios y todo el drama inherente, el como este verano ha habido una autentica migración de personas, de visitantes de todos los rincones de España en una actitud como de darse el gustazo después de todo lo pasado. Nunca, y digo nunca, vi tanto turista por las calles de mi ciudad y, curiosamente, prácticamente turismo nacional.

Aún nos queda verano, claro que sí, tanto por lo que nos dice el calendario, como por lo que nos dice la climatología, la cual nos va retrasando, año tras año, el fin de las calores y la entrada de un otoño normal. Ahora la cosa pasa directamente del verano al invierno, pero a un invierno suave. Cosas del cambio climático.

A fuer de intentar ser un clásico, para mí el verano termina el mismo día que veo a los pequeños y pequeñas de manos de sus padres y madres caminito del colegio. El verano termina con los llantos de los novatos en esto de la educación infantil y con el desconsuelo sin llanto de unos padres con el corazón encogido de ver a sus niños implorar que no se les abandone en ese lugar que años después se convertirá en uno de los espacios favoritos de la memoria de buenos ratos pasados.

Hay otro clásico que, sobre todo en los informativos, señalan como fin del verano. El fin de las vacaciones de los políticos, eso que llaman el inicio del curso político, una cursilada como otra cualquiera, pero que posiblemente sea más real que otras fechas para marcar el inicio de la vuelta a la normalidad (un amigo me dice, con mucha retranca, que si los políticos vuelven al tajo es que realmente la posibilidad de vacaciones ha terminado, porque si existiese esa posibilidad, la aprovecharían).

Hay otro final de verano más…más antropológico. Está el entierro de la sardina, que aquí en Cádiz utiliza su variedad más autóctona como es la caballa, y se hace en La Caleta, lugar que se ha convertido mañana, tarde y noche en lugar de peregrinaje de propios y extraños, de nativos y foráneos para hacer fotografías de todo tipo, incluyendo por supuesto, una del atardecer en el lugar, para días después enseñarla orgullosamente en Burgos, o donde sea.

En definitiva, escojan ustedes la fecha, el motivo, el momento, pero el verano va languideciendo, y en dos días, por más que haga un calor de espanto, llega septiembre, como los corticoles, y en septiembre entre la liga, el colegio, el apuntarse a un gimnasio, comenzar una imposible colección por fascículos, las prioridades cambian y el propósito de enmienda vuelve a surgir durante unos días, lo que tardamos en volver a echar de menos el solsticio del Sol.

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