una cosa es ser un maldito, un rechazado, que un maldito o ejerciente de malditismo por elección propia. Una especie de James Dean de andar por casa.
una cosa es ser un maldito, un rechazado, que un maldito o ejerciente de malditismo por elección propia. Una especie de James Dean de andar por casa.

A finales del siglo diecinueve, y entroncando con el veinte, surgió en Francia un movimiento artístico-literario, fundamentalmente entre los poetas, como consecuencia de las implicaciones de un ensayo de Verlaine Los Poetas Malditos que consistió en la creación o constatación de que los poetas de la época tenía unos modus vivendi –añadiría: y operandi– que oscilaba entre la incomprensión, el autoaislamiento, el sufrimiento, el decadentismo. Todo esto fue retratado por Baudelaire en su libro Flores del Mal, dando origen al grupo de artistas, incluidos en este movimiento, de varias disciplinas no solo en la poesía, sobresaliendo autores literarios, pintores, músicos... Las características que nos llegan son las de un tipo bohemio, poco comprometido pero especialmente crítico con lo que le rodea, no incluyendo, por supuesto, la autocrítica; escasamente observante de normas y convenciones sociales, con un estilo de vida provocador, poco amistoso, deslenguado, irrespetuoso y de un tono soberbio y desdeñoso.

Si tuviéramos que señalar palabras sinónimas que recogieran de manera más o menos correcta lo que viene a ser el estilo del maldito, de la actitud correspondiente al malditismo, podríamos incluir términos como snob, maleducado, ególatra, sufridor, envidioso, incluso genial…es difícil, porque una cosa es ser un maldito, un rechazado, que un maldito o ejerciente de malditismo por elección propia. Una especie de James Dean de andar por casa. El enfant terrible como imagen que se quiere proyectar pero que en definitiva no es más que una coraza, una pose, un llamar la atención con extravagancias.

De estos últimos andamos sobrados, son aquellos que acudiendo a ese estilo personal de vida basado en le excentricidad buscada, como justificante de lo irrespetuoso, y que esconde, además, un ego insoportable. Ese tipo de personas que se levantan por la mañana y piensan “¿a quién le doy hoy el palizón?” “¿a quién le doy una lección?” para después justificarse con un “yo soy así”.

El ego excesivo es mala cosa, especialmente cuando supera esa barrera invisible, pero existente, que es la irrealidad, a partir de ese momento donde el “yo digo la burrada que pienso y tanto me da” que es algo que algún amigo llama el sudapollismo, que corresponden a gente que dice lo que piensa pero no piensa lo que dice. Pierden el sentido de la realidad, de que toda causa tiene su efecto.

Como ya adelanté en la columna de la semana anterior, el imperio de los imbéciles es algo fáctico con la inestimable aparición de hace algunos años de las redes sociales que se han convertido en el altavoz de los desesperados por la notoriedad –como esos psicópatas que cometen un delito importante para salir en televisión y sentirse importantes–, de personas que buscan el aplauso en esa actitud que ahora está de moda llamarle “canalla”, como si eso fuera un mérito.

La trampa de ese malditismo, de ese epatar “porque yo lo valgo” se da, sin ninguna duda, en todo aquello que tenga que ver con la creación artística. Conozco a un pintor, bastante bueno –a veces–, absolutamente implacable en su crítica a todo aquél que aparezca en su entorno pintando, da igual que lo haga bien o mal. Él los desprecia e intenta ridiculizarlos, pero eso sí, a otros de ese mismo entorno pero ya pintores consagrados, no se atreve porque otro rasgo de estos seres es su complejo, y ya se sabe: fuerte con el débil y débil con el fuerte. Son personas ecpáticas, que es lo contrario de empáticas, y sin embargo que difícil es hacerles ver que ellos, como en el cuento El Rey Desnudo de Andersen, no se ven sus vergüenzas porque ni a eso atinan y porque tampoco nadie se las dice.

Quiero insistir en que esa pose, porque todo es una pose, es dañina para los demás, que sufren las acometidas de estos “posantes”, pero también para el interfecto, pues poco a poco, aparte de que casi siempre tendrá gente que lo medio disculpe con frases como “déjalo, no le hagas caso, él es así”, van creándose un halo de pesado, de “coñazo”, de tipo al que no invitarías a tu fiesta porque siempre la estropea; y lo peor, son gente que al final de tanto usar la pose del snob, del genio loco, cada vez es menos genio y más loco.

Así que intentemos abordar este imperio de los imbéciles, de esa revolución de la que hablamos la semana pasada, y consigamos entre todos que las relaciones sociales sean eso, sociales.

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