Libros, en una librería, en una imagen de archivo.
Libros, en una librería, en una imagen de archivo. MANU GARCÍA

Ayer me descubrieron que los gatos, aparte de todas las características que tópicamente se les adjudican, también tienen cualidades para el diseño de buenas y sencillas historias. Pero es que hace unos días me estuvieron contando que un señor, llamado Frits, fue agente de la Gestapo nazi, ejerció de falso médico en España, fue miembro de la resistencia y muchas más “ocupaciones”. Hace años pude llegar a la conclusión de que llamar a alguien Cabrón no tenía por qué ser un insulto, quizás pudiera ser, y es, apellido de un verdadero pirata de esos que Salgari nos mostraba. Brillaron mis ojos cuando conocí la vida aparentemente sencilla de William Stoner, y me asaltaron dudas si era posible escribir algo más bello que “una mujer de rojo sobre fondo gris” y que no fuera Delibes quien me lo enseñara.

Sí, soy culpable. No lo niego. Nacemos, vivimos como podemos, o nos dejan, y finalmente dejamos de existir ―excepto que hayamos leído a Jorge Manrique, porque entonces sabremos que la vida, en muchas ocasiones, es el antecedente que nos llevará a otra: la vida de la fama, y será en ese momento, cuando un montón de privilegiados, se sabrán inmortales y también inaccesibles―. Yo nací, viví y vivo, y no tengo ninguna apetencia en recrearme en la prolongación de mi existencia, aunque sea la del poeta Manrique. Neruda nos confesó que había vivido, por tanto, no hay más preguntas señoría, su confesión es toda una invitación a legitimarse, y por tanto es culpable de alimentarnos la creencia de que vivir está al alcance de la mano de cualquiera, como si no hubiéramos leído a Carver y no supiéramos que vivir, así, a secas, no es más que algo inconcluso, una historia casi sin principio, casi sin fin.

Pero como digo, esa gata de Benítez Ariza me parece una cuentista genial, al igual que Frits, porque también es real, también pudo confesar que vivió una ¿vida?..., mejor muchas vidas, él pudo confesar ―Wayne Jamison lo hace mientras nos lo muestra― que vivió muchas vidas, un gran mérito. El pirata Cabrón no era tan cabrón, y Stoner ni siquiera creo que fuera consciente, como Williams padre, que también seguiría los pasos de Manrique.

Todos conocemos aquello de “la vida es lo que pasa mientras haces planes para vivir”. Sí. Cierto. Por eso es tan importante lo que dijo Neruda, él consiguió, según confesión de parte, hacer algo tan difícil como es no hacer planes para poder vivir. Vivió, sin más. Por eso, igualmente, considero admirables a gente tan poco recomendables para la vida como Benito Bram, Manuel Bianquetti, Bechiarelli o tantos otros héroes de las calles gaditanas perseguidos por el malditismo de una vida presumida, llena de flashbacks inconfesables ―ellos no podrían confesar que vivieron, no sería una confesión, sería una ejecución―. La vida de los otros, como esa extraordinaria película de un chismosos arrepentidos unos y de cotillas impresentables otros, es la vida que nos interesa porque como en la película, nos interesa que es lo que le ocurre a la gente mientras hacen planes, es decir mientras viven y, por consiguiente, nos sumergimos en esas vidas improbables ―Benítez Reyes― como si nosotros no tuviéramos esos paréntesis a los planes que nunca pondremos en marcha.

También hay quienes no tuvieron vida porque así lo dictaminaron las asquerosas autoridades, aunque tuvieran descendencia y recibieran, como un capítulo más de los “planes”, el sacramento que les otorgaban la posibilidad de tener una vida que mereciese ser contada como nos lo hace Pepe Pettengui en Seréis bautizados ―por cojones, se podría añadir―, vidas ignoradas porque no tuvieron la opción ni de buscar la fama, y a eso habrá que dedicarse, ni a poder hacer planes imposibles en unas vidas que no eran vidas.

Mañana me pondré a cotillear nuevas vidas, improbables o no, bucearé como si en mi escafandra tuviera el ojo de una cerradura que dirigiera mi vista a un neverland nuevo para mí, aunque lo que uno descubre ya había sido descubierto por otros, recuerden la frase de Chesterton, “el periodismo consiste esencialmente en decir Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Efectivamente, de eso se trata, y ya se sabe que el periodismo tiene su encanto en que quien lo realiza es por puro voyerismo, cotilleo oficial, por más que todos somos periodistas de cosas tan tontas como nuestra vida ¿o no, Cheever? Mañana haré de periodista de algo que me cuenta el colectivo Wu Wing y al que han llamado Proletkult. Insistiré conocer cúan de aburridas o excitantes son las vidas que me cuentan, da igual, ejerceré de mi improbable profesión de cotilla amateur y de sorprendido descubridor de cosas que otros muchos conocen.

No se me ocurre nada mejor que, mientras hacemos planes, leer, sea lo que hagamos. Por eso propongo cambiar la frase de Neruda, por obvia, y situar como meme, trending topic o como se diga, lo siguiente: Confieso que he leído.

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